domingo, 6 de enero de 2008

Sobre los estructuralismos (francés y parsoniano)

SOBRE EL (LOS) ESTRUCTURALISMO(S). SEIS CRITERIOS PARA ESTABLECER DIFERENCIAS, SIMILITUDES Y POTENCIALIDADES (UNA LECTURA DE G. DELEUZE)

Por Osvaldo Blanco

La importancia del estructuralismo en filosofía,

y para todo el pensamiento, se mide en esto:

que desplaza las fronteras.

GILLES DELEUZE


A continuación presentamos un esbozo para establecer una definición de "estructuralismo". El problema aparece cuando vemos que la escuela filosófica francesa choca con una escuela sociológica mezquina y hoy en extinción: el estructuralismo parsoniano. El propósito de este ensayo es entonces dar cuenta de algunos criterios que orienten la comprensión del estructuralismo francés, tratando con ello de dejar en claro algunas diferencias y (en menor medida) similitudes con la escuela de la sociología conservadora -muy distinta, pero con el mismo apellido- representada por Talcott Parsons. Es importante entender de que no es un ensayo donde vayamos a desarrollar en extenso las ideas de Parsons (de hecho, ni siquiera citamos una obra de él), sino que éste nos sirve más bien como referente desde el cual desprender una lectura del estructuralismo francés, centrado en lo simbólico, en la "casilla vacía", así como en otros elementos.

Por tema de espacio no vamos a exponer aquí las funciones claves de cualquier sistema dadas por el conocido esquema AGIL (adaptación, goal attainment, integración y latencia). Sabemos que este sistema de funciones AGIL, Parsons lo usó como dispositivo explicatorio en todos los niveles de un sistema teórico. A partir del AGIL, se pueden desarrollar los distintos niveles del análisis social, así como su interrelación como sistema general de la acción, donde diferentes sistemas cumplen diferentes funciones del esquema AGIL en un entorno de realidad o ambiente físico-orgánico determinado. Tampoco podemos desarrollar aquí la forma en que se reparten tales funciones del AGIL en el subsistema biológico-conductual (el cual cumple la función de ajustarse o transformar el ambiente externo), en el subsistema de la personalidad (cumpliendo la función del logro de metas mediante la definición de objetivos del sistema y la movilización de recursos para alcanzarlos), en el subsistema social (el cual cumple función de integración, al controlar sus partes constituyentes, esto es, los otros subsistemas) y, por último, en el subsistema cultural (el que proporciona las normas y valores que motiva a los actores a la acción) [1]. Como señalé, pretendo más bien desmenuzar las similitudes y diferencias entre ambos “estructuralismos”. La separación entre ambas escuelas significa, inicialmente para nosotros, la esperaza de confirmar la hipótesis de una gran tensión significativa para la sociología actual.

Siguiendo a Deleuze, los criterios que desarrollaremos serán los siguientes [2]: a) lo simbólico, b) lo local o de posición, c) lo diferencial y lo singular, d) lo diferenciante/la diferenciación, e) lo serial, y, por último, f) la casilla vacía. De esta forma, a continuación vamos a exponer brevemente cada una de estas nociones, al tiempo de introducir su semejanza y diferencias con Parsons. Cuando estemos al final de esta tarea, veremos porqué el estructuralismo parsoniano es “quietista”, en contrapartida del estructuralismo francés, el cual puede caracterizarse como el que “desplaza fronteras”.


a) Lo simbólico

Comenzaremos entonces por el primer elemento: lo simbólico. Desde el sentido común, aunque también desde la filosofía clásica, lo real y lo imaginario son pensados en términos de determinada distinción o bien determinada correlación. Siempre se ha tratado de la separación entre la actitud para captar o real y su verdadero fondo, lo real “en verdad”. Frente a esta dualidad, el estructuralismo francés pone un tercer y nuevo elemento: lo simbólico. En otros términos, el estructuralismo francés enseña que no debemos confundir lo real, lo imaginario y lo simbólico, pero, más importante aún, enseña que el elemento de lo simbólico es el que yace subtendido, como un tercero subtendido que sólo el intelectual puede aclarar. Tal y como señala Deleuze, “todo ha comenzado allí por la lingüística: más allá de la palabra en su realidad y en sus componentes sonoros, más allá de las imágenes y de los conceptos asociados a las palabras, el lingüista estructuralista descubre un elemento de naturaleza totalmente diferente, objeto estructural” (1983: 569). Este objeto simbólico u objeto estructural, consiste en ser distinto a lo real y a lo imaginario, sin poder definirse ni por las realidades preexistentes a las que remitía y al mismo tiempo señalaría, ni por los contenidos imaginarios o conceptuales que implicaría y que le darían una significación. En términos más simples, es claro que la estructura para la escuela francesa no es real ni imaginaria, sino simbólica, por tanto, del orden del lenguaje.

