(una versión de este artículo se publicó en Paralaje, Nº 2: Resistencia y simulacro, Revista de Filosofía de los estudiantes de postgrado de la PUCV, marzo 2009, Valparaíso)
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http://paralaje.cl/index.php/paralaje/article/viewFile/37/34
“Biopolitics, Space and Statistics”
Osvaldo Blanco.
Sociólogo, Universidad Arcis, Santiago de Chile
Magíster Ciencias Sociales, Universidad de Chile
Profesor e Investigador Universidad Arcis, Sede Valparaíso.
Profesor Universidad Arcis, sede Santiago.
1) Resumen
La estadística es un instrumento de control y administración biopolítico que, a diferencia de los mecanismos panópticos y disciplinarios de ejercicio del poder (caracterizados por ser territoriales, localizables, físicos y sedentarios), constituye un nuevo tipo de formulación espacial, abstracta y no territorial, basada en el manejo de variables sobre el cuerpo y la subjetividad. Las variables son concebidas como cortes sobre la vida humana que constituyen una reterritorialización y codificación superpuesta a la vida. Sin embargo, esta última, imposible de ser representada en su complejidad y fluidez, desborda el tejido de variables y codificaciones que pretende superponérsele. Esa imposibilidad se expresaría en el “error” estadístico, un espacio de resistencia, vale decir, aquello que, perteneciente al orden de la complejidad y del flujo de la vida, no se deja reprimir por los mecanismos estadísticos de representación.
PALABRAS CLAVE: Biopolítica, Espacio estadístico, Mapa, Control, Gubernamentalidad.
KEY WORDS: Biopolitics, Statistics Space, Map, Control, Governmentality.
2) Introducción
En el presente artículo se desarrolla una problematización sobre la estadística como instrumento de control y administración biopolítica, donde ésta se presenta como un nuevo tipo de formulación espacial que supera de forma sutil e imperceptible la noción panóptica del espacio disciplinario. Mientras el control ejercido sobre el cuerpo en cárceles, escuelas y clínicas es de tipo territorial, local, físico, sedentario y con el objetivo del encierro, la estadística maneja diversas variables de nuestros cuerpos y subjetividades en un espacio abstracto y no territorial.
Las grandes bases de datos que pululan por el espacio dominado por aparatos de Estado, compañías de servicios y agencias de marketing, nos clasifican y dividen constantemente en diversos espacios, sin que nosotros lo sepamos. Esta nueva forma de vigilancia y manipulación de la vida tiene a la estadística como un instrumento para el establecimiento los cortes adecuados para la reterritorialización. Estos cortes que la estadística realiza con la vida humana le permiten construir los mapas y espacios orgánicos propios de un cuerpo social que vuelve a llenar el vacío que el desborde constante de la vida produce. Esta codificación de la estadística reterritorializa y recodifica –siempre con un error donde reside la resistencia- aquello que amenaza al socius capitalista. Esto porque nuestra sociedad codificada le teme a todo lo que desborde su cuerpo social lleno, esto es, aquél deseo que se escurre, que chorrea por los distintos poros de la tierra y que no está codificado o bien aparece como no codificable en relación a esa sociedad. Para evitar este desborde aparece la máquina técnica de la estadística. Al ser cortados y medidos en un sistema de registro, las personas/atributos pueblan un territorio-espacio estadístico, por tanto, la estadística dibuja una tierra y a sus habitantes.
3) Biopolítica, Gubernamentalidad y Estadística: el dominio del territorio por medio del mapa espacial
El mundo de la modernidad clásica, a diferencia de la postmodernidad, era sedentario y acabadamente territorial, constituido por objetos pesados, macizos, firmemente arraigados al suelo. Su más grande creación –el Estado nación – siempre se remitió a ser un ente de poder territorial, el cual se medía según la extensión de su territorio y según las adquisiciones o pérdidas territoriales. Para consolidar la soberanía sobre el territorio y la población que en él vivía, el Estado necesitó controlar la tierra misma. Es por esto que un aspecto fundamental del poder modernizador fue la guerra librada en nombre de la reorganización del espacio sobre el cual se ejercía la soberanía. Tal y como señala Bauman, “lo que estaba en juego en la batalla más importante de esa guerra era el derecho de controlar el servicio cartográfico. La esquiva finalidad de la guerra espacial moderna era la subordinación del espacio social a un solo mapa, aquél que elaboraba y sancionaba el Estado” (2006: 43). En este mundo de la modernidad clásica hay una muy fuerte correlación entre territorio y poder; la extensión del territorio se concebía como una extensión de la soberanía respecto del centro del poder que era el Estado nación[1]. Y fue una conjugación de disciplinas –en especial las artes, la cartografía y la arquitectura – lo que permite entender la lucha por el dominio del espacio que se desarrolló con la modernidad. En efecto, la perspectiva pictórica desarrollada a partir del s. XV daba por sentada la trascendente posición del “ojo” del observador impersonal, el cual ocupa una posición privilegiada para “verlo todo”. Con la perspectiva pictórica, por primera vez se asumió la idea de que “desde arriba” se puede ver todo lo que sucede “allí abajo”, en la superficie de lo social, y esto se debe fundamentalmente a la existencia de un “centro” en tanto punto de observación imparcial (Ibíd.: 39-73). Este punto de la mirada panorámica es clave para entender cómo las crisis sociales han sido contenidas a través del desarrollo de una estructura de maquinaria de poder, donde la soberanía fue la categoría central y donde el control y la cohesión de las sociedades disciplinarias se hacían al interior de determinado territorio.
Ahora bien, en este proceso de consolidación del Estado nación soberano de la modernidad clásica, el mapear espacios ha sido fundamental para la explotación y dominación social.
Para poder desarrollar nuestros argumentos a lo largo del presente escrito, proponemos hacer una diferencia entre “territorio” y “espacio”. Al primero lo definiremos físico y sedentario. Al segundo más ligado al orden de lo simbólico. Ambos apelan a una lógica “relacional”. Y, en base a esto, ambos se vinculan entre sí a partir de un plano, donde se dibuja el mapa a partir de los archivos codificados y registrados. Territorio y espacio son diferentes, pero ambos están vinculados por la noción de plano o superficie del socius. En suma, el “espacio” es el resultado del mapeo y establecimiento de un cuerpo social cohesionado a partir de la codificación de los flujos desarrollados en el territorio. Precisamente éste es uno de los problemas desarrollados por Foucault, para quien era clave entender cómo las sociedades de poder soberano y territorial se convierten en sociedades de control donde éste es mucho más abarcativo, incorporando a la estadística como una nueva tecnología de poder cuyo objeto es la “población” (Foucault, 2007a).
A partir de esto podemos decir que la gubernamentalidad se fue consolidando como estrategia de ejercicio del poder en el arte del gobierno de los pueblos en un determinado territorio mapeado. Desde un principio, la gubernamentalidad requería de mapas. Había que mapear el territorio del que se era soberano y sobre el cual se ejercía dominio, pero este mapa era un emplazamiento simbólico que representaba al territorio material.
Una vez dicho esto, sólo resta presentar a la estadística como máquina técnica de producción de mapas. Los mapas de la estadística son escrituras de enunciados en medio de relaciones de poder. Mapas confeccionados bajo objetivos de poder contingentes, pero abarcables en su conjunto.
Cuando el tema de la soberanía derivó de una justificación del poder del rey soberano y se articuló con el arte de gobernar, la estadística se vinculó a todo un conjunto de análisis y de saberes. La estadística fue el “conocimiento del Estado en sus diferentes datos, en sus diferentes dimensiones, en los diferentes factores de su potencia, y a los que se llamó precisamente la ‘estadística’ como ciencia del Estado” (Foucault, 1999a: 188)[2].
Foucault se dedicó a analizar la estadística desde el punto de vista de la gubernamentalidad y la “razón de Estado”, vale decir, la de un “gobierno racional capaz de aumentar la potencia del Estado en consonancia con el mismo”, lo que presupone la constitución de cierto tipo de saber (Foucault, 2005: 323). La gubernamentalidad utiliza a la estadística para sus objetivos de disciplinamiento y control de las poblaciones, donde el arte de “gobernar” era visto como algo imposible sin una capacidad basada en un saber potenciado por medios específicos, insertos en los dispositivos de Estado. En este contexto, la estadística es parte del saber y, como tal, se encuentra dentro del dispositivo del poder y de la razón de Estado que se nutre de ella para potenciar su fuerza. A su vez, la gubernamentalidad demuestra cómo estas relaciones de poder dan cuenta de diversas formas en que los hombres gobiernan a otros hombres, y cómo ciertas formas de gobierno de los hombres objetivan al sujeto que se pretende administrar mediante los atributos a variables de interés (el sujeto loco, el enfermo, el delincuente, el pobre, el consumidor, el votante, etc.).
Esto tiene plena vigencia hoy, donde la estadística hace que los seres existentes se organicen según espacios molares que los delimitan y los articulan en cuanto a los demás seres y a ciertos flujos de interés de poder. Es decir, la estadística mostraba (y aún lo hace) que la población tenía sus regularidades propias: un número de muertos, un número de nacimientos, un número de trabajadores, de delincuentes, de locos, etc. Ámbitos vitales como la salud, la sexualidad, la herencia biológica, la higiene, los modos de relación y conducta, se constituyeron en técnicas de individuación que constituyen a los sujetos, distribuyéndolos en los campos de lo normal y lo anormal, de la peligrosidad criminal, de la enfermedad, de la pobreza, del consumo (estudios de marketing).
Por todo esto, la estadística forma parte de una estrategia de cálculo. Esto porque, foucaultianamente hablando, las relaciones de poder son intencionales (pero no “subjetivas”), vale decir, atraviesan un conjunto de instituciones, acontecimientos políticos, prácticas y procesos económicos. Así, la estadística es parte de una red heterogénea de elementos, es parte de un “dispositivo” o, dicho con otras palabras, es un tipo especial de discurso y saber compuesto de enunciados archivables al interior de un conjunto de formaciones prácticas discursivas y no discursivas.
Este poder, más que reprimir, resulta efectivo en virtud de que se constituye como una “función vital” que cada individuo apoya y reproduce de manera activa (el tema de la “técnicas de sí” y de su vinculación con el “poder pastoral”). La propia vida es un objeto de poder, donde éste no hace sino administrar vida humana. Esta última, aquello que nuestra cultura tanto ha manipulado, pero que tan poco ha definido explícitamente como tal, en la época moderna aparece como indeterminada, pero, al mismo tiempo, fuertemente articulada y dividida a través de una serie de censuras y oposiciones. Es así como el cuerpo humano deviene en objeto político, objeto de intervención y politización. Por lo tanto, el biopoder regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulándola. Tal y como señala Agamben: “pareciera que, en nuestra cultura, la vida fuese lo que no puede ser definido, pero, precisamente por esto, lo que debe ser incesantemente articulado y dividido” (2006: 31).
En suma, toda la codificación de la estadística es directamente sobre variables relativas a diferentes aspectos de la vida de la población. Y toda la sobrecodificación estadística es un proceso llevado a cabo para la reterritorialización, gubernamentativa de la vida humana, del gobierno de las poblaciones y la fuerza de trabajo. La sociedad capitalista en constante reterritorialización usa a la estadística como intento de recapturar los procesos de desterritorialización en el orden de la producción y de las relaciones sociales (Deleuze y Guattari, 2005).
4) Espacio estadístico y espacio social: Mapa de la población.
Tal y como hemos venido diciendo, la estadística es un mecanismo de mapeo: sirve para dar la visibilidad espacial y lógica a los fenómenos que el desorden del devenir de la vida humana esconde. Es imprescindible señalar que la estadística, en contraste con el poder ejercido sobre un territorio, se practica sobre una multiplicidad en movimiento a la cual puede dividírsele indefinidamente, mostrando aquello escondido tras la masa indeterminada de un conjunto cualquiera.
En este sentido, pensamos que la estadística está íntimamente ligada al poder pastoral, esto es, al poder benevolente, la salvación del rebaño en su conjunto lograda a partir de la protección de cada oveja individual. El poder pastoral –al igual que la estadística – no se ejerce sobre un territorio: “por definición, se ejerce sobre un rebaño y, más exactamente, sobre el rebaño en su desplazamiento, el movimiento que lo hace ir de un punto a otro. El poder del pastor se ejerce esencialmente sobre una multiplicidad en movimiento” (Foucault, 2007a: 154; cursivas mías O.B.). Pero, a su vez, este poder pastoral –presente en la genealogía del poder y la moderna “razón de Estado”- se dirige a la totalidad del rebaño, cuestión que sólo puede hacerse bajo la condición de que ni una de las ovejas se escape (ídem).
