jueves, 15 de septiembre de 2011

Las distintas caras del capital financiero


En el capitalismo premonopolista que se desarrollo con anterioridad al s.XX se distinguían tres procesos: a) el proceso productivo (capital productivo); b) el proceso de circulación (capital mercantil); c) el proceso de realización de la producción (capital interés o bancario). Marx fue uno de los primeros en dar cuenta cómo los dos últimos tipos obtenían beneficios de la plusvalía extraída de los trabajadores en el proceso productivo.

Ya hacia fines del s. XIX y comienzos del s. XX se comienza a desarrollar el capitalismo de tipo monopólico a nivel planetario (sistema donde el control de la oferta es ejercido por una sola empresa o un grupo reducido de grandes empresas transnacionales), el cual consolida progresivamente dos hechos claves: 1) la aparición del capital financiero; 2) la desaparición de la competencia como mecanismo regulador del mercado, comenzando a consolidarse una fuerte competencia a nivel mundial entre grandes oligopolios, dando forma a un sistema caracterizado por el control de la oferta por parte de uno o muy pocos vendedores. Este proceso de constitución del capital monopolista da como resultado la concentración y acumulación del capital, dando forma a oligopolios y monopolios cuya base financiera se consolida desde finales del s. XIX y principios del s. XX con la fusión del capital industrial y el capital bancario.
Hacia la década de 1970 hasta el día de hoy, el capitalismo tiene un rostro eminentemente financiero o, dicho en otros términos, el capitalismo actual posee la cualidad de una preeminencia del capital financiero por sobre el productivo.

Para dar impulso a la economía se hizo necesario incorporar nueva tecnología a la industria y a los servicios, requiriendo grandes inversiones de capital. Estas inversiones no se convirtieron en costos para las empresas, sino que la tasa de ganancia fue asegurada por la vía de forzar la ecuación entre trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente en pos de aumentar este último en detrimento de bajar lo mayormente posible el nivel del primero (la teoría del valor de Marx). Con ello, se origina una etapa donde el proletariado es el chivo expiatorio que debe pagar la factura de este proceso mediante la congelación de salarios, el deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la desprotección.

Al mismo tiempo, la revolución técnica impulsa un crecimiento del sector servicios y un desplazamiento de parte de la industria a países periféricos de salarios mucho más bajos. Esta mundialización neoliberal establece un paso de economías nacionales a una economía mundial dominada por EE.UU, Europa, Japón y un grupo constituido por los denominados tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur), sumándoseles recientemente las descomunales economías de China e India[1].

La incorporación de tecnología en los procesos de producción aumentó la productividad, proceso que se vio relativamente estable durante los llamados treinta años gloriosos del capital. No obstante, la llegada de la crisis de los setenta generó dos posibles rumbos de acción: 1) incitar al consumo masivo con una política salarial expansiva, volviendo a retomar el modelo keynesiano, para así establecer una política salarial al estilo del estado benefactor asegurando el pleno empleo a partir de la búsqueda de mayor productividad y reconocimiento de precios internacionales equitativos a las materias primas y productos de los países pobres; 2) mantener y aumentar los márgenes de beneficios con bajas de salarios, incrementos de la jornada laboral y la intensidad del trabajo y mantención de los bajos precios de los productos provenientes de los países más pobres.

La primera opción es viable en un sistema territorialmente delimitado: la economía nacional. En este contexto, la producción y el consumo desarrollado dentro de un determinado espacio territorial permite hacer de los trabajadores unos consumidores de los propios productos por ellos elaborados. En cambio, en una economía mundial la producción se destina a un mercado también mundial, por lo que no interesa el poder adquisitivo de la población que habita el mismo lugar de producción. Predomina así un ritmo lento de crecimiento económico, donde la producción crece de acuerdo al comportamiento del mercado mundial (En el caso chileno, los períodos donde nuestro país alcanza mayor crecimiento son explicados no por un crecimiento en la capacidad adquisitiva de la demanda interna, sino que por el aumento de las exportaciones).