En esta misma senda, Lacan nos señala que hay un padre real, imágenes del padre y un padre simbólico (nombre-del-padre), lo que es una distinción clave para entender que el descubrimiento de Lacan implica una ruptura con la convicción de que todos los dramas humanos transcurrían en las relaciones establecidas entre lo real y lo imaginario [3]. En efecto, no solamente lo real y lo imaginario, sino sus relaciones y las dificultades de esas relaciones, deben ser pensadas como el límite de un proceso en el que se constituyen a partir de lo simbólico. En Lacan, y también en otros estructuralistas, lo simbólico como elemento de la estructura “está al principio de una génesis: la estructura se encarna en las realidades y las imágenes según series determinables; más aún, ella las constituye encarnándose, pero no deriva de ellas al ser más profunda y al constituir el subsuelo para todos los suelos de lo real y para todos los cielos de la imaginación” (Deleuze, op.cit: 570).

Para entender bien esto último debemos establecer que lo simbólico es el punto de vista, el enfoque o perspectiva teórica que surge gracias al descubrimiento lingüístico de las series del significante y el significado. El gran hallazgo del estructuralismo que parte con Saussure es la existencia de las dos series heterogéneas (significante y significado) donde hay un exceso natural de la serie significante y un defecto natural de la serie significada (Deleuze, 2005). En Lacan, este exceso natural de la serie significante remite a su concepto de desplazamiento de la “cadena de significantes”, mientras que el defecto de la serie significada es que siempre el significado “queda atrás” del desplazamiento de significantes. Es importante también entender que se trata de dos series; mientras los significantes o palabras se encadenan unos a otros cuando hablamos o queremos comunicarnos con alguien (concepto que Lacan denomina “cadena de significantes”), el significado de la cadena de significantes constituye una segunda serie, donde el significado se acumula en la dirección opuesta, es decir, hacia atrás o retroactivamente. Ambas series, la de los significantes y la de los significados, estructuran variaciones discursivas, donde el significante es “cualquier signo en tanto que presenta en sí mismo un aspecto cualquiera de sentido” y el significado como “lo que nunca es el sentido mismo” (ibíd). En términos más simples, nunca hay un acoplamiento perfecto entre significante y significado; Lacan es un pensador de aquellos que se pueden calificar como post-nominalistas, es decir, de los que creen que la palabra, el significante, no significa nada. Esta idea -muy resumida y expuesta con la mayor simpleza posible en estas líneas- implica la famosa tesis de la “falla” o “falta” propia del lenguaje. Es así como lo simbólico implica una falla, un hiato de separación entre significado y significante, cuestión que desata una innumerable serie de consecuencias (tomadas desde escuelas tan disímiles como el feminismo hasta la crítica literaria, pasando por el marxismo, el psicoanálisis y la antropología). En este sentido, el lenguaje es la estructura o, mejor dicho, es la estructura que aparece sólo cuando comprendemos que todo lenguaje se origina como un ámbito simbólico que designa la falla o falta entre las series de los significantes y los significados. Tal y como lo iremos viendo más adelante, en la estructura hay un elemento que es un vacío, un espacio a rellenar, la falla de lo simbólico (el lenguaje) respecto de lo Real [4].


b) Lo topológico y relacional

Entremos ahora al segundo criterio: lo simbólico es también un enfoque topológico y relacional. En efecto, no se trata de un lugar en una extensión real, sino de lugares en un espacio propiamente estructural, es decir, topológico. Los lugares “en un espacio puramente estructural se sitúan primero en relación a las cosas y a los seres reales que vienen a ocuparlos, y también en relación a la función y a los acontecimientos siempre algo imaginarios que aparecen necesariamente cuando son ocupados” (Deleuze, 1983: 572). En resumen, “la ambición científica del estructuralismo no es cuantitativa, sino topológica y relacional” (ibíd.). Es así como el “sentido” que adquiere determinada acción o acontecimiento en una estructura es siempre de posición, vale decir, resulta de la combinación de elementos que no nos en sí mismos significantes. El sentido es siempre un efecto de lenguaje. Aquí el estructuralismo de Lacan se acerca al de Parsons, en especial si lo señalamos con la siguiente tesis: el lugar es anterior en relación a quien lo ocupa. El rasgo común entre ambos estructuralismos es que son enfoques basados en las relaciones entre los elementos, así como también de un orden topológico. La gran diferencia está en que esta topología es inconsciente en el caso lacaniano y efectivamente funcional en el de Parsons.