Varias son las consecuencias que podríamos indicar al invocar brevemente estos puntos. Sin embargo, la que nos preocupa en este artículo tiene que ver, en un contexto muy general, con el fuerte vínculo existente entre el saber estadístico y el capitalismo o, lo que es lo mismo, con la línea de pensamiento que ha visto al origen y desarrollo del capitalismo como forma racional de organización de la actividad humana. En esta racionalización e instrumentalización de la vida social se encuentra la estadística como instrumento de control y codificación permanente. Se sigue de lo anterior el hecho que la relación entre el saber estadístico y el sistema capitalista se logra relacionando a la estadística dentro de un contexto general de gubernamentalidad, donde el sistema capitalista requiere poner en juego una serie de técnicas que permitan administrar al rebaño social, esto es, a la población.
Desde muy temprano la obra de Foucault enseña la fuerte vinculación entre la estadística y el gobierno de la población por medio del continuo ejercicio de construcción de categorías de ordenamiento y visibilidad en materias tales como el control de la salud y las enfermendades, así como de nacientes disciplinas de gobierno tales como la demografía, la pedagogía, la biología, la economía, la psicometría, la sociología, etc. Todas ello con sus problemas de aplicación práctica: los test mentales, los registros sobre las cosechas, la clasificación de estudiantes en las escuelas, los matrimonios, las tasas de crímenes o delitos, las tasas de natalidad y defunción, los números de trabajadores en la industria, etc. De esta forma, la estadística es el mapeo que se convierte en el común denominador para la traducción y transferencia discursiva de múltiples disciplinas y problemas asociados a distintas aristas implicadas en las tareas del gobierno de la población.
Se trata de una operación de producción de mapas sociales a partir de la descripción acerca de cómo se distribuyen valores agregados molarmente en función de variables de interés estratégico. Para ello, se usan distintos tipos de gráficos, tablas de frecuencia, tablas de contingencia, etc.[3]. Es decir, la estadística permite, al mismo tiempo, construir espacios estratégicos para el poder a partir de relaciones de semejanza o diferencias entre grupos y valores, así como dividir infinitamente la vida, el cuerpo, la subjetividad y la materialidad ligada a ella, distribuyendo los valores singulares en los espacios establecidos por las categorías y variables de interés[4].
Es decir, gobernar es establecer un camino, una ruta, pero también un ordenamiento de aquello que en el nivel superficial aparece como desorden. La estadística muestra entonces los elementos que el soberano debe conocer de su Estado, los fenómenos del orden que emerge de los grandes números, orden que si bien hoy no nos sorprende, antiguamente era visto como algo verdaderamente asombroso. Piénsese, por ejemplo, que en el siglo XVIII la regularidad de la proporción de nacimientos de hombres y mujeres era comprendida como una prueba de la providencia divina. Es así como resulta evidente entender porqué uno de los estadísticos más famosos de aquella época, el astrónomo belga Adolphe Quetelet, encontró en las estadísticas una estabilidad inesperada en la sociedad, mostrando que la sociedad respondía a determinadas leyes y que, por lo mismo, podía haber una ciencia de la sociedad que fuese predictiva, capaz de descubrir las causas de los problemas sociales y proveer, incluso, los instrumentos para combatirlos (Porter, op.cit).
Con el advenimiento del capitalismo y las sociedades industriales, el orden social poco a poco se fue amparando en la ciencia social, esto es, en la estadística en tanto ciencia del Estado. Esta última fue reemplazando las explicaciones religiosas que fundamentaban el orden social de las sociedades predecesoras. En efecto, el análisis científico basado en la estadística se fue convirtiendo en un mecanismo de saber-poder que permitía ordenar el confuso mundo social industrial, verificando siempre un espacio entre dos elementos como diferencia de dos lugares distintos del plano, ocupados uno por cada elemento y sólo por ellos. Es decir, el espacio social se fue concibiendo menos como cuadro vacío que por un marco determinado por el contenido de relaciones entre los puntos en su interior. Las relaciones, el eslabonamiento y la conexión de las partes se fueron constituyendo como lo más importante y definitivo del moderno concepto de espacio social (Simmel, op.cit). La sociedad debía ordenar y distribuir a los individuos, cada uno en su lugar, en función de la incipiente división social del trabajo y la estructura de clases capitalista.
Entendamos que con esta descripción estamos tratando de situar a la estadística como una disciplina que cuando describe a la “sociedad”, lo hace a partir de un proceso de positivización de un objeto de estudio que expresa el sinthome de una exclusión más profunda. La pregunta es ¿qué debe ser reprimido para que sociólogos, tecnócratas y tantos otros puedan hablar del mapa de la “sociedad”, es decir, mapa de puntos que se diferencian y alejan entre sí? En suma, ¿qué es lo que se mide y, con ello, qué se excluye? Tal y como señala Foucault: “Se puede decir que, en la tradición de la sociología europea, de la sociología digamos durkheimniana (…), preocupaban esencialmente los fenómenos positivos. Se trataba de buscar los valores reconocidos en el interior de una sociedad, de determinar de qué manera una sociedad afirmaba su propio sistema, sus propios valores, sus propias creencias. Dicho de otro modo, se buscaba esencialmente definir a una sociedad o definir una cultura por su contenido positivo, intrínseco e interior”. La nueva pregunta por lo social es, a decir de Foucault, la preocupación por el fenómeno inverso, aquella “estructura negativa de una sociedad: ¿Qué es lo que se rechaza en ella? ¿Qué se excluye? ¿Cuál es el sistema de prohibiciones? ¿Cuál es el juego de imposibilidades?” (Foucault, 1999a: 74; cursivas mías O.B.).
Todo el énfasis puesto en los números estaba puesto dentro de una campaña contra la desbordante subjetividad (Porter, op.cit)[5]. En este sentido, pensamos a la estadística como una máquina técnica que, a la vez, es máquina social o, lo que es lo mismo, máquina de mapeo poblacional donde se inscriben, incluyen y excluyen determinados fragmentos de lo social según intereses específicos[6]. Es una máquina técnica y espacial de inscripción constante y representación de la realidad, una superficie sobre la que se inscribe y representa el proceso de producción, se registran objetos, medios y fuerzas de trabajo, se distribuyen los agentes y los productos. A su vez, la especificidad de la estadística como representación, constructiva y productiva de lo real –cuestión que veremos más adelante- se debe entender concibiendo el marco epistémico mayor en que la estadística se inscribe como forma de saber. De este modo, tendremos que ver cómo “representación” y “producción” son dos momentos que en el capitalismo se encuentran unificados en la constitución del “sistema”. Dicho en otras palabras, tendremos que profundizar el fenómeno de cómo la cuantificación se convierte en uno de los mecanismos más potentes con los que los científicos sociales reconstruyen y reterritorializan el mundo[7].
5) El espacio estadístico: ¿Utopía o Heterotopía?
Antes de seguir desarrollando lo recién dicho, creemos pertinente seguir nuestra exposición profundizando algunos puntos sobre la idea de la estadística como espacio, pero ahora concentrándonos en relacionarla con la noción foucaultiana de “emplazamiento”, vale decir, un espacio que tiene características tanto de los espacios irreales (utopías) como reales (heterotopías) (Foucault, 1999a: 431-441). Siguiendo la misma idea que hemos desarrollado hasta aquí, Foucault define al emplazamiento moderno como un espacio definido a partir de las relaciones de vecindad entre diferentes puntos o elementos, pudiendo ser descrito “como series, árboles, cuadrículas” (Ibíd.: 432). Estamos en una sociedad que requiere de la localización, clasificación y circulación en un espacio de diversos elementos marcados o codificados. Sociedad tecnificada preocupada de almacenar, intercambiar y ordenar la información sobre la población, los valores, los lugares, los objetos y atributos, etc., relacionándose, a su vez, directamente con la estadística en tanto espacio de registro molar. Las nociones clásicas de cercanía, lejanía, proximidad y distribución de los objetos están en crisis; operaciones que precisamente cuantifica la estadística. De esta forma, el emplazamiento más bien se concentra en la yuxtaposición, entrecruzamiento e interrelaciones multivariadas. En suma, un espacio interior en donde habitamos y donde tiene lugar el desgaste de nuestra vida.
El problema del emplazamiento humano “no consiste sólo en saber si habrá bastante sitio para el hombre en el mundo (…), es también el problema de saber qué relaciones de vecindad, qué tipo de almacenamiento, de circulación, de localización, de clasificación de los elementos humanos se deben mantener preferentemente en tal o cual situación para alcanzar tal o cual fin” (Ibíd.: 433). Nuestro espacio, el espacio donde vivimos, no está vacío, sino de antemano cargado de cualidades potencialmente medibles, clasificables e intercambiables. Para Foucault, el espacio dentro del cual vivimos es en sí mismo un espacio heterogéneo. No vivimos en una especie de vacío, en cuyo interior sería posible acomodar individuos y cosas.
Ahora bien, existen espacios de relaciones sociales irreductibles, donde no se cruza ninguna relación social. Lugares únicos, tipos especiales de emplazamientos que tienen la propiedad de estar en relación con todos los demás, pero de tal modo que suspenden, neutralizan o invierten el conjunto de relaciones que, a través suyo, se encuentran designadas, reflejadas o pensadas (Ibíd.).
Como señala Foucault, estos espacios relacionados con todos los demás, pero que, a su vez, contradicen a todos los demás espacios, son de dos tipos: utopías y heterotopías. Las utopías son emplazamientos sin un lugar real. Son un no-lugar que mantiene con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o inversa, una visión perfeccionada de la sociedad, aunque siempre irreal. Para Foucault, en las utopías, al igual que en los espejos, nos vemos allí donde no estamos, nos situamos en un espacio irreal que se abre virtualmente y se desprende de la superficie de la realidad. Es la realidad puesta en un plano abstracto; hoja virtual para un mapa.
Pero, al igual que los espejos y los planos en general, el espacio de la estadística existe realmente. Es a partir del espejo que nosotros mismos nos descubrimos como ausentes en el mismo lugar donde nos vemos, y que gracias a este retorno nos es posible volver sobre nosotros mismos y comenzar a reconstruirnos a partir del lugar real y físico que ocupamos. Con la estadística, ocupamos un espacio, pero no “territorialmente” localizable. Por ello, la estadística puede ser vista como máquina de mapeo, la que dibuja visiones utópicas en planos, lugares y no-lugares.
Por su parte, las heterotopías son aquellos lugares reales, de múltiples planos, pluriespacial, pero en un mismo terreno, pues son efectivamente existentes en la sociedad, “(…) utopías efectivamente realizadas en las que los emplazamientos reales, todos los demás emplazamientos reales que es posible encontrar en el interior de la cultura, están a la vez representados, impugnados e invertidos” (Ibíd.: 434 - 435).
Así como decimos que la estadística tiene elementos de las utopías (un lugar donde nos vemos a nosotros mismos de forma idealizada o no real), también tiene, como los espejos, características heterotópicas. La estadística, sin llegar a compartir la cualidad de ser un espacio real –un “territorio”, tal y como aquí lo hemos estado definiendo– comparte varias características con las heterotopías.
Rescatamos esencialmente 3 características de las heterotopías que también posee la estadística: a) la relación con el espacio: representar a los elementos de la realidad social en un mismo lugar, “yuxtaponer en un solo lugar real varios espacios”, cuando en la realidad social son elementos que no necesariamente están agrupados en vecindades colindantes; b) la relación con el tiempo: una heterotopía, al igual que reúne en un mismo lugar elementos que en la realidad social están territorialmente distantes, es capaz de emplazar en un mismo mapa acontecimientos de tiempos diferentes; c) la relación de la estadística con lo que más adelante desarrollaremos como las contraseñas, donde los sujetos pertenecen a grupos sólo a partir de cumplir con ciertos ritos, permisos y procedimientos.
Algunos elementos de la primera característica los hemos desarrollado en los acápites anteriores, quedándonos por desarrollar una crítica a las dos restantes, cuestión que abordaremos a continuación.
6) De la imposibilidad fotográfica del Tiempo: la Estadística como máquina social estática
La realidad del tiempo no ha sido aún observada por la técnica, pero al fin será ‘descubierta’ naturalmente también y se les vendrá a las manos a los laboriosos ingenieros. Se descubrirá acaso ya muy pronto, que no sólo nos rodean constantemente las imágenes y sucesos actuales del momento (…), sino que todo lo que alguna vez haya existido quedará de igual modo registrado por completo (…) Todo esto, sólo servirá al hombre para huir de sí mismo y de su fin y para revertirse de una red cada vez más espesa de distracciones y de inútil estar ocupado.