Surge el fenómeno de grandes masas de dineros o capitales ociosos (incluidos petrodólares) que no fueron invertidos productivamente, esto es, no fueron invertidos en el capital productivo. Por tanto, el papel tradicional de las finanzas como agente interventor en el proceso de producción y del consumo (a partir de créditos, préstamos, etc.) va siendo desplazado por un nuevo papel: el del capitalismo financiero en tanto productor de beneficios sin participación del proceso productivo.

Las modalidades que puede adoptar el capital financiero se basan en diferentes métodos (Teitelbaum, 2008): a) Mediante la compra de acciones de empresas por parte de fondos de pensiones, compañías de seguros, fondos de inversión y organismo de inversión colectiva; b) Inversión por parte de las empresas de una fracción de sus beneficios en diferentes títulos y papeles financieros especulativos en vez de invertir en producción; c) Mediante la compra directa de empresas, las que, si son rentables, son conservadas o bien son “saneadas” a partir de medidas basadas en el despido de personal, la baja de salarios y eliminación de beneficios laborales. Luego, estas empresas son vendidas con altos márgenes de ganancia. Los fondos de inversión[2] compran las empresas mediante el sistema LBO (Leverage Buy-Out) o como se le denomina en español “operaciones con efecto de palanca”, consistentes en financiar 30% estas compras con capital propio y el 70% restante hacerlo con préstamos bancarios garantizados con el patrimonio de la empresa[3]. Los grupos financieros intervienen en las políticas empresariales a fin de elevar la renta de sus operaciones, generalmente imponiendo estrategias de muy corto plazo tendientes a satisfacer la necesidad de rentas inmediatas, por lo que generalmente se trata de estrategias de reducción del personal y degradación de las condiciones de trabajo y salarios, así como la intensificación de la producción e incrementos de la jornada laboral. Además, al buscar rentar de forma elevada en un corto plazo influyen en una repartición inequitativa de los beneficios en menoscabo de los beneficios del capital productivo. De esta forma, el capital financiero transnacional mantiene una alta tasa de beneficio a pesar del crecimiento lento y hasta estancado del capital productivo.

Ante la tesis de algunos economistas respecto de que el dinero y los diferentes productos financieros crean valor, la respuesta de una importante parte de economistas críticos es que, definitivamente, no es así. Más bien, los diversos instrumentos financieros “representan” valor (algo similar a la función del dinero, el cual no crea valor, sino que es el símbolo usado para el intercambio entre equivalentes de valor)[4]. La única fuente de creación de valor -tal y como lo señalaba Marx en el s. XIX–  es la fuerza de trabajo, por lo que el capital financiero más bien se apropia del valor creado por el trabajo vivo en el seno de la economía real. Los diferentes productos financieros se reproducen mediante distintas operaciones especulativas ya mencionadas, por tanto, la principal consecuencia de ello es la automatización e inflación de productos financieros que son las denominadas burbujas financieras.

Además de las acciones y obligaciones[5] hay distintos instrumentos financieros. Se trata de papeles cuyo valor depende o deriva de un “activo subyacente”[6] y se colocan con fines especulativos en el mercado financiero. Los activos subyacentes pueden bienes (materias primas), activos financieros o bien una canasta de éstos. Cuando estos activos financieros son en bienes, específicamente materias primas, las consecuencias son importantes puesto que los precios de las materias primas y/o de los alimentos no dependerán de la oferta y demanda, sino de la cotización de esos papeles especulativos, por tanto, las materias primas o alimentos entran en el juego de beneficio de los especuladores y no de los consumidores de esos bienes. Es el ejemplo del biocombustible (Teitelbaum, op.cit), donde los especuladores “anticipan” el precio de los productos agrícolas, por lo que el papel financiero que los representa se cotiza más alto, lo que repercute en el precio real pagado por el consumidor.