c) Lo relacional, lo diferencial y lo singular

Toda estructura, más si hablamos de estructura social, tiene tanto elementos como relaciones entre éstos. Ahora bien, en el estructuralismo francés las relaciones de la estructura simbólica son “relaciones entre elementos que no tienen ningún valor determinado y que, sin embargo, se determinan recíprocamente en la relación (…) [Además,] tales relaciones son simbólicas y los elementos correspondientes son captados en una relación diferencial” (ibíd.: 576). Ningún elemento tiene en sí mismo existencia, ni valor, ni significación, pero, sin embargo, la relación estructural está totalmente determinada por la determinación recíproca entre los elementos. Es así como se pueden distinguir dos tipos de ámbitos: las relaciones diferenciales y las singularidades. Las relaciones diferenciales corresponden al principio que hace que toda estructura haga que sus elementos simbólicos se determinen recíprocamente, mientras que las singularidades corresponden a esas relaciones y delimitan el espacio de la estructura, es decir, las singularidades equivalen a lugares de la estructura que distribuyen las funciones o actitudes imaginarias de los seres u objetos que vienen a ocuparlos. Esto es importante puesto que nosotros podemos decir que una sociología estructuralista se constituye a partir de reconocer dos ámbitos: las relaciones entre singularidades y las funciones o relaciones diferenciales entre éstos.

Desde nuestra perspectiva, la consecuencia de esto es que la sociología de tipo estructuralista entiende que cualquier estructura social desembocará en una teorización respecto de las formas de acción que expresan el funcionamiento estructural [5]. De esta manera, el criterio de las relaciones diferenciales y lo singulares es un punto clave en cualquier estructuralismo. El propio análisis funcional de Luhmann -por citar al más sofisticado de los estructuralistas post-parsonianos– es un enfoque que sirve para adquirir información sobre las condiciones bajo las cuales las diferencias internas al sistema significan distinción de éste con su entorno, todo supeditado a las relaciones estructurales que los determinan. La teoría general de sistemas relaciona lo dado, ya sean estados o acontecimientos, e intenta hacer inteligible la capacidad que tiene un sistema para resolver sus problemas de determinada manera por medio de operar relacionado elementos distintos entre sí. La autopoiesis no es sino otra forma más de decir que la diferencia permite la singularidad del fenómeno respecto de otros. Y esto significa que no es que un “sistema” recopile información de su entorno, sino que tiene la capacidad inmanente de reproducirse a sí mismo sin necesidad de recoger nada de afuera por medio de llevar a cabo un movimiento interno de relaciones entre sus componentes o elementos singulares (Luhmann, 1995).


d) Lo diferenciante-diferenciación y lo virtual-actual

Pero la “diferencia” no se remite a ser sólo la condición de negatividad para la singularidad. Lo diferenciante o diferenciación es también el criterio de lo múltiple, es decir, del fondo de posibilidades que se actualizan en los sistemas reales y concretos. La virtualidad, basada en lo diferenciante, es la verdadera naturaleza de la estructura: toda estructura es una multiplicidad de coexistencia virtual. En efecto, toda estructura es una especie de depósito ideal, donde todo coexiste virtualmente, pero sólo algunos elementos se actualizan [6].

Una buena noción para ilustrar esto es la definición de probabilidad clásica de Laplace [7]. Los “casos favorables” (empíricos, actuales, existentes, reales) sólo se hacen tales en la medida en que son un sub-conjunto supeditado a algo infinitamente mayor, un espacio “virtual” o “casos posibles”. Para el sociólogo estructuralista, la sociedad tiene sus normas de una vez por todas, pero las actualiza de forma circunstancial, es decir, las normas sociales tienen una existencia virtual, donde todas estas normas pudieron y pueden existir, pero sólo unas cuantas de tales posibilidades se actualizan contingentemente. En otras palabras, todo se reduce a saber distinguir entre lo virtual y lo actual. La tarea del sociólogo estructuralista será, entre otras cosas, separar la estructura profunda de su campo de virtualidad, lo que equivale a determinar toda una virtualidad de coexistencia que preexiste a los seres, a los objetos y a las obras de ese campo.

En cambio, tanto en Parsons como en Luhmann, el sistema no es sino la actualización puesta como mecanismo. La “estructura” –la escuela francesa– es distinta a los “sistemas” –Parsons y Luhmann– no por sus lógicas relacionales y diferenciales -en este sentido parten del mismo lugar común-, sino más bien porque el análisis de la “estructura” no se guía por el empirismo propio del enfoque “sistémico” funcionalista [8].