Herman Hesse, El Lobo Estepario (Sólo para locos).
El anclaje espacial es una forma política-económica que debe estudiarse detalladamente, pues nuestras sociedades predeterminan una historia que lo remodela y, a la vez, se sedimenta en él. No sólo es imposible la vida sin espacio, sino que también es insostenible la administración de la misma sin una superficie donde hacer circular, separar, cortar y ordenar los elementos humanos.
Ahora bien, creemos que es importante señalar que la estadística es un “espacio” y no un “territorio”, tal y como lo definimos anteriormente. Pero, a su vez, el mapa estadístico es lo mismo que un espejo: proyección en un no-lugar, al mismo tiempo real e irreal, utópico y heterotópico. El hecho de ser real e irreal al mismo tiempo se explica porque, lejos de ser una mera representación de la realidad humana sin ejercer consecuencias sobre ella, la estadística ejerce un poder material y efectivo sobre la vida y, sin embargo, es un emplazamiento deformado y ficticio.
Aparece aquí un problema técnico-político: la estadística no es la descripción acabada de un estado de hecho, pues siempre asume su error[8]. Este error (que podríamos considerar análogo a la resistencia foucaultiana) no sólo se puede referir a aquello que la estadística no logra explicar, sino también aquello que permite hacer visible y enunciar lo que en él se esconde.
Una de las cuestiones fundamentales que este error no explica, y que a continuación desarrollaremos, es el problema de la medición del tiempo social. En efecto, sostenemos que el factor tiempo es parte del real-imposible de la estadística, porque ésta simplemente captura un momento y con ello estima a todos los otros tiempos sociales posibles.
Recién mencionamos que los espacios heterotópicos, entre otras características, funcionan mediante una ruptura con el tiempo tradicional de los hombres (principio de la heterocronía). Si pensamos a la estadística como un espacio heterotópico, la veremos como un espacio inmóvil como un cementerio, una fotografía de la realidad, pero que dispone en un mismo lugar acontecimientos codificados provenientes de tiempos diferentes[9].
Nosotros queremos señalar en este punto que el movimiento o densidad del tiempo es fuente de error para la estadística debido a que la variación misma de las variables que mide tiende a infinitas dimensiones cambiantes según la arritmia del tiempo. Dicho en otras palabras, el tiempo tiene densidad y arritmias que son históricas y sociales[10]. Debe quedar explícito entonces el uso de la estadística como máquina fotográfica y de mapeo, pues no “filma” ni “graba” el devenir del acontecimiento, sino que lo captura de forma parcial y en este ejercicio produce un error de estimación. La estadística es un simple calco congelado donde habita el error al hablar del devenir, fallando respecto de la desterritorialización ocurrida en el trascurso de los ritmos coyunturales del tiempo, pero que es usada para la reterritorialización que permite a los técnicos sociales hablar de “sociedad” en los “tiempos largos” estáticos y estructurales.
De este modo, un error nos persigue. Variación no explicada, error de muestreo, no cuantificados estadísticamente. Y, no obstante, este error es un elemento fundamental para nosotros como especie. Como señala Foucault, el error “(…) constituye no el olvido o la postergación de una realización prometida, sino una dimensión propia de la vida de los hombres, indispensable para la temporalidad de la especie” (Foucault, 2007b: 56). Agradecidos estamos entonces de los errores de las estimaciones estadísticas, de las varianzas no explicadas, de los errores de muestreo, pues aún no nos encontramos aún en la situación que describe Herman Hesse en “El lobo estepario”, para quien, algún día, habrán máquinas técnicas que capturarán no sólo fragmentos congelados del acontecer, sino que lograrán capturar todo lo que acontece. Pese al augurio de Hesse, por ahora el espacio estadístico emplaza artificialmente en un mismo espacio molar y estático diversos momentos del tiempo.
En suma, la función de la fotografía estadística es la de reterritorializar lo desterritorializado, resistir los movimientos, los flujos y la velocidad usando su inmovilidad y fijando todo movimiento al mapa espacial. Desde la estadística, la “sociedad” se entiende entonces como un socius de inscripción, donde lo esencial radica en marcar o ser marcado y, por tanto, más que la circulación desterritorializante de mercancías, personas, atributos o dinero, al poder le importará codificar y recodificar toda circulación de estas cosas al interior del mapa y del territorio. Así, la estadística se vuelve perfectamente compatible con la tarea de extraer, cortar y codificar estos flujos, repartiendo las partes en sus posiciones, en sus lugares sociales y funcionalmente asignados. Por ello que los enunciados de la estadística son agenciamientos maquínicos, puesto que son parte de un sistema de agentes políticos de enunciación que los hace posibles. La estadística se vuelve así en un instrumento perfecto de codificación para poder hablar de una “sociedad” con sus recurrencias y constancias. Sin embargo, si se miran las cosas con profundidad, se trata de una máquina de mapeo fotográfico inherentemente determinada por la imposibilidad de poder seguir el flujo y la circulación, siendo restringida al simple ejercicio de marcar o capturar cierto momento del tiempo.
7) La ley y los divisibles sujetos estadísticos
El mundo posmoderno se caracteriza por las simulaciones, proceso que lleva a la creación de simulacros o reproducciones de objetos o eventos, resultando cada vez más difícil la identificación de lo real en este mundo de cosas que simulan a la realidad (Baudrillard, 1978)[11] ¿Es la estadística algo más real que lo real? Nuestro propósito es desmontar esta realidad en toda su radical falta de contundencia; el pensamiento posmoderno de Baudrillard, como todo posmodernismo, desestima las verdades universales, pero inmediatamente ha puesto en el plano de la verdad al simulacro. Usamos entonces a Foucault para desmontar la hiperrealidad del mapa estadístico.
El pensamiento de Foucault aplicado a la máquina técnica estadística nos permite entender que el mapeo estadístico, más que encerrarse en la verdad del mundo real, se arraiga profundamente en los errores de la vida. El saber que representa y produce al sujeto debe estudiarse como modo de objetivación por parte de las relaciones de poder, obligándonos a estudiar los procedimientos y técnicas que se utilizan en distintos contextos institucionales de actuación sobre el comportamiento de los individuos aislados o agrupados con el fin de dirigir y administrar la forma de conducirse. En suma, las formas diversas de gobierno son determinantes en los diferentes modos de objetivación del sujeto, donde la estadística cumple una función particular que aquí nos importa: la del mapeo o, lo que es lo mismo, la de distribución de los valores en un plano común donde poder “verlo todo”.
Desde el enfoque genealógico de inscribir al saber estadístico dentro de relaciones de poder que lo hacen posible, entendemos a la estadística como máquina técnica clave para la consolidación de lo que Foucault denomina “poder pastoral“. Este tipo de poder, diferente al socius territorial y al socius despótico (así también no reducible al campo religioso desde donde nace), es clave para la consolidación del capitalismo en su actual versión individualista y hedonista. No es un poder que atiende solamente a la comunidad en su globalidad, sino que a cada individuo en particular, durante su vida entera. Por lo tanto, esta forma de poder no puede ser ejercida sin conocer la mente y el más mínimo secreto de la conciencia. Es, por lo tanto, un poder individualizante, coextensivo y continuo a la vida misma, ligado fuertemente a la producción de la verdad, pero la verdad del individuo en sí mismo. Foucault mismo lo dice explícitamente: “(…) a partir del siglo XVIII, tanto las sociedades capitalistas e industriales, como las formas modernas de Estado que las acompañaron y sustentaron, necesitaron procedimientos, mecanismos, esencialmente procedimientos de individualización que habían sido puestos en práctica por la pastoría religiosa” (Foucault, 1999a: 126).
Más que señalar la idea común de que el Estado y la sociedad moderna ignoran al individuo sorprende que es todo lo contrario: el Estado dedica atención constante hacia los individuos (Foucault, op.cit). Y, precisamente, la estadística es parte de las técnicas puestas en marcha para que ningún individuo se escape de ninguna forma posible del poder, ni a la vigilancia, ni al control, ni al saber, ni al adiestramiento, ni a la corrección. La estadística pone en marcha una máquina cuantitativa de medición de los efectos de grandes muestras de datos que expresan los comportamientos individuales. De esta manera, la inclusión y exclusión de los individuos en los distintos mapas, la fragmentación del cuerpo individual en objetos parciales o variables de interés hacen que el individuo sea producto de un ejercicio de constante “dividualización”. La dividualización de los sujetos va más allá de su propia percepción de ser constantemente divididos: “El espacio de nuestras percepciones (…) es finito y varía de individuo a individuo con el orden de complejidad de sus percepciones. Precisamente por lo mismo que es tan grande como nuestra percepción de los fenómenos es también tan pequeño como ella, por lo cual comprenderemos que no pude ser ‘infinitamente divisible’. El límite de su divisibilidad está en el límite de nuestro poder de percibir cosas aparte” (Pearson, op.cit: 169). Podemos agrupar cosas o personas en grupos cada vez más pequeños de impresiones sensibles, pero, en última instancia, llegaremos a un límite en el cual la impresión sensible cesa (ídem). Ya mencionamos que Pearson desarrolla este problema anunciando que el espacio geométrico no pertenece al plano de la percepción (lo real), sino al de la “concepción” (lo ideal)[12]. De esta forma, podemos decir que la estadística es un espacio no perceptible, pues es un espacio de concepción, abstracto, un espacio ideal que puede, a diferencia del espacio sensible de la percepción, ser infinitamente dividido. Los habitantes de esta tierra son constantemente codificados y, por lo mismo, divididos.
Ahora bien, el lenguaje numérico del control está hecho de cifras que marcan el acceso o el rechazo, “convirtiendo a los individuos en ‘dividuos’ y las masas o grandes grupos en muestras, mercados o bancos” (Deleuze, 2005a: 118). Por lo mismo, más que hacer caso a la idea de que “sólo somos un simple número para el sistema”, la estadística nos muestra cómo, en realidad, se cruzan por nuestro cuerpo dividido distintos números, esto es, verdaderas “contraseñas” que nos permiten entrar a unos grupos y espacios, así como ser excluidos de otros. Esto implica que este tipo de sociedades de emplazamientos espaciales nos obligan a lógicas fuertemente paranoicas: el panoptismo disciplinario y territorial se reemplaza por un control espacial, no ligado a territorio material alguno. Vivimos un panoptismo virtual, espacial, no territorial, donde nadie sabe con certeza si es vigilado o no.
Con la globalización y el avance informático y de procesamiento de datos esto ha llegado aún más lejos. Las grandes bases de datos pululan por el espacio dominado por aparatos de Estado, compañías de servicios y agencias de marketing, quienes nos clasifican y dividen constantemente en diversos espacios, sin que nosotros lo sepamos. La estadística será parte de un mecanismo de control que constantemente señalará la posición de un elemento en un lugar abierto o, al menos, ya no estrechamente encerrado como los territorios del taller, la fábrica, la prisión o la clínica[13].
La resistencia a ello creemos encontrarla en el error de las estimaciones estadísticas que ya analizamos en al acápite anterior. Podemos decir que realizar una crítica a la estadística implica rescatar el error que ésta calcula, entendiéndolo como un espacio Real-imposible de cálculo y código, es decir, de imposible mapeo. En el acápite anterior desarrollamos esta idea a partir del tiempo y, ahora, lo haremos desde otro punto de vista: el de la producción [ideológica] de individuos.
Aquí es importante señalar que el capitalismo es el único socius o máquina territorial donde la representación es inmediatamente producción o, en otras palabras, el capitalismo es el socius donde no hay separación entre “representación” y “producción” (Deleuze y Guattari, op.cit). Si en las sociedades precapitalistas la reproducción de la estructura económico-social está determinada en gran medida por las condiciones en las que se efectúa la reproducción física del grupo humano, con el capitalismo “la representación ya no se relaciona con un objeto distinto, sino con la actividad productora misma” (Ibíd.: 271). Es lo mismo cuando señalábamos que la estadística es un espacio no real, pero que, lejos de solamente representar, produce consecuencias materiales en nuestra vida.