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NOTAS

[1] En una entrevista realizada en el 2006, François Chesnais señaló que “China ofrece al capitalismo mundial su último gran mercado y le ofrece esta base social de un proletariado muy numeroso, bien formado tecnológicamente y extraordinariamente disciplinado y sumiso. Sumisión que se apoya  en la existencia de un gran ejército industrial de reserva como colchón. De cierta manera, podemos decir que el futuro de la lucha de clases mundial hoy está condicionado por los ritmos y las formas de lucha de la resistencia del proletariado chino a la explotación y a la capacidad que pueda mostrar para organizarse y combatir a la burocracia del Estado” (Kornbliht, 2006).

[2] Los fondos de inversión reúnen el dinero de muchos inversores en un conjunto individual de fondos, pudiendo comprar un alto número de activos (Stiglitz, 2003: 239). Este patrimonio generado por personas es administrado por una sociedad anónima, con lo cual se realizan inversiones en títulos del gobierno, depósitos, fondos mutuos, hipotecas, bonos, acciones, bienes raíces, etc. La característica de estos fondos es que las cuotas no pueden ser devueltas antes de liquidar el fondo (Cornejo, 2011: 391).

[3] Según Chesnais, “en el transcurso de las dos últimas décadas, los bancos concibieron medios que aparentemente le permitían lograrlo. Las ‘innovaciones financieras’ dieron origen a una red muy densa de transacciones interbancarias. Y fue a partir de estas ‘innovaciones’ que los bancos pudieron poner en marcha el llamado ‘efecto de apalancamiento’, es decir, una relación de préstamos de capitales propios y depósitos disponibles cuya altura (incluso más de 30%) los coloca permanentemente en situación de gran fragilidad. Ellos lo saben, pero cuentan con los gobiernos para que les aseguren en cualquier circunstancia y a cualquier costo social un cinturón de seguridad y, en los casos extremos, la socialización de sus pérdidas” (Chesnais, 2010).

[4] Según Teitelbaum: “Todos esos productos financieros circulan, en los hechos, como moneda, de manera que el papel de la moneda de representar los valores creados en el proceso de producción se ha distorsionado totalmente, pues la relación entre los valores reales creados en el proceso productivo y los ficticios que circulan en el mercado financiero es del orden de entre 10 a 1 y 20 a 1, según diferentes estimaciones” (Teitelbaum, op.cit).

[5] Títulos de crédito contra la empresa que deviene en interés, es decir, son compromisos de pago de una deuda representada por pagarés, letras de cambio, bonos o debentures.

[6]  Valores de documentos de propiedad de la empresa que representan obligaciones de pago de terceros para con ella y constituyen inversiones ajenas al giro normal de la empresa. Por ejemplo, acciones, bonos y otros títulos (Cornejo, op.cit: 369).


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BIBLIOGRAFÍA

Cornejo, Marcelo (2011): La acumulación de capital en Chile. Crisis y desarrollo: Últimos 40 años,Ed. Octubre, Santiago de Chile.

Chesnais, François (2011): La vulnerabilidad del sistema financiero, la ilegitimidad de las deudas públicas y el combate político internacionalista por su anulación, Herramienta Web, No. 9.
http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-9/la-vulnerabilidad-del-sistema-financiero-la-ilegitimidad-de-las-deudas-publicas-y-

Kornbliht, Juan (2006): “China es la única base del capitalismo mundial”, entrevista a François Chesnais, El Aromo, No 3, Buenos Aires.
http://www.razonyrevolucion.org/textos/elaromo/secciones/economia/aromo33chesnais.pdf

Stiglitz, Joseph (2003): Microeconomía, Ariel, Barcelona.

Teitelbaum, Alejandro (2008): La crisis del sistema capitalista.
http://www.argenpress.info/2008/10/las-crisis-del-sistema-capitalista.html

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