En efecto, los sistemas tienen un entorno: el deseo del sujeto, la fantasía o como los sociólogos dicen, el “sentido”. Y esto tiene relación con la idea de que para los estructuralistas franceses la “estructura” no acontece de manera empírica, sino que pertenece a un plano virtual, lejano a lo real, mientras que el “sistema” no es sino esa actualización de funciones múltiples del sistema. Cada forma social encarna determinados elementos, relaciones y valores para producir una sociedad actual/positiva. En este sentido, Luhmann tiene razón cuando señala que “los estructuralistas no han sido nunca capaces de mostrar cómo una estructura puede producir un acontecimiento” (Luhmann, op.cit: 25). No obstante, ello se debe a que ése no es en absoluto el interés del estructuralismo francés. Este dilema carece de sentido ya que toda estructura simbólica es una infra-estructura y no un sistema positivo o actual de elementos. Así, en una estructura, la causalidad que explique la actualidad de un acontecimiento no puede sino ser una causalidad estructurada. Un acontecimiento no puede causar a otro simplemente porque dicha relación está determinada por el tercer orden, el orden virtual de lo simbólico. Recordemos que Luhmann sostiene que la teoría de la autopoiesis ofrece un avance al tratarse de un enfoque que da cuenta de cómo es “la red de los acontecimientos la que se reproduce a sí misma, mientras que las estructuras se requieren para la reproducción de acontecimientos por acontecimientos” (ibíd.). sin embargo, creemos que con ello Luhmann se olvida que ese conjunto o red de acontecimientos responde a lo contingente que pudo ser de otra manera como actualización de la estructura virtual, el verdadero objeto de preocupación del estructuralismo. Para el estructuralismo francés y específicamente para Lacan, no importa la red de acontecimientos que realmente se da y se observa, sino más bien la estructura subtendida, por tanto, inconsciente que lo contenía ya antes de su propia existencia. Es decir, el sociólogo debe comprender que “no es únicamente el hombre quien habla, sino que en el hombre y por el hombre ‘ello’ habla, y su naturaleza resulta tejida por efectos donde se encuentra la estructura del lenguaje del cual él se convierte en materia, y por eso resuena en él (…) la relación de la palabra” (Lacan, op.cit: 668; cursivas mías O.B.).

Y aquí aparece el problema del tiempo, el juego de lo diacrónico versus lo sincrónico. La realidad social se traduce como realidad dinámica y cambiante que no conoce el reposo, sino sólo para el análisis. Por tanto, la sociología es histórica, pero no porque le preocupe el pasado, sino porque estudia la ineluctable historicidad de un presente que sólo se actualiza sincrónicamente en el límite entre lo que ha sucedido y lo que sucederá en el futuro, en el límite con respecto al campo de lo diacrónico. Contraviniendo lo dicho por Luhmann más arriba, Deleuze señala que: “el tiempo es siempre un tiempo de actualización, según el cual se efectúan a ritmos diversos los elementos de coexistencia virtual. El tiempo va de lo virtual a lo actual, es decir, de la estructura a su actualización y no de una forma actual a otra” (1983: 584; cursivas mías O.B.). El presente no existe: es sólo una aporía lógica del tiempo que no está dado en la realidad. Esta última es sólo movimiento pues tanto el concepto como la medida del tiempo emergen de la comparación de movimientos.

Dos relojes usamos para analizar los fenómenos: uno estático-sincrónico y otro dinámico-diacrónico. Sólo recordemos la importancia de esto en la práctica sociológica cotidiana: la práctica sociológica más común –por ejemplo, las encuestas en estudios transeccionales– parten de una representación sincrónica de los fenómenos sociales. Con estas prácticas los sociólogos tienden a representar los fenómenos sociales de forma congelada, pero el problema está en que los aspectos de la realidad que pueden observarse desde una mirada congelada del tiempo son radicalmente diferentes a los aspectos que pueden observarse desde una perspectiva dinámica. La carencia de las miradas que se pueden dar desde el enfoque lingüístico-estructural y el socio-funcional, cuando se aplican en estos contextos, radica en que sólo demostrarían conexiones entre fenómenos, pues las causas preceden temporalmente a su efecto [9].


e) Lo serial

Lo serial son los temas o secuencia de eventos por los que pasan los protagonistas que vendrán a ocupar lugares en la estructura. Es el criterio que ayuda a comprender el movimiento pues remite al desplazamiento de temas por la historia de la estructura. El movimiento de actualización sincrónico se hace de una serie a otra, saltando una serie de acontecimientos a otros. Por ejemplo, Deleuze encuentra en las series del significante y el significado la posibilidad para que el tiempo varíe y a la “casilla vacía” que veremos en el siguiente punto como aquél objeto vacío que se rellena con un sentido simbólico. Los elementos simbólicos “considerados en sus relaciones diferenciales, se organizan necesariamente en series. Pero, en cuanto tales, se refieren a otra serie, constituida por otros elementos simbólicos y otras relaciones”. Las singularidades de esta segunda serie surgen de los términos y relaciones existentes en la primera, pero no se reducen a reproducirlos o reflejarlos (1883: 585).