Se representa lo que se produce: el capitalismo como socius, con un significante-amo despótico. La estructura inamovible surge formando planos de consciencia o de estructuración, líneas de selección que corresponden a los grandes conjuntos estadísticos o formaciones molares, los cuales determinan enlaces y vuelcan la producción en la representación. Es decir, los signos dejan de chorrear en múltiples direcciones, volviéndose ellos mismos significantes bajo la acción de un símbolo despótico, un significante-amo, que los totaliza en nombre de su propia presencia o de su asusencia (Deleuze, 2005b). La representación –entiéndase por ello a “figuras” tales como la fuerza de trabajo, el capital, el capital variable y el capital constante, etc.- se vuelven cantidades abstractas que encuentra en los hombres mismos la materia prima con la cual el sistema capitalista se reproduce de forma absolutamente separada de la reproducción humana[14]. Esto mismo sucede con otros fenómenos más vulgares: piénsese en el simple acto de estudios de mercado sobre la predisposición a consumir determinado producto o la satisfacción del cliente con determinado servicio (“hay 60% de clientes conformes”, “un 42% de personas votarían por el candidato”, etc.). Las variables que se estudian son cantidades abstractas que dan vida al fenómeno, cuestión absolutamente separable de la vida humana.
Pero el fenómeno abstracto cobra vida material toda vez que es sometido a la función significante de objetivos estratégicos. Volviendo al caso del capitalismo, el capitalista, en tanto función derivada del capital y el trabajador, como función derivada de la fuerza de trabajo, dejan de ser meras y simples representaciones teóricas o metafóricas, en virtud de que el sistema económico mismo se reproduce a fuerza de nutrirse de los hombres individuales. “El capitalismo llena así con imágenes su campo de inmanencia” (Deleuze y Guattari, op.cit: 272; cursivas mías O.B.).
Por esto, tal y como lo decíamos al hablar del error de sus estimaciones, la estadística, al ser máquina técnica de mapas y fotografías, representa al mundo humano, pero es productora del mundo capitalista real. Los individuos no somos más que insumos, donde lo que se produce y reproduce no somos nosotros, las multiplicidades de la especie humana, sino más bien el capitalismo mismo bajo figuras metafóricas binarias (capitalista/no capitalista, sano/enfermo, vota/no vota, etc.).
Cuando Foucault señala el giro desde una concepción del poder ya no como represor, sino como productor, está también hablando del proceso de constitución de un individuo correspondiente a este tipo de dispositivos (Foucault, 1999b). Desde nuestra perspectiva, la estadística ha podido pasar del régimen disciplinario hasta el de control con la condición de afectar directamente al individuo, representándolo en mapas a fin de reproducir el socius capitalista. La estadística, en tanto instrumento inserto en los dispositivos capilarmente difuminados, no es una operación de representación, pues sus mapas y espacios son una operación de producción molar específica: la de la sociedad capitalista. La estadística es entonces una representación determinada por un significante-amo eminentemente productor y el espacio que ella construye lo hace en torno a un dispositivo que, como tal, administra el caos por medio de la represión en torno a esta ley, este significante-amo y despótico, un objetivo de control y administración del poder.
Por esto, el análisis de la estadística como instrumento biopolítico tiene que ver con determinar el uso de la estadística al interior de un dispositivo disciplinario y de control, esto es, del uso que el poder hace de la estadística para hablar de un confortable territorio que permita hablar de “sociedad”. La doble función de la estadística es ser el arte de construcción de nuevos espacios y territorios, así como también ser un instrumento de codificación, de corte de flujos existentes y establecimiento de nuevas cadenas, nuevas relaciones, ya no para representar nuestro mundo humano, sino para reproducir el sistema social capitalista.
Así, el individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción del poder. Tal y como señala Foucault: “El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación ideológica de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder (…)” (Ibíd.: 119). De esta manera, cabe preguntarse lo siguiente: ¿no será que, a través de la estadística, se crean representaciones, nuevas relaciones artificiales entre elementos dividuales, nuevas realidades, que en la “realidad humana” no las encontrábamos?
Lo representado es producción simbólica, un teatro con personajes y guiones performativamente establecidos. La dicotomía producción / representación propia de los socius precapitalistas se vuelve una sola unidad con el capitalismo. La representación en tanto ejercicio supuestamente realizado por la estadística, se convierte en su propia lógica reproductiva. Por tanto, la estadística, al tiempo que “representa” a la realidad humana, “produce” simulacros de humanos, grandes agregaciones molares en beneficio de la producción y reproducción capitalista. Siguiendo a Foucault, sabemos que el poder es productor de “rituales de verdad”. Pero nótese que siempre es una producción y uso sobre figuras abstractas con sus respectivos roles performativos: la “población”, el “mercado”, la “fuerza de trabajo”, etc. Con el capitalismo, la diferencia entre producción y representación no es una dicotomía cerrada, sino más bien la representación es producción de una realidad no Real. Obviamente, el individuo producido por la estadística es un remedo del sujeto realmente existente.
Con todo lo hasta aquí señalado, podemos decir que la estadística se hace presente en la máquina social capitalista bajo fórmulas burócratas y técnicas fetiches que pocos comprenden realmente, pero que son incorporados al sentido común de todos como metáforas imponentes, incontestables y plenas de verdad. El uso de la estadística es síntoma inequívoco de la metáfora del desarraigo existente entre el discurso científico y el sentido común. La estadística, el lenguaje objetivo “de quien sabe”, es manejada por expertos y científicos que ya no pueden traducirla al lenguaje común, ni pueden volverla accesible a todos. Tanto en ciencias naturales como sociales, el dialecto del experto “se presenta como un conocimiento objetivo con el que no se puede realmente discrepar, y que no se puede traducir en términos de nuestra experiencia normal” (Zizek, 1999). Esta distancia entre el conocimiento científico y el sentido común no se puede rellenar, pues precisamente esta distancia infranqueable es la que posibilita a los científicos y expertos a la categoría de figuras de culto, sujetos supuestos de saber. Manteniendo esta distancia, el control se vuelve mucho más genuino y efectivo, siendo legitimado ideológicamente por la existencia de otra figura abstracta pero real, un anónimo “sujeto supuesto de saber” (el científico, el experto).
8) Conclusiones preliminares
Liberar a la estadística de su función biopolítica es acrecentar el error de sus estimaciones y su variabilidad no explicada. El Error de la estadística es la posibilidad de resistencia. Se trata de entender que este error despliega el flujo no codificado en el sistema de registro y cuantificación. En este error la estadística tiene su punto de fuga, por tanto, la no-explicación dada por el error multiplica la posibilidad de liberarnos de sus estimaciones, de entender –por decirlo de alguna manera- el hiato entre la realidad estadística y lo Real. Desarrollar el instrumento de la estadística como máquina técnica biopolítica significa entonces que, a partir del error, debemos plantearnos el problema de las verdades estadísticas y su impacto sobre la vida humana.
Ligado a esto, las ciencias sociales no sólo debieran realizar el ejercicio de advertir cómo se distribuyen los puntos en la superficie del espacio (Durkheim, Bourdieu), sino que explicar cuáles son los intereses y objetivos sociopolíticos que delimitan y conforman tanto al marco o cuadro espacial como al tipo de relaciones y distancias entre los puntos en su interior. Se trata de ir desde el uso instrumental de la estadística a su crítica arqueológica y genealógica. Lo importante no es desarrollar una exposición de la estadística para ver “si sirve o no”, “si se equivoca o no”, etc., sino determinar a quién le sirve, de quién es instrumento o herramienta, a qué red de alianzas pertenece y en qué ley simbólica (significante-amo) se inscribe como máquina técnica de administración, establecimiento de mapas y distribución ordenada y jerárquica de los sujetos. Por eso nuestra insistencia en señalar a la estadística como un instrumento productor del espacio capitalista.
Por consiguiente, el centro de nuestro argumento ha consistido en situar a la estadística en tanto discurso. No se trata sólo de encontrar tras la estadística el sentido o intensión que constituiría su fuente, sino más bien de establecer el papel de la estadística dentro de un sistema estratégico de poder en el que ella misma cumple una función (la de mapeo). La estadística, al igual que el discurso, es atravesada de lado a lado por el poder. El poder no es, por tanto, ni fuente ni origen del discurso estadístico, sino más bien aquello que la envuelve.
Así, la estadística se revela como un elemento dentro de un dispositivo estratégico de relaciones de poder (a decir de Foucault, una “tecnología de poder”[15]). Por tanto, debemos considerar a los mapas y distribución de valores estadísticos en su espacio como una serie de acontecimientos – ¡siempre políticos!– a través de los cuales el poder se orienta, reorienta y, finalmente, se transmite. La estadística es la mira del poder espacial (no territorial), máquina técnica para visualizar panorámicamente una manipulación de los valores singulares en grandes grupos. Además, no es más que un elemento encadenado maquínicamente con otros elementos: discursos sobre los fenómenos sociales, políticos, culturales, etc., instituciones, organismos o empresas que se han encargado de él, etc. De ahí nuestra insistencia en situar a la estadística dentro de un dispositivo.
Una arqueología de la estadística implica un tipo de investigación de archivo; ejercicio de determinación de la forma cómo una serie de fenómenos se codificaron dentro de unos discursos, los cuales, a su vez, se insertan en sistemas de poder que disciplinan, controlan y estratifican nuestro comportamiento y nuestro deseo. Se exige así una serie de estudios empíricos que tengan en común un análisis de las condiciones en las que se han formado o modificado las relaciones entre la estadística y los sujetos y atributos dispuestos en los mapas. Es decir, estudios que tengan como objetivo determinar las condiciones a las cuales están sometidos los sujetos de la estadística, así como qué estatuto y posición ocupan para llegar a ser sujetos legítimos del conocimiento estadístico en tanto instrumento de mapeo y control biopolítico. No se trata de señalar cómo la estadística “oculta una verdad”, sino más bien cómo la estadística proporciona evidencias en juegos de verdad, esto es, proporciona discursos que se constituyen como el natural a priori histórico, la indesmentible verdad de toda experiencia posible.
Una genealogía de la estadística implica dar cuenta cómo el espacio –en nuestro caso, el espacio estadístico- forma parte de la historia capitalista y cómo la sociedad capitalista organiza gracias al mapeo estadístico su propio territorio e inscribe en él las relaciones de poder. En otros términos, estudiar las formas a través de las cuales se establece lo real verdadero que permite pensar y gobernar a los sujetos convertidos en objetos susceptibles de cuantificación. No se trata de interrogar los orígenes, los principios o los límites del poder, sino los procedimientos y técnicas que, como la estadística, se utilizan en diferentes contextos institucionales para actuar sobre el comportamiento de los individuos, ya sean considerados individualmente o bien, como en el caso de la estadística, en grandes agregaciones molares. Se trata de partir del supuesto de que la estadística, desde el punto de vista de la gubernamentalidad, objetiva la experiencia histórica coyuntural que permite mapear y ordenar las coordenadas para que los sujetos sean objetivados y administrados con determinados procedimientos precisos de gobierno y administración racional.
9) Bibliografía citada
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_______ “La vida: la experiencia y la ciencia”, en Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida, G. Giorgi y F. Rodríguez (comps.), Paidós, Buenos Aires, 2007b, pp.41-57.
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Zizek, Slavoj, The Matrix, o las dos Caras de la Perversión, 1999, En:
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Link:
http://paralaje.cl/index.php/paralaje/article/viewFile/37/34
“Biopolitics, Space and Statistics”
Osvaldo Blanco.
Sociólogo, Universidad Arcis, Santiago de Chile
Magíster Ciencias Sociales, Universidad de Chile
Profesor e Investigador Universidad Arcis, Sede Valparaíso.
Profesor Universidad Arcis, sede Santiago.
1) Resumen
La estadística es un instrumento de control y administración biopolítico que, a diferencia de los mecanismos panópticos y disciplinarios de ejercicio del poder (caracterizados por ser territoriales, localizables, físicos y sedentarios), constituye un nuevo tipo de formulación espacial, abstracta y no territorial, basada en el manejo de variables sobre el cuerpo y la subjetividad. Las variables son concebidas como cortes sobre la vida humana que constituyen una reterritorialización y codificación superpuesta a la vida. Sin embargo, esta última, imposible de ser representada en su complejidad y fluidez, desborda el tejido de variables y codificaciones que pretende superponérsele. Esa imposibilidad se expresaría en el “error” estadístico, un espacio de resistencia, vale decir, aquello que, perteneciente al orden de la complejidad y del flujo de la vida, no se deja reprimir por los mecanismos estadísticos de representación.
PALABRAS CLAVE: Biopolítica, Espacio estadístico, Mapa, Control, Gubernamentalidad.
KEY WORDS: Biopolitics, Statistics Space, Map, Control, Governmentality.
2) Introducción
En el presente artículo se desarrolla una problematización sobre la estadística como instrumento de control y administración biopolítica, donde ésta se presenta como un nuevo tipo de formulación espacial que supera de forma sutil e imperceptible la noción panóptica del espacio disciplinario. Mientras el control ejercido sobre el cuerpo en cárceles, escuelas y clínicas es de tipo territorial, local, físico, sedentario y con el objetivo del encierro, la estadística maneja diversas variables de nuestros cuerpos y subjetividades en un espacio abstracto y no territorial.
Las grandes bases de datos que pululan por el espacio dominado por aparatos de Estado, compañías de servicios y agencias de marketing, nos clasifican y dividen constantemente en diversos espacios, sin que nosotros lo sepamos. Esta nueva forma de vigilancia y manipulación de la vida tiene a la estadística como un instrumento para el establecimiento los cortes adecuados para la reterritorialización. Estos cortes que la estadística realiza con la vida humana le permiten construir los mapas y espacios orgánicos propios de un cuerpo social que vuelve a llenar el vacío que el desborde constante de la vida produce. Esta codificación de la estadística reterritorializa y recodifica –siempre con un error donde reside la resistencia- aquello que amenaza al socius capitalista. Esto porque nuestra sociedad codificada le teme a todo lo que desborde su cuerpo social lleno, esto es, aquél deseo que se escurre, que chorrea por los distintos poros de la tierra y que no está codificado o bien aparece como no codificable en relación a esa sociedad. Para evitar este desborde aparece la máquina técnica de la estadística. Al ser cortados y medidos en un sistema de registro, las personas/atributos pueblan un territorio-espacio estadístico, por tanto, la estadística dibuja una tierra y a sus habitantes.
3) Biopolítica, Gubernamentalidad y Estadística: el dominio del territorio por medio del mapa espacial
El mundo de la modernidad clásica, a diferencia de la postmodernidad, era sedentario y acabadamente territorial, constituido por objetos pesados, macizos, firmemente arraigados al suelo. Su más grande creación –el Estado nación – siempre se remitió a ser un ente de poder territorial, el cual se medía según la extensión de su territorio y según las adquisiciones o pérdidas territoriales. Para consolidar la soberanía sobre el territorio y la población que en él vivía, el Estado necesitó controlar la tierra misma. Es por esto que un aspecto fundamental del poder modernizador fue la guerra librada en nombre de la reorganización del espacio sobre el cual se ejercía la soberanía. Tal y como señala Bauman, “lo que estaba en juego en la batalla más importante de esa guerra era el derecho de controlar el servicio cartográfico. La esquiva finalidad de la guerra espacial moderna era la subordinación del espacio social a un solo mapa, aquél que elaboraba y sancionaba el Estado” (2006: 43). En este mundo de la modernidad clásica hay una muy fuerte correlación entre territorio y poder; la extensión del territorio se concebía como una extensión de la soberanía respecto del centro del poder que era el Estado nación[1]. Y fue una conjugación de disciplinas –en especial las artes, la cartografía y la arquitectura – lo que permite entender la lucha por el dominio del espacio que se desarrolló con la modernidad. En efecto, la perspectiva pictórica desarrollada a partir del s. XV daba por sentada la trascendente posición del “ojo” del observador impersonal, el cual ocupa una posición privilegiada para “verlo todo”. Con la perspectiva pictórica, por primera vez se asumió la idea de que “desde arriba” se puede ver todo lo que sucede “allí abajo”, en la superficie de lo social, y esto se debe fundamentalmente a la existencia de un “centro” en tanto punto de observación imparcial (Ibíd.: 39-73). Este punto de la mirada panorámica es clave para entender cómo las crisis sociales han sido contenidas a través del desarrollo de una estructura de maquinaria de poder, donde la soberanía fue la categoría central y donde el control y la cohesión de las sociedades disciplinarias se hacían al interior de determinado territorio.
Ahora bien, en este proceso de consolidación del Estado nación soberano de la modernidad clásica, el mapear espacios ha sido fundamental para la explotación y dominación social.
Para poder desarrollar nuestros argumentos a lo largo del presente escrito, proponemos hacer una diferencia entre “territorio” y “espacio”. Al primero lo definiremos físico y sedentario. Al segundo más ligado al orden de lo simbólico. Ambos apelan a una lógica “relacional”. Y, en base a esto, ambos se vinculan entre sí a partir de un plano, donde se dibuja el mapa a partir de los archivos codificados y registrados. Territorio y espacio son diferentes, pero ambos están vinculados por la noción de plano o superficie del socius. En suma, el “espacio” es el resultado del mapeo y establecimiento de un cuerpo social cohesionado a partir de la codificación de los flujos desarrollados en el territorio. Precisamente éste es uno de los problemas desarrollados por Foucault, para quien era clave entender cómo las sociedades de poder soberano y territorial se convierten en sociedades de control donde éste es mucho más abarcativo, incorporando a la estadística como una nueva tecnología de poder cuyo objeto es la “población” (Foucault, 2007a).
A partir de esto podemos decir que la gubernamentalidad se fue consolidando como estrategia de ejercicio del poder en el arte del gobierno de los pueblos en un determinado territorio mapeado. Desde un principio, la gubernamentalidad requería de mapas. Había que mapear el territorio del que se era soberano y sobre el cual se ejercía dominio, pero este mapa era un emplazamiento simbólico que representaba al territorio material.
Una vez dicho esto, sólo resta presentar a la estadística como máquina técnica de producción de mapas. Los mapas de la estadística son escrituras de enunciados en medio de relaciones de poder. Mapas confeccionados bajo objetivos de poder contingentes, pero abarcables en su conjunto.
Cuando el tema de la soberanía derivó de una justificación del poder del rey soberano y se articuló con el arte de gobernar, la estadística se vinculó a todo un conjunto de análisis y de saberes. La estadística fue el “conocimiento del Estado en sus diferentes datos, en sus diferentes dimensiones, en los diferentes factores de su potencia, y a los que se llamó precisamente la ‘estadística’ como ciencia del Estado” (Foucault, 1999a: 188)[2].
Foucault se dedicó a analizar la estadística desde el punto de vista de la gubernamentalidad y la “razón de Estado”, vale decir, la de un “gobierno racional capaz de aumentar la potencia del Estado en consonancia con el mismo”, lo que presupone la constitución de cierto tipo de saber (Foucault, 2005: 323). La gubernamentalidad utiliza a la estadística para sus objetivos de disciplinamiento y control de las poblaciones, donde el arte de “gobernar” era visto como algo imposible sin una capacidad basada en un saber potenciado por medios específicos, insertos en los dispositivos de Estado. En este contexto, la estadística es parte del saber y, como tal, se encuentra dentro del dispositivo del poder y de la razón de Estado que se nutre de ella para potenciar su fuerza. A su vez, la gubernamentalidad demuestra cómo estas relaciones de poder dan cuenta de diversas formas en que los hombres gobiernan a otros hombres, y cómo ciertas formas de gobierno de los hombres objetivan al sujeto que se pretende administrar mediante los atributos a variables de interés (el sujeto loco, el enfermo, el delincuente, el pobre, el consumidor, el votante, etc.).
Esto tiene plena vigencia hoy, donde la estadística hace que los seres existentes se organicen según espacios molares que los delimitan y los articulan en cuanto a los demás seres y a ciertos flujos de interés de poder. Es decir, la estadística mostraba (y aún lo hace) que la población tenía sus regularidades propias: un número de muertos, un número de nacimientos, un número de trabajadores, de delincuentes, de locos, etc. Ámbitos vitales como la salud, la sexualidad, la herencia biológica, la higiene, los modos de relación y conducta, se constituyeron en técnicas de individuación que constituyen a los sujetos, distribuyéndolos en los campos de lo normal y lo anormal, de la peligrosidad criminal, de la enfermedad, de la pobreza, del consumo (estudios de marketing).
Por todo esto, la estadística forma parte de una estrategia de cálculo. Esto porque, foucaultianamente hablando, las relaciones de poder son intencionales (pero no “subjetivas”), vale decir, atraviesan un conjunto de instituciones, acontecimientos políticos, prácticas y procesos económicos. Así, la estadística es parte de una red heterogénea de elementos, es parte de un “dispositivo” o, dicho con otras palabras, es un tipo especial de discurso y saber compuesto de enunciados archivables al interior de un conjunto de formaciones prácticas discursivas y no discursivas.
Este poder, más que reprimir, resulta efectivo en virtud de que se constituye como una “función vital” que cada individuo apoya y reproduce de manera activa (el tema de la “técnicas de sí” y de su vinculación con el “poder pastoral”). La propia vida es un objeto de poder, donde éste no hace sino administrar vida humana. Esta última, aquello que nuestra cultura tanto ha manipulado, pero que tan poco ha definido explícitamente como tal, en la época moderna aparece como indeterminada, pero, al mismo tiempo, fuertemente articulada y dividida a través de una serie de censuras y oposiciones. Es así como el cuerpo humano deviene en objeto político, objeto de intervención y politización. Por lo tanto, el biopoder regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulándola. Tal y como señala Agamben: “pareciera que, en nuestra cultura, la vida fuese lo que no puede ser definido, pero, precisamente por esto, lo que debe ser incesantemente articulado y dividido” (2006: 31).
En suma, toda la codificación de la estadística es directamente sobre variables relativas a diferentes aspectos de la vida de la población. Y toda la sobrecodificación estadística es un proceso llevado a cabo para la reterritorialización, gubernamentativa de la vida humana, del gobierno de las poblaciones y la fuerza de trabajo. La sociedad capitalista en constante reterritorialización usa a la estadística como intento de recapturar los procesos de desterritorialización en el orden de la producción y de las relaciones sociales (Deleuze y Guattari, 2005).
4) Espacio estadístico y espacio social: Mapa de la población.
Tal y como hemos venido diciendo, la estadística es un mecanismo de mapeo: sirve para dar la visibilidad espacial y lógica a los fenómenos que el desorden del devenir de la vida humana esconde. Es imprescindible señalar que la estadística, en contraste con el poder ejercido sobre un territorio, se practica sobre una multiplicidad en movimiento a la cual puede dividírsele indefinidamente, mostrando aquello escondido tras la masa indeterminada de un conjunto cualquiera.
En este sentido, pensamos que la estadística está íntimamente ligada al poder pastoral, esto es, al poder benevolente, la salvación del rebaño en su conjunto lograda a partir de la protección de cada oveja individual. El poder pastoral –al igual que la estadística – no se ejerce sobre un territorio: “por definición, se ejerce sobre un rebaño y, más exactamente, sobre el rebaño en su desplazamiento, el movimiento que lo hace ir de un punto a otro. El poder del pastor se ejerce esencialmente sobre una multiplicidad en movimiento” (Foucault, 2007a: 154; cursivas mías O.B.). Pero, a su vez, este poder pastoral –presente en la genealogía del poder y la moderna “razón de Estado”- se dirige a la totalidad del rebaño, cuestión que sólo puede hacerse bajo la condición de que ni una de las ovejas se escape (ídem).
Varias son las consecuencias que podríamos indicar al invocar brevemente estos puntos. Sin embargo, la que nos preocupa en este artículo tiene que ver, en un contexto muy general, con el fuerte vínculo existente entre el saber estadístico y el capitalismo o, lo que es lo mismo, con la línea de pensamiento que ha visto al origen y desarrollo del capitalismo como forma racional de organización de la actividad humana. En esta racionalización e instrumentalización de la vida social se encuentra la estadística como instrumento de control y codificación permanente. Se sigue de lo anterior el hecho que la relación entre el saber estadístico y el sistema capitalista se logra relacionando a la estadística dentro de un contexto general de gubernamentalidad, donde el sistema capitalista requiere poner en juego una serie de técnicas que permitan administrar al rebaño social, esto es, a la población.
Desde muy temprano la obra de Foucault enseña la fuerte vinculación entre la estadística y el gobierno de la población por medio del continuo ejercicio de construcción de categorías de ordenamiento y visibilidad en materias tales como el control de la salud y las enfermendades, así como de nacientes disciplinas de gobierno tales como la demografía, la pedagogía, la biología, la economía, la psicometría, la sociología, etc. Todas ello con sus problemas de aplicación práctica: los test mentales, los registros sobre las cosechas, la clasificación de estudiantes en las escuelas, los matrimonios, las tasas de crímenes o delitos, las tasas de natalidad y defunción, los números de trabajadores en la industria, etc. De esta forma, la estadística es el mapeo que se convierte en el común denominador para la traducción y transferencia discursiva de múltiples disciplinas y problemas asociados a distintas aristas implicadas en las tareas del gobierno de la población.