En este punto, Lacan ve al inconciente ni como individual ni como colectivo, así como también en términos del dualismo sujeto/estructura, micro/macro, subjetivismo/objetivismo, etc. El inconciente es intersubjetivo, implica un desarrollo serial de la estructura en tanto relaciones entre sujetos que ocupan, al igual que actores de un teatro, los papeles y sus posiciones para interpretar sus personajes en cada serie, entendida esta última como acto o escena. El cuadro vacío, ese objeto = x es al mismo tiempo la palabra = x. El sentido es sin-sentido, es decir, exceso de significación, lo que provee de sentido el significado y el significado, el que anima las series, pero quien las provee de sentido circulando a través de ellas. Es él que en su desplazamiento produce efecto de sentido en cada serie o tema, pero también es el responsable de que el obra teatral concadene serie tras serie. Es así como la concatenación de las escenas sólo se logra si hay un objeto = x que sirve como el Mac Guffin de las películas de Alfred Hitchcock (Zizek, 2003a: passim) [10].

En cuanto palabra = x, recorre una serie determinada como significante, pero al mismo tiempo, como objeto = x, recorre la serie como significado. Las relaciones de los elementos de una estructura se organizan necesariamente en series que se refieren una sobre otra y ésta sobre una distinta y así sucesivamente. El “sentido” es efecto de lugar dado por el desplazamiento del objeto / palabra = x, es decir, el “sentido” es efecto de una topología relacional de lugares en la estructura, pues es el ropaje imaginario de seres y objetos que vienen a ocupar los lugares de la estructura. De esta forma, la “metáfora” y la “metonimia” no son figuras de la imaginación, sino que los dos factores estructurales en tanto que dos grados de libertad de desplazamiento de la estructura: 1) de una serie o escena a otra y 2) en el interior mismo de una serie.


f) La casilla vacía

Por fin hemos llegado al último criterio: la casilla vacía. Entramos en territorio decisivo para comenzar a ver las diferencias entre ambos autores que recorreremos sucintamente por cuestiones de espacio en los siguientes acápites.

A esta altura ya hemos señalado que la casilla vacía, en tanto toda estructura se basa en un lugar vacío para que funcione, es un punto que es diferente al quietismo estructural del esquema AGIL parsoniano. En Lacan, la casilla vacía la encontramos en dos ámbitos sociológicamente relevantes: 1) el “objeto a” (en tanto deseo es interior al sujeto, un “nudo en la garganta” que refleja el vacío interno) y 2) en el gran-Otro, el lenguaje.

Es decir, hay dos “barras” que impiden la plenitud y transparencia pseudocartesiana del sujeto y de la estructura del lenguaje. El sujeto barrado y el gran-Otro barrado. La barra representa el vacío, la falla de lo simbólico respecto de lo Real. Esto quiere decir que en Lacan paralelamente a nuestra falta de base para sostener nuestro yo, el lenguaje también está barrado, es decir, es la estructura equívoca que se funda como el acto de relleno de una “casilla vacía”. Por ello creo que yerra Luhmann cuando sostiene: “el estructuralismo se equivoca: el lenguaje no hace todo” (Luhmann, 1995). En Lacan -en especial en el Lacan de los últimos 15 años de su enseñanza- el lenguaje no nos sostiene, por tanto, en algún momento para el sujeto el lenguaje precisamente lo que no puede hacer es “hacerlo todo”, pues deja una falla, la falla-falta de la realidad (el lenguaje o lo simbólico) respecto de lo Real. Esta falla o falta es el resto, el vacío de lo Real que se mantiene a una cierta distancia del sujeto a medida que sus fantasmas y fantasías intentan llenar este vacío de goce obsceno de lo Real. De esta forma, el “objeto a” lacaniano está ontológicamente marcado por la paradójica circunstancia de existir siempre y cuando nunca se alcance, siempre y cuando nunca podamos aferrarnos a él, sea lo que fuese que hagamos para hacerlo. Para Lacan, el individuo no está pleno cuando alcanza el objeto de deseo, el “objeto a”, sino más bien cuando esta en camino de hacerlo, pues ahí es donde construye su fantasía, el sentido y fundamento de su propia existencia.

En tal sentido, la función del “objeto a” (el Mac Guffin de Hitchcock) como “casilla vacía” es hacer funcionar las dos operaciones del lenguaje lacaniano: desplegar la “cadena de significantes” para que el sentido surja como “efecto retroactivo” de éste. De esta forma, el “objeto a” es el sesgo, resto o residuo necesario para la fantasía del sujeto. Los objetos de nuestro deseo aparecen para que el lenguaje se encargue de la tarea de rellenar el vacío de lo Real, pero nunca es algo dado de antemano, sino un objeto que se construye en la medida en que se busca alcanzarlo.