Se trata de una operación de producción de mapas sociales a partir de la descripción acerca de cómo se distribuyen valores agregados molarmente en función de variables de interés estratégico. Para ello, se usan distintos tipos de gráficos, tablas de frecuencia, tablas de contingencia, etc.[3]. Es decir, la estadística permite, al mismo tiempo, construir espacios estratégicos para el poder a partir de relaciones de semejanza o diferencias entre grupos y valores, así como dividir infinitamente la vida, el cuerpo, la subjetividad y la materialidad ligada a ella, distribuyendo los valores singulares en los espacios establecidos por las categorías y variables de interés[4].
Es decir, gobernar es establecer un camino, una ruta, pero también un ordenamiento de aquello que en el nivel superficial aparece como desorden. La estadística muestra entonces los elementos que el soberano debe conocer de su Estado, los fenómenos del orden que emerge de los grandes números, orden que si bien hoy no nos sorprende, antiguamente era visto como algo verdaderamente asombroso. Piénsese, por ejemplo, que en el siglo XVIII la regularidad de la proporción de nacimientos de hombres y mujeres era comprendida como una prueba de la providencia divina. Es así como resulta evidente entender porqué uno de los estadísticos más famosos de aquella época, el astrónomo belga Adolphe Quetelet, encontró en las estadísticas una estabilidad inesperada en la sociedad, mostrando que la sociedad respondía a determinadas leyes y que, por lo mismo, podía haber una ciencia de la sociedad que fuese predictiva, capaz de descubrir las causas de los problemas sociales y proveer, incluso, los instrumentos para combatirlos (Porter, op.cit).
Con el advenimiento del capitalismo y las sociedades industriales, el orden social poco a poco se fue amparando en la ciencia social, esto es, en la estadística en tanto ciencia del Estado. Esta última fue reemplazando las explicaciones religiosas que fundamentaban el orden social de las sociedades predecesoras. En efecto, el análisis científico basado en la estadística se fue convirtiendo en un mecanismo de saber-poder que permitía ordenar el confuso mundo social industrial, verificando siempre un espacio entre dos elementos como diferencia de dos lugares distintos del plano, ocupados uno por cada elemento y sólo por ellos. Es decir, el espacio social se fue concibiendo menos como cuadro vacío que por un marco determinado por el contenido de relaciones entre los puntos en su interior. Las relaciones, el eslabonamiento y la conexión de las partes se fueron constituyendo como lo más importante y definitivo del moderno concepto de espacio social (Simmel, op.cit). La sociedad debía ordenar y distribuir a los individuos, cada uno en su lugar, en función de la incipiente división social del trabajo y la estructura de clases capitalista.
Entendamos que con esta descripción estamos tratando de situar a la estadística como una disciplina que cuando describe a la “sociedad”, lo hace a partir de un proceso de positivización de un objeto de estudio que expresa el sinthome de una exclusión más profunda. La pregunta es ¿qué debe ser reprimido para que sociólogos, tecnócratas y tantos otros puedan hablar del mapa de la “sociedad”, es decir, mapa de puntos que se diferencian y alejan entre sí? En suma, ¿qué es lo que se mide y, con ello, qué se excluye? Tal y como señala Foucault: “Se puede decir que, en la tradición de la sociología europea, de la sociología digamos durkheimniana (…), preocupaban esencialmente los fenómenos positivos. Se trataba de buscar los valores reconocidos en el interior de una sociedad, de determinar de qué manera una sociedad afirmaba su propio sistema, sus propios valores, sus propias creencias. Dicho de otro modo, se buscaba esencialmente definir a una sociedad o definir una cultura por su contenido positivo, intrínseco e interior”. La nueva pregunta por lo social es, a decir de Foucault, la preocupación por el fenómeno inverso, aquella “estructura negativa de una sociedad: ¿Qué es lo que se rechaza en ella? ¿Qué se excluye? ¿Cuál es el sistema de prohibiciones? ¿Cuál es el juego de imposibilidades?” (Foucault, 1999a: 74; cursivas mías O.B.).
Todo el énfasis puesto en los números estaba puesto dentro de una campaña contra la desbordante subjetividad (Porter, op.cit)[5]. En este sentido, pensamos a la estadística como una máquina técnica que, a la vez, es máquina social o, lo que es lo mismo, máquina de mapeo poblacional donde se inscriben, incluyen y excluyen determinados fragmentos de lo social según intereses específicos[6]. Es una máquina técnica y espacial de inscripción constante y representación de la realidad, una superficie sobre la que se inscribe y representa el proceso de producción, se registran objetos, medios y fuerzas de trabajo, se distribuyen los agentes y los productos. A su vez, la especificidad de la estadística como representación, constructiva y productiva de lo real –cuestión que veremos más adelante- se debe entender concibiendo el marco epistémico mayor en que la estadística se inscribe como forma de saber. De este modo, tendremos que ver cómo “representación” y “producción” son dos momentos que en el capitalismo se encuentran unificados en la constitución del “sistema”. Dicho en otras palabras, tendremos que profundizar el fenómeno de cómo la cuantificación se convierte en uno de los mecanismos más potentes con los que los científicos sociales reconstruyen y reterritorializan el mundo[7].
5) El espacio estadístico: ¿Utopía o Heterotopía?
Antes de seguir desarrollando lo recién dicho, creemos pertinente seguir nuestra exposición profundizando algunos puntos sobre la idea de la estadística como espacio, pero ahora concentrándonos en relacionarla con la noción foucaultiana de “emplazamiento”, vale decir, un espacio que tiene características tanto de los espacios irreales (utopías) como reales (heterotopías) (Foucault, 1999a: 431-441). Siguiendo la misma idea que hemos desarrollado hasta aquí, Foucault define al emplazamiento moderno como un espacio definido a partir de las relaciones de vecindad entre diferentes puntos o elementos, pudiendo ser descrito “como series, árboles, cuadrículas” (Ibíd.: 432). Estamos en una sociedad que requiere de la localización, clasificación y circulación en un espacio de diversos elementos marcados o codificados. Sociedad tecnificada preocupada de almacenar, intercambiar y ordenar la información sobre la población, los valores, los lugares, los objetos y atributos, etc., relacionándose, a su vez, directamente con la estadística en tanto espacio de registro molar. Las nociones clásicas de cercanía, lejanía, proximidad y distribución de los objetos están en crisis; operaciones que precisamente cuantifica la estadística. De esta forma, el emplazamiento más bien se concentra en la yuxtaposición, entrecruzamiento e interrelaciones multivariadas. En suma, un espacio interior en donde habitamos y donde tiene lugar el desgaste de nuestra vida.
El problema del emplazamiento humano “no consiste sólo en saber si habrá bastante sitio para el hombre en el mundo (…), es también el problema de saber qué relaciones de vecindad, qué tipo de almacenamiento, de circulación, de localización, de clasificación de los elementos humanos se deben mantener preferentemente en tal o cual situación para alcanzar tal o cual fin” (Ibíd.: 433). Nuestro espacio, el espacio donde vivimos, no está vacío, sino de antemano cargado de cualidades potencialmente medibles, clasificables e intercambiables. Para Foucault, el espacio dentro del cual vivimos es en sí mismo un espacio heterogéneo. No vivimos en una especie de vacío, en cuyo interior sería posible acomodar individuos y cosas.
Ahora bien, existen espacios de relaciones sociales irreductibles, donde no se cruza ninguna relación social. Lugares únicos, tipos especiales de emplazamientos que tienen la propiedad de estar en relación con todos los demás, pero de tal modo que suspenden, neutralizan o invierten el conjunto de relaciones que, a través suyo, se encuentran designadas, reflejadas o pensadas (Ibíd.).
Como señala Foucault, estos espacios relacionados con todos los demás, pero que, a su vez, contradicen a todos los demás espacios, son de dos tipos: utopías y heterotopías. Las utopías son emplazamientos sin un lugar real. Son un no-lugar que mantiene con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o inversa, una visión perfeccionada de la sociedad, aunque siempre irreal. Para Foucault, en las utopías, al igual que en los espejos, nos vemos allí donde no estamos, nos situamos en un espacio irreal que se abre virtualmente y se desprende de la superficie de la realidad. Es la realidad puesta en un plano abstracto; hoja virtual para un mapa.
Pero, al igual que los espejos y los planos en general, el espacio de la estadística existe realmente. Es a partir del espejo que nosotros mismos nos descubrimos como ausentes en el mismo lugar donde nos vemos, y que gracias a este retorno nos es posible volver sobre nosotros mismos y comenzar a reconstruirnos a partir del lugar real y físico que ocupamos. Con la estadística, ocupamos un espacio, pero no “territorialmente” localizable. Por ello, la estadística puede ser vista como máquina de mapeo, la que dibuja visiones utópicas en planos, lugares y no-lugares.
Por su parte, las heterotopías son aquellos lugares reales, de múltiples planos, pluriespacial, pero en un mismo terreno, pues son efectivamente existentes en la sociedad, “(…) utopías efectivamente realizadas en las que los emplazamientos reales, todos los demás emplazamientos reales que es posible encontrar en el interior de la cultura, están a la vez representados, impugnados e invertidos” (Ibíd.: 434 - 435).
Así como decimos que la estadística tiene elementos de las utopías (un lugar donde nos vemos a nosotros mismos de forma idealizada o no real), también tiene, como los espejos, características heterotópicas. La estadística, sin llegar a compartir la cualidad de ser un espacio real –un “territorio”, tal y como aquí lo hemos estado definiendo– comparte varias características con las heterotopías.
Rescatamos esencialmente 3 características de las heterotopías que también posee la estadística: a) la relación con el espacio: representar a los elementos de la realidad social en un mismo lugar, “yuxtaponer en un solo lugar real varios espacios”, cuando en la realidad social son elementos que no necesariamente están agrupados en vecindades colindantes; b) la relación con el tiempo: una heterotopía, al igual que reúne en un mismo lugar elementos que en la realidad social están territorialmente distantes, es capaz de emplazar en un mismo mapa acontecimientos de tiempos diferentes; c) la relación de la estadística con lo que más adelante desarrollaremos como las contraseñas, donde los sujetos pertenecen a grupos sólo a partir de cumplir con ciertos ritos, permisos y procedimientos.
Algunos elementos de la primera característica los hemos desarrollado en los acápites anteriores, quedándonos por desarrollar una crítica a las dos restantes, cuestión que abordaremos a continuación.
6) De la imposibilidad fotográfica del Tiempo: la Estadística como máquina social estática
La realidad del tiempo no ha sido aún observada por la técnica, pero al fin será ‘descubierta’ naturalmente también y se les vendrá a las manos a los laboriosos ingenieros. Se descubrirá acaso ya muy pronto, que no sólo nos rodean constantemente las imágenes y sucesos actuales del momento (…), sino que todo lo que alguna vez haya existido quedará de igual modo registrado por completo (…) Todo esto, sólo servirá al hombre para huir de sí mismo y de su fin y para revertirse de una red cada vez más espesa de distracciones y de inútil estar ocupado.
Herman Hesse, El Lobo Estepario (Sólo para locos).
El anclaje espacial es una forma política-económica que debe estudiarse detalladamente, pues nuestras sociedades predeterminan una historia que lo remodela y, a la vez, se sedimenta en él. No sólo es imposible la vida sin espacio, sino que también es insostenible la administración de la misma sin una superficie donde hacer circular, separar, cortar y ordenar los elementos humanos.
Ahora bien, creemos que es importante señalar que la estadística es un “espacio” y no un “territorio”, tal y como lo definimos anteriormente. Pero, a su vez, el mapa estadístico es lo mismo que un espejo: proyección en un no-lugar, al mismo tiempo real e irreal, utópico y heterotópico. El hecho de ser real e irreal al mismo tiempo se explica porque, lejos de ser una mera representación de la realidad humana sin ejercer consecuencias sobre ella, la estadística ejerce un poder material y efectivo sobre la vida y, sin embargo, es un emplazamiento deformado y ficticio.
Aparece aquí un problema técnico-político: la estadística no es la descripción acabada de un estado de hecho, pues siempre asume su error[8]. Este error (que podríamos considerar análogo a la resistencia foucaultiana) no sólo se puede referir a aquello que la estadística no logra explicar, sino también aquello que permite hacer visible y enunciar lo que en él se esconde.
Una de las cuestiones fundamentales que este error no explica, y que a continuación desarrollaremos, es el problema de la medición del tiempo social. En efecto, sostenemos que el factor tiempo es parte del real-imposible de la estadística, porque ésta simplemente captura un momento y con ello estima a todos los otros tiempos sociales posibles.
Recién mencionamos que los espacios heterotópicos, entre otras características, funcionan mediante una ruptura con el tiempo tradicional de los hombres (principio de la heterocronía). Si pensamos a la estadística como un espacio heterotópico, la veremos como un espacio inmóvil como un cementerio, una fotografía de la realidad, pero que dispone en un mismo lugar acontecimientos codificados provenientes de tiempos diferentes[9].