Creo que resulta interesante relacionar esto con el poder propio de las mercancías que Marx analiza el “El fetichismo de las mercancía y su secreto”. Como es sabido, Lacan vio en Marx al inventor del síntoma (Zizek, 2003a). Por ejemplo, para Marx la mercancía es el síntoma del capitalismo, ya que es la consecuencia de lo que reprime. Y lo que reprime es lo que niega: la universalidad que proclama, la relación amo/esclavo en la que se funda, la del capitalista y el obrero. Marx descubre así que el capitalismo implica un desequilibrio estructural inherente. Desde esta perspectiva, la estructura nunca puede sostenerse por sí misma, sino que más bien lo que sucede es que se funda sobre un objeto = x (la lucha de clases), un antagonismo fundante que debe ser reprimido inconcientemente para que puedan desplazarse los límites espaciales y temporales de la estructura. La estructura capitalista –y así toda estructura- vive en crisis permanente, con cambios estructurales en las condiciones de existencia, pero su autopoiesis consiste precisamente en mostrar que tal crisis no existe, generando un círculo vicioso entre necesidad y producción, círculo de carácter excesivo e ideológicamente ilimitado (el capitalismo como producto de la evolución lineal de la humanidad) [11].

Para Marx, el “valor” es el cuadro vacío que es expresión de un “trabajo en general”, más allá de toda cualidad empírica observable, pues es el lugar de interrogación (objeto, palabra, lugar = x) que recorre la economía en tanto estructura. Pero el vacío no sólo designa el objeto de deseo, el “objeto a”, sino que también el objeto de poder, el “falo”. En efecto, al igual que el fetichismo de la mercancía designa al valor de ésta que hace que los seres humanos veamos a las mercancías con un magnetismo articulador de deseos y de poder, Lacan tiene otro concepto para referirse al cuadro vacío. Este otro concepto es el del significante fálico, que no es el órgano real, ni la serie de imágenes asociadas o asociables, sino que es el falo simbólico. No es un simple dato sexual o determinación empírica de uno de los sexos, sino el significante que funda toda la sexualidad y por relación al cual se distribuyen los lugres ocupados de manera variable por hombres y mujeres, así como también como las series de imágenes y realidades. Al igual que el “objeto a”, el falo es el objeto y palabra = x que se desplaza como objeto de poder: es el significante en constante desplazamiento en función del cual las relaciones entre elementos y las significaciones de tales relaciones varían, posibilitando el desplazamiento por las diversas series de sentidos. Como quiera que sea, podemos decir que la “casilla vacía” tiene la cualidad de ser el hiato que separa la siempre excesiva superproducción de significantes del defecto de la significancia, sentido o significado, pero es también este hiato lo que hace que la estructura avance. El que más claro expone esto es Gilles Deleuze, para quien la casilla vacía es el elemento clave de toda estructura: “no hay estructuras sin series, sin relaciones entre términos de cada serie, sin puntos singulares correspondientes a estas relaciones, pero, por sobre todo, no hay estructura sin casilla vacía, que hace que todo funcione” (Deleuze, 2005: 82).

De esta manera, el estructuralismo de Parsons y el estructuralismo en Lacan claramente no son lo mismo, pero tratar de señalar cuáles son los elementos claves para entender esta distinción es una tarea más difícil de lo que se piensa. Como se trata de escuelas de pensamiento que jamás hicieron alusión la una de la otra, resulta importante señalar que el elemento de la “casilla vacía” (objeto = x) propio del estructuralismo francés es seguramente un punto nodal de la diferencia entre ambas escuelas. No obstante, hay similitudes en cuanto a que ambas escuelas son enfoques relativamente objetivistas que comparten el ser enfoques relacionales entre elementos diferentes.



BREVES CONCLUSIONES

En definitiva, ¿por qué nos importa Lacan? Primeramente, su teoría se centra en el sujeto, pero, a diferencia de Parsons, el voluntarismo de la acción del sujeto está motivado por un objeto de deseo (“objeto a”) que responde a una falla tanto interna a él como de la estructura. Lacan es el único autor que conozco que reconoce que tanto la estructura como el sujeto (lo micro y lo macro, lo objetivo y lo subjetivo) se encuentran no sólo mutuamente determinados (cuestión que también aluden diversos autores, tales como Bourdieu, Giddens y otros), sino que también se encuentran en una gran falta que, de forma contradictoria, nos tiene sumidos a todos –individuos y “observadores”- en una verdad que se nos aparece como objetiva, esto es, “positivamente” inexistente, pero “simbólicamente” determinante. Lacan no necesita obviar al sujeto, como es el caso de Luhmann y Parsons, para reivindicar la estructura o el sistema social. Es el único que supera verdaderamente la dualidad sujeto-estructura puesto que incorpora la casilla vacía como condición fundamental del análisis. En efecto, el objeto de deseo (“objeto a” u objeto = x) que moviliza al sujeto no es sino el intento de llenar un vacío interno, así como la estructura social (el gran-Otro) se construye a partir de la represión (por medio de la Ley y del lenguaje o discurso) que socialmente hacemos respecto del antagonismo fundante.

La sociología es la ciencia social propiamente moderna porque, precisamente, busca la “regularidad” que reprime el antagonismo caótico que la fundamenta. Pero la sociología debiese también ser conciente que la “regularidad” social es un acto fundado sobre un vacío, un antagonismo social que no tiene nombre alguno (lucha de clases, lucha sexual, luchas religiosas, etc.). De esta forma, el sociólogo debe ser aquél que busca obsesivamente un nombre para este vacío, encontrando los problemas que cuestionan la regularidad social. Aunque sepamos que siempre se trata de un ejercicio fallido, que cae en la falta, poner nombre a las problemáticas sociales implica el ejercicio reflexivo que define a la sociología, esto es, ser la mirada que la sociedad hace de sí misma, la mirada que la sociedad ejerce respecto de ese objeto = x que la fundamenta.


BIBLIOGRAFÍA

Deleuze, Gilles (2005): Lógica del sentido, Paidós, Barcelona.

--------------- (1983): “¿En qué se reconoce el estructuralismo?”, en Historia de la Filosofía, Tomo IV, dirigida por François Châtelet, Espasa Calpe, Madrid, pp.567-599.
Hay una versión en Internet:

http://caosmosis.acracia.net/?p=724


Luhmann, Niklas (1995): “La autopoiesis de los sistemas sociales”, Zona Abierta, Nº 70/71, pp. 21-51.

Zizek, Slavoj (2003a) El sublime objeto de la ideología, Buenos Aires, siglo XXI.
------------- (2003b) “El espectro de la ideología” en Ideología. Un mapa de la cuestión, S. Zizek (comp.), Buenos Aires, FCE.

NOTAS




[1] El esquema parsoniano culmina con su producto más elaborado: un esquema de la sociedad. Esta última es un sistema muy importante, el cual tiene cuatro subsistemas que emanan de las funciones AGIL: a) la economía (A) o subsistema que cumple la función de la adaptación de la sociedad al entorno mediante el trabajo, la producción y la distribución; b) la política (G) que busca el logro de metas mediante la persecución de objetivos sociales y la movilización de recursos para este fin; c) la comunidad societal (I) donde los ejemplos más significativos son las leyes y el derecho, los cuales realizan la función de integración, se ocupa de coordinar las partes de la sociedad; d) sistema fiduciario (L), donde la familia y la escuela representan las instituciones socializadoras que cumplen la función de latencia al ocuparse de la transmisión de la cultura, las normas y los valores.

[2] Los seis criterios que a continuación expongo lo hago siguiendo íntegramente a Deleuze (1983).

[3] Nótese que introducir a lo simbólico como un tercer elemento es cien por ciento un enfoque de Lacan. Incluso el mismo Freud tendía a pensar al psicoanálisis desde la dualidad de los términos, Eros-Tánatos, conciente-inconsciente, yo-ello, etc.

[4] Muy rápidamente explicado, queremos dar cuenta de la diferencia entre los tres sedimentos de nuestra conciencia: lo Real, lo imaginario y lo simbólico (o la “realidad”). Lo Real es terror, es algo indescriptible, el sentimiento de estar “arrojados en el mundo”. También puede entenderse como “goce” (que no debe reducirse a mero placer, sino también con muerte). Puede pensarse entonces que fue el primer ámbito del pensamiento que adquirimos, pues es lo más profundamente animal de nuestro ser. Lo imaginario es el segundo eslabón evolutivo de nuestra conciencia y está relacionado con las “imágenes” (sueños, expresiones artísticas, etc.). Por último, lo simbólico es el lenguaje, lo último que desarrollamos con la evolución. Es importante notar que Lacan sigua a Kant al hacer la diferencia entre la realidad (que es el lenguaje lo simbólico) y lo Real (goce obsceno y sin nombre).

[5] No obstante, la explicación de estas actitudes variará según si las asumimos como acción de desempeño de roles (Parsons) o de operación comunicacional auto o hétero-referencial (Luhmann), en contraposición de la posición lacaniana, para la cual las actitudes del sujeto expresan la fantasía ($<>a) de éste respecto de la estructura del Otro (iremos explicando esto más adelante).

[6] Por ello creemos que en Luhmann es esencial la noción de código: éstos se componen de valores positivos y negativos que posibilitan la conversión de un elemento sistémico en otro, activándose a través de una duplicación de la realidad previa y ofreciendo así un esquema para la observación dentro del cual todo aparece como contingente, es decir, como pudiendo ser de otra manera.