Nosotros queremos señalar en este punto que el movimiento o densidad del tiempo es fuente de error para la estadística debido a que la variación misma de las variables que mide tiende a infinitas dimensiones cambiantes según la arritmia del tiempo. Dicho en otras palabras, el tiempo tiene densidad y arritmias que son históricas y sociales[10]. Debe quedar explícito entonces el uso de la estadística como máquina fotográfica y de mapeo, pues no “filma” ni “graba” el devenir del acontecimiento, sino que lo captura de forma parcial y en este ejercicio produce un error de estimación. La estadística es un simple calco congelado donde habita el error al hablar del devenir, fallando respecto de la desterritorialización ocurrida en el trascurso de los ritmos coyunturales del tiempo, pero que es usada para la reterritorialización que permite a los técnicos sociales hablar de “sociedad” en los “tiempos largos” estáticos y estructurales.
De este modo, un error nos persigue. Variación no explicada, error de muestreo, no cuantificados estadísticamente. Y, no obstante, este error es un elemento fundamental para nosotros como especie. Como señala Foucault, el error “(…) constituye no el olvido o la postergación de una realización prometida, sino una dimensión propia de la vida de los hombres, indispensable para la temporalidad de la especie” (Foucault, 2007b: 56). Agradecidos estamos entonces de los errores de las estimaciones estadísticas, de las varianzas no explicadas, de los errores de muestreo, pues aún no nos encontramos aún en la situación que describe Herman Hesse en “El lobo estepario”, para quien, algún día, habrán máquinas técnicas que capturarán no sólo fragmentos congelados del acontecer, sino que lograrán capturar todo lo que acontece. Pese al augurio de Hesse, por ahora el espacio estadístico emplaza artificialmente en un mismo espacio molar y estático diversos momentos del tiempo.
En suma, la función de la fotografía estadística es la de reterritorializar lo desterritorializado, resistir los movimientos, los flujos y la velocidad usando su inmovilidad y fijando todo movimiento al mapa espacial. Desde la estadística, la “sociedad” se entiende entonces como un socius de inscripción, donde lo esencial radica en marcar o ser marcado y, por tanto, más que la circulación desterritorializante de mercancías, personas, atributos o dinero, al poder le importará codificar y recodificar toda circulación de estas cosas al interior del mapa y del territorio. Así, la estadística se vuelve perfectamente compatible con la tarea de extraer, cortar y codificar estos flujos, repartiendo las partes en sus posiciones, en sus lugares sociales y funcionalmente asignados. Por ello que los enunciados de la estadística son agenciamientos maquínicos, puesto que son parte de un sistema de agentes políticos de enunciación que los hace posibles. La estadística se vuelve así en un instrumento perfecto de codificación para poder hablar de una “sociedad” con sus recurrencias y constancias. Sin embargo, si se miran las cosas con profundidad, se trata de una máquina de mapeo fotográfico inherentemente determinada por la imposibilidad de poder seguir el flujo y la circulación, siendo restringida al simple ejercicio de marcar o capturar cierto momento del tiempo.
7) La ley y los divisibles sujetos estadísticos
El mundo posmoderno se caracteriza por las simulaciones, proceso que lleva a la creación de simulacros o reproducciones de objetos o eventos, resultando cada vez más difícil la identificación de lo real en este mundo de cosas que simulan a la realidad (Baudrillard, 1978)[11] ¿Es la estadística algo más real que lo real? Nuestro propósito es desmontar esta realidad en toda su radical falta de contundencia; el pensamiento posmoderno de Baudrillard, como todo posmodernismo, desestima las verdades universales, pero inmediatamente ha puesto en el plano de la verdad al simulacro. Usamos entonces a Foucault para desmontar la hiperrealidad del mapa estadístico.
El pensamiento de Foucault aplicado a la máquina técnica estadística nos permite entender que el mapeo estadístico, más que encerrarse en la verdad del mundo real, se arraiga profundamente en los errores de la vida. El saber que representa y produce al sujeto debe estudiarse como modo de objetivación por parte de las relaciones de poder, obligándonos a estudiar los procedimientos y técnicas que se utilizan en distintos contextos institucionales de actuación sobre el comportamiento de los individuos aislados o agrupados con el fin de dirigir y administrar la forma de conducirse. En suma, las formas diversas de gobierno son determinantes en los diferentes modos de objetivación del sujeto, donde la estadística cumple una función particular que aquí nos importa: la del mapeo o, lo que es lo mismo, la de distribución de los valores en un plano común donde poder “verlo todo”.
Desde el enfoque genealógico de inscribir al saber estadístico dentro de relaciones de poder que lo hacen posible, entendemos a la estadística como máquina técnica clave para la consolidación de lo que Foucault denomina “poder pastoral“. Este tipo de poder, diferente al socius territorial y al socius despótico (así también no reducible al campo religioso desde donde nace), es clave para la consolidación del capitalismo en su actual versión individualista y hedonista. No es un poder que atiende solamente a la comunidad en su globalidad, sino que a cada individuo en particular, durante su vida entera. Por lo tanto, esta forma de poder no puede ser ejercida sin conocer la mente y el más mínimo secreto de la conciencia. Es, por lo tanto, un poder individualizante, coextensivo y continuo a la vida misma, ligado fuertemente a la producción de la verdad, pero la verdad del individuo en sí mismo. Foucault mismo lo dice explícitamente: “(…) a partir del siglo XVIII, tanto las sociedades capitalistas e industriales, como las formas modernas de Estado que las acompañaron y sustentaron, necesitaron procedimientos, mecanismos, esencialmente procedimientos de individualización que habían sido puestos en práctica por la pastoría religiosa” (Foucault, 1999a: 126).
Más que señalar la idea común de que el Estado y la sociedad moderna ignoran al individuo sorprende que es todo lo contrario: el Estado dedica atención constante hacia los individuos (Foucault, op.cit). Y, precisamente, la estadística es parte de las técnicas puestas en marcha para que ningún individuo se escape de ninguna forma posible del poder, ni a la vigilancia, ni al control, ni al saber, ni al adiestramiento, ni a la corrección. La estadística pone en marcha una máquina cuantitativa de medición de los efectos de grandes muestras de datos que expresan los comportamientos individuales. De esta manera, la inclusión y exclusión de los individuos en los distintos mapas, la fragmentación del cuerpo individual en objetos parciales o variables de interés hacen que el individuo sea producto de un ejercicio de constante “dividualización”. La dividualización de los sujetos va más allá de su propia percepción de ser constantemente divididos: “El espacio de nuestras percepciones (…) es finito y varía de individuo a individuo con el orden de complejidad de sus percepciones. Precisamente por lo mismo que es tan grande como nuestra percepción de los fenómenos es también tan pequeño como ella, por lo cual comprenderemos que no pude ser ‘infinitamente divisible’. El límite de su divisibilidad está en el límite de nuestro poder de percibir cosas aparte” (Pearson, op.cit: 169). Podemos agrupar cosas o personas en grupos cada vez más pequeños de impresiones sensibles, pero, en última instancia, llegaremos a un límite en el cual la impresión sensible cesa (ídem). Ya mencionamos que Pearson desarrolla este problema anunciando que el espacio geométrico no pertenece al plano de la percepción (lo real), sino al de la “concepción” (lo ideal)[12]. De esta forma, podemos decir que la estadística es un espacio no perceptible, pues es un espacio de concepción, abstracto, un espacio ideal que puede, a diferencia del espacio sensible de la percepción, ser infinitamente dividido. Los habitantes de esta tierra son constantemente codificados y, por lo mismo, divididos.
Ahora bien, el lenguaje numérico del control está hecho de cifras que marcan el acceso o el rechazo, “convirtiendo a los individuos en ‘dividuos’ y las masas o grandes grupos en muestras, mercados o bancos” (Deleuze, 2005a: 118). Por lo mismo, más que hacer caso a la idea de que “sólo somos un simple número para el sistema”, la estadística nos muestra cómo, en realidad, se cruzan por nuestro cuerpo dividido distintos números, esto es, verdaderas “contraseñas” que nos permiten entrar a unos grupos y espacios, así como ser excluidos de otros. Esto implica que este tipo de sociedades de emplazamientos espaciales nos obligan a lógicas fuertemente paranoicas: el panoptismo disciplinario y territorial se reemplaza por un control espacial, no ligado a territorio material alguno. Vivimos un panoptismo virtual, espacial, no territorial, donde nadie sabe con certeza si es vigilado o no.
Con la globalización y el avance informático y de procesamiento de datos esto ha llegado aún más lejos. Las grandes bases de datos pululan por el espacio dominado por aparatos de Estado, compañías de servicios y agencias de marketing, quienes nos clasifican y dividen constantemente en diversos espacios, sin que nosotros lo sepamos. La estadística será parte de un mecanismo de control que constantemente señalará la posición de un elemento en un lugar abierto o, al menos, ya no estrechamente encerrado como los territorios del taller, la fábrica, la prisión o la clínica[13].
La resistencia a ello creemos encontrarla en el error de las estimaciones estadísticas que ya analizamos en al acápite anterior. Podemos decir que realizar una crítica a la estadística implica rescatar el error que ésta calcula, entendiéndolo como un espacio Real-imposible de cálculo y código, es decir, de imposible mapeo. En el acápite anterior desarrollamos esta idea a partir del tiempo y, ahora, lo haremos desde otro punto de vista: el de la producción [ideológica] de individuos.
Aquí es importante señalar que el capitalismo es el único socius o máquina territorial donde la representación es inmediatamente producción o, en otras palabras, el capitalismo es el socius donde no hay separación entre “representación” y “producción” (Deleuze y Guattari, op.cit). Si en las sociedades precapitalistas la reproducción de la estructura económico-social está determinada en gran medida por las condiciones en las que se efectúa la reproducción física del grupo humano, con el capitalismo “la representación ya no se relaciona con un objeto distinto, sino con la actividad productora misma” (Ibíd.: 271). Es lo mismo cuando señalábamos que la estadística es un espacio no real, pero que, lejos de solamente representar, produce consecuencias materiales en nuestra vida.
Se representa lo que se produce: el capitalismo como socius, con un significante-amo despótico. La estructura inamovible surge formando planos de consciencia o de estructuración, líneas de selección que corresponden a los grandes conjuntos estadísticos o formaciones molares, los cuales determinan enlaces y vuelcan la producción en la representación. Es decir, los signos dejan de chorrear en múltiples direcciones, volviéndose ellos mismos significantes bajo la acción de un símbolo despótico, un significante-amo, que los totaliza en nombre de su propia presencia o de su asusencia (Deleuze, 2005b). La representación –entiéndase por ello a “figuras” tales como la fuerza de trabajo, el capital, el capital variable y el capital constante, etc.- se vuelven cantidades abstractas que encuentra en los hombres mismos la materia prima con la cual el sistema capitalista se reproduce de forma absolutamente separada de la reproducción humana[14]. Esto mismo sucede con otros fenómenos más vulgares: piénsese en el simple acto de estudios de mercado sobre la predisposición a consumir determinado producto o la satisfacción del cliente con determinado servicio (“hay 60% de clientes conformes”, “un 42% de personas votarían por el candidato”, etc.). Las variables que se estudian son cantidades abstractas que dan vida al fenómeno, cuestión absolutamente separable de la vida humana.
Pero el fenómeno abstracto cobra vida material toda vez que es sometido a la función significante de objetivos estratégicos. Volviendo al caso del capitalismo, el capitalista, en tanto función derivada del capital y el trabajador, como función derivada de la fuerza de trabajo, dejan de ser meras y simples representaciones teóricas o metafóricas, en virtud de que el sistema económico mismo se reproduce a fuerza de nutrirse de los hombres individuales. “El capitalismo llena así con imágenes su campo de inmanencia” (Deleuze y Guattari, op.cit: 272; cursivas mías O.B.).
Por esto, tal y como lo decíamos al hablar del error de sus estimaciones, la estadística, al ser máquina técnica de mapas y fotografías, representa al mundo humano, pero es productora del mundo capitalista real. Los individuos no somos más que insumos, donde lo que se produce y reproduce no somos nosotros, las multiplicidades de la especie humana, sino más bien el capitalismo mismo bajo figuras metafóricas binarias (capitalista/no capitalista, sano/enfermo, vota/no vota, etc.).
Cuando Foucault señala el giro desde una concepción del poder ya no como represor, sino como productor, está también hablando del proceso de constitución de un individuo correspondiente a este tipo de dispositivos (Foucault, 1999b). Desde nuestra perspectiva, la estadística ha podido pasar del régimen disciplinario hasta el de control con la condición de afectar directamente al individuo, representándolo en mapas a fin de reproducir el socius capitalista. La estadística, en tanto instrumento inserto en los dispositivos capilarmente difuminados, no es una operación de representación, pues sus mapas y espacios son una operación de producción molar específica: la de la sociedad capitalista. La estadística es entonces una representación determinada por un significante-amo eminentemente productor y el espacio que ella construye lo hace en torno a un dispositivo que, como tal, administra el caos por medio de la represión en torno a esta ley, este significante-amo y despótico, un objetivo de control y administración del poder.
Por esto, el análisis de la estadística como instrumento biopolítico tiene que ver con determinar el uso de la estadística al interior de un dispositivo disciplinario y de control, esto es, del uso que el poder hace de la estadística para hablar de un confortable territorio que permita hablar de “sociedad”. La doble función de la estadística es ser el arte de construcción de nuevos espacios y territorios, así como también ser un instrumento de codificación, de corte de flujos existentes y establecimiento de nuevas cadenas, nuevas relaciones, ya no para representar nuestro mundo humano, sino para reproducir el sistema social capitalista.
Así, el individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción del poder. Tal y como señala Foucault: “El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación ideológica de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder (…)” (Ibíd.: 119). De esta manera, cabe preguntarse lo siguiente: ¿no será que, a través de la estadística, se crean representaciones, nuevas relaciones artificiales entre elementos dividuales, nuevas realidades, que en la “realidad humana” no las encontrábamos?
Lo representado es producción simbólica, un teatro con personajes y guiones performativamente establecidos. La dicotomía producción / representación propia de los socius precapitalistas se vuelve una sola unidad con el capitalismo. La representación en tanto ejercicio supuestamente realizado por la estadística, se convierte en su propia lógica reproductiva. Por tanto, la estadística, al tiempo que “representa” a la realidad humana, “produce” simulacros de humanos, grandes agregaciones molares en beneficio de la producción y reproducción capitalista. Siguiendo a Foucault, sabemos que el poder es productor de “rituales de verdad”. Pero nótese que siempre es una producción y uso sobre figuras abstractas con sus respectivos roles performativos: la “población”, el “mercado”, la “fuerza de trabajo”, etc. Con el capitalismo, la diferencia entre producción y representación no es una dicotomía cerrada, sino más bien la representación es producción de una realidad no Real. Obviamente, el individuo producido por la estadística es un remedo del sujeto realmente existente.
Con todo lo hasta aquí señalado, podemos decir que la estadística se hace presente en la máquina social capitalista bajo fórmulas burócratas y técnicas fetiches que pocos comprenden realmente, pero que son incorporados al sentido común de todos como metáforas imponentes, incontestables y plenas de verdad. El uso de la estadística es síntoma inequívoco de la metáfora del desarraigo existente entre el discurso científico y el sentido común. La estadística, el lenguaje objetivo “de quien sabe”, es manejada por expertos y científicos que ya no pueden traducirla al lenguaje común, ni pueden volverla accesible a todos. Tanto en ciencias naturales como sociales, el dialecto del experto “se presenta como un conocimiento objetivo con el que no se puede realmente discrepar, y que no se puede traducir en términos de nuestra experiencia normal” (Zizek, 1999). Esta distancia entre el conocimiento científico y el sentido común no se puede rellenar, pues precisamente esta distancia infranqueable es la que posibilita a los científicos y expertos a la categoría de figuras de culto, sujetos supuestos de saber. Manteniendo esta distancia, el control se vuelve mucho más genuino y efectivo, siendo legitimado ideológicamente por la existencia de otra figura abstracta pero real, un anónimo “sujeto supuesto de saber” (el científico, el experto).
8) Conclusiones preliminares
Liberar a la estadística de su función biopolítica es acrecentar el error de sus estimaciones y su variabilidad no explicada. El Error de la estadística es la posibilidad de resistencia. Se trata de entender que este error despliega el flujo no codificado en el sistema de registro y cuantificación. En este error la estadística tiene su punto de fuga, por tanto, la no-explicación dada por el error multiplica la posibilidad de liberarnos de sus estimaciones, de entender –por decirlo de alguna manera- el hiato entre la realidad estadística y lo Real. Desarrollar el instrumento de la estadística como máquina técnica biopolítica significa entonces que, a partir del error, debemos plantearnos el problema de las verdades estadísticas y su impacto sobre la vida humana.
Ligado a esto, las ciencias sociales no sólo debieran realizar el ejercicio de advertir cómo se distribuyen los puntos en la superficie del espacio (Durkheim, Bourdieu), sino que explicar cuáles son los intereses y objetivos sociopolíticos que delimitan y conforman tanto al marco o cuadro espacial como al tipo de relaciones y distancias entre los puntos en su interior. Se trata de ir desde el uso instrumental de la estadística a su crítica arqueológica y genealógica. Lo importante no es desarrollar una exposición de la estadística para ver “si sirve o no”, “si se equivoca o no”, etc., sino determinar a quién le sirve, de quién es instrumento o herramienta, a qué red de alianzas pertenece y en qué ley simbólica (significante-amo) se inscribe como máquina técnica de administración, establecimiento de mapas y distribución ordenada y jerárquica de los sujetos. Por eso nuestra insistencia en señalar a la estadística como un instrumento productor del espacio capitalista.
Por consiguiente, el centro de nuestro argumento ha consistido en situar a la estadística en tanto discurso. No se trata sólo de encontrar tras la estadística el sentido o intensión que constituiría su fuente, sino más bien de establecer el papel de la estadística dentro de un sistema estratégico de poder en el que ella misma cumple una función (la de mapeo). La estadística, al igual que el discurso, es atravesada de lado a lado por el poder. El poder no es, por tanto, ni fuente ni origen del discurso estadístico, sino más bien aquello que la envuelve.
Así, la estadística se revela como un elemento dentro de un dispositivo estratégico de relaciones de poder (a decir de Foucault, una “tecnología de poder”[15]). Por tanto, debemos considerar a los mapas y distribución de valores estadísticos en su espacio como una serie de acontecimientos – ¡siempre políticos!– a través de los cuales el poder se orienta, reorienta y, finalmente, se transmite. La estadística es la mira del poder espacial (no territorial), máquina técnica para visualizar panorámicamente una manipulación de los valores singulares en grandes grupos. Además, no es más que un elemento encadenado maquínicamente con otros elementos: discursos sobre los fenómenos sociales, políticos, culturales, etc., instituciones, organismos o empresas que se han encargado de él, etc. De ahí nuestra insistencia en situar a la estadística dentro de un dispositivo.
Una arqueología de la estadística implica un tipo de investigación de archivo; ejercicio de determinación de la forma cómo una serie de fenómenos se codificaron dentro de unos discursos, los cuales, a su vez, se insertan en sistemas de poder que disciplinan, controlan y estratifican nuestro comportamiento y nuestro deseo. Se exige así una serie de estudios empíricos que tengan en común un análisis de las condiciones en las que se han formado o modificado las relaciones entre la estadística y los sujetos y atributos dispuestos en los mapas. Es decir, estudios que tengan como objetivo determinar las condiciones a las cuales están sometidos los sujetos de la estadística, así como qué estatuto y posición ocupan para llegar a ser sujetos legítimos del conocimiento estadístico en tanto instrumento de mapeo y control biopolítico. No se trata de señalar cómo la estadística “oculta una verdad”, sino más bien cómo la estadística proporciona evidencias en juegos de verdad, esto es, proporciona discursos que se constituyen como el natural a priori histórico, la indesmentible verdad de toda experiencia posible.
Una genealogía de la estadística implica dar cuenta cómo el espacio –en nuestro caso, el espacio estadístico- forma parte de la historia capitalista y cómo la sociedad capitalista organiza gracias al mapeo estadístico su propio territorio e inscribe en él las relaciones de poder. En otros términos, estudiar las formas a través de las cuales se establece lo real verdadero que permite pensar y gobernar a los sujetos convertidos en objetos susceptibles de cuantificación. No se trata de interrogar los orígenes, los principios o los límites del poder, sino los procedimientos y técnicas que, como la estadística, se utilizan en diferentes contextos institucionales para actuar sobre el comportamiento de los individuos, ya sean considerados individualmente o bien, como en el caso de la estadística, en grandes agregaciones molares. Se trata de partir del supuesto de que la estadística, desde el punto de vista de la gubernamentalidad, objetiva la experiencia histórica coyuntural que permite mapear y ordenar las coordenadas para que los sujetos sean objetivados y administrados con determinados procedimientos precisos de gobierno y administración racional.
9) Bibliografía citada
Agamben, Giorgio, Lo abierto, Ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006, p. 31
Bauman, Zygmunt, La globalización. Consecuencias humanas, FCE, Buenos Aires, 2006
Baudrillard, Jean, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1978.
Deleuze, Gilles, “Post-data sobre las sociedades de control”, en El lenguaje libertario. Antología del pensamiento anarquista contemporáneo, C. Ferrer (comp.), Utopía Libertaria, La Plata, 2005a, pp.115-121, En:
http://www.quijotelibros.com.ar/anarres/EL_LENGUAJE_LIBERTARIO.pdf Fecha de consulta: 15 de Noviembre de 2008.
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_______ y Félix Guattari, El AntiEdipo. Capitalismo y esquizofrenia, Paidós, Buenos Aires, 2005.
Foucault, Michel, Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales, Vol. III, Paidós, Barcelona, 1999a.
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_______ Seguridad, territorio, población, FCE, Buenos Aires, 2007a.
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Simmel, George, “El espacio y la sociedad”, en Sociología, Tomo II, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1939, pp. 207-216.
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10) Notas
[1] Las formaciones de vida social debieron contar con ciertas cualidades fundamentales del espacio, siendo el caso más paradigmático el Estado. Éste era visto como la forma de asociación que lo comprendía todo, única, por tanto, en su género, al menos en lo que respecta a su carácter espacial (Simmel, 1939).
[2] Dos artículos compilados en Dits et écrits, Vol. III, son fundamentales. Uno es “La gubernamentalidad” y el otro “El nacimiento de la biopolítica” (Foucault, 1999a: 175-198; 209-216). En ambos la estadística ocupa un papel primordial y no está demás decir que son inspiradores del presente texto.
[3] En el nivel más elemental, la estadística significa trabajar con agregados o colecciones, con fenómenos de masas, dejando aparte las consideraciones sobre los individuos. Por tanto, estaba unida al nuevo discurso colectivista sobre la “sociedad” que se desarrolla en los comienzos del siglo XIX como una primera versión de la “ciencia social” (Porter, s/f). Cabría escribir otro artículo para demostrar cómo se articuló la práctica estadística y sus conceptos de “promedio”, “desviación típica” y “distribución normal” de Gauss con la incipiente noción de “ciudadano”. Una vez que la ciudadanía hizo formalmente iguales a todos los individuos, se pudo cuantificar sus características (variables) en busca de valores promedios, esto es, en busca de poder promedias o “modelizar” a los individuos, pudiendo simplificar y resumir diferentes características de la población. Al respecto, véase el artículo de Sánchez Carrión (2000).
[4] Karl Pearson –uno de los padres de la estadística moderna (creador, ni más ni menos, de los coeficientes de correlación r y chi-cuadrado)– escribió: “podemos dividir un pedazo de papel en fragmentos cada vez más diminutos; pero, últimamente, cesan de ser sensibles aun con ayuda de nuestro más poderosos microscopios. Podemos, pues, alcanzar un límite a nuestro modo de percibir distinto –o sea, usando el lenguaje ordinario, a la divisibilidad del espacio. Es posible que concibamos divisiones más pequeñas; pero, al concebirlas, pasamos de la esfera de lo real a la de lo ideal –del espacio de la percepción al de la geometría” (Pearson, 1909: 169).
[5] Quetelet era un obstinado ordenador de la sociedad de su tiempo, marcada principalmente por los acontecimientos revolucionarios de su época, especialmente los de 1830. Así, encontraba en la estadística el satisfactorio consuelo de un orden que no se observaba en la superficie de la sociedad, creyendo posible establecer leyes y predicciones confiables que ayudaran a prevenir el desgobierno social.
[6] Esta inclusión y exclusión es producto de una incesante operación de “contraseñas” que dividen infinitamente cuerpos y subjetividades. Veremos esto en el acápite 7.
[7] Existen varios ejemplos al respecto. Pensemos cómo las prácticas de los sondeos electorales han cambiado las