[7] La noción clásica de probabilidad formulada por Pascal, Fermat y P. S. Laplace, quien publicó una extensa obra sobre la probabilidad y sus aplicaciones prácticas. El cálculo es una simple frecuencia relativa (proporción) dada por la siguiente fórmula: P (A) = a / n. Es decir, casos favorables en relación a los casos posibles. La probabilidad de un suceso cualquiera es simbolizada por P(A), ya sea éste un suceso simple o compuesto. En el denominador de la fórmula se encuentra la letra a, la cual remite al éxito, es decir, a la ocurrencia del suceso que nos interesa, por lo que suele denominarse como “casos favorables”. En el denominador se encuentra n, la que remite al total de “casos posibles” de acontecer o, lo que es lo mismo, el total de casos del “espacio muestral”.

[8] El aporte que consideramos clave de la teoría general de sistemas es instalar la diferencia de los elementos y las relaciones entre éstos como principio diferenciante tanto interno como del sistema respecto de su entorno. En esta operatoria, el sujeto es el entorno del sistema social. Desde la terminología que aquí vamos a manejar, los sujetos “actualizan” las relaciones y principios de diferenciación del sistema. Todo sistema no tiene sólo elementos, sino que también funciones, formas de articulación entre elementos reducidas a feed back, diferenciación interna, etc. Por eso, que al pensar la sociedad desde la teoría de sistema remitimos a una gestalt, una forma del algo que es más que la simple suma de las partes porque incluye sus relaciones, pasando de un enfoque parcial de estudios de “causalidad aislada” y proceder a análisis generales de “interdependencia” o interrelación. Para Luhmann, este enfoque se pueden aplicar a cualquier contexto: la propiedad recursiva propia de los sistemas autopoiéticos es precisamente la creación de estas relaciones entre elementos. La estructura no es sino la trama de funciones, las que siendo “comunicativas”, son eminentemente divisionales, es decir, tienen la función de la distinción de elementos parciales que se necesitan mutuamente. Luhmann entiende que “la comunicación incluye la ‘comprensión’ como una parte necesaria de la unidad de su operación. [Sin embargo] No incluye la aceptación de su contenido. No es función de la comunicación la de producir un consenso como el estado mental favorito” (Luhmann, Ibíd.: 27). La autopoiesis agrega a esta necesidad la ley de la sobrevivencia del sistema por medio de la clausura, la división. Desde nuestro punto de vista, Parsons cae en lo que aquí llamaremos “reducción a la forma estructural”, donde la estructura tiene una forma que es un espacio de relaciones. Llamamos reduccionismo a ello en tanto reduce la relación entre los elementos a un cosa, un espacio "actual" de relaciones dadas. Seguramente no cabe dudas que el enfoque de la cibernética es paradigma en este tipo de debates. De hecho, la diferencia entre hardware y software remite a la diferencia entre vida y sentido al cual alude Luhmann. El hardware es todo el cuerpo al nivel físico, es la actividad eléctrica de las neuronas, el nivel simbólico de esa actividad eléctrica es un conjunto de ceros y unos. Los software son complejísimos algoritmos que, en el fondo, se reducen a combinaciones de ceros y unos, pero que el sistema debe simplificar. Incluso, se puede llegar a pensar que el software tiene nuestro propio nombre: podemos decir que el software a lo mejor sea un sujeto. También es posible sostener que la comunicación en la versión luhmanniana no es una operación de semántica, de significatividad, de sentido, sino simplemente de “sintaxis”. En efecto, la comunicación luhmanniana es la combinación simplificada de ceros y unos.

[9] Este importante punto refuerza la preponderancia de perspectivas tales como el interaccionismo o el constructivismo social, pero desarrollar esto nos desvía de los propósitos del presente artículo.

[10] Estos últimos son objetos únicamente importantes para los personajes de la película, no para la historia en sí. Un Mac Guffin siempre será un simple pretexto, un rodeo, la nada, un puro vacío, pero es también el elemento que sirve para que el argumento o acción de la película avance. Suelen ser papeles, documentos, microfilms, planos secretos o incluso una melodía en off. Repetimos: son de gran importancia para los protagonistas de la película –ocupan todo su tiempo buscando, ocultando, robando, matando por ellos–, pero no son importantes para el narrador, hasta el punto de que muchas veces ni se molesta en aclarar al espectador su contenido. El Mac Guffin de las películas de está ontológicamente marcado por la paradójica circunstancia de existir siempre y cuando nunca se alcance, siempre y cuando nunca podamos aferrarnos a él, sea lo que fuese que hagamos para hacerlo. En otras palabras, es el “objeto de deseo” que posibilita la “fantasía”.

[11] Tenemos aquí la función de la “fantasía” o lo que Zizek también denomina el discurso ideológico.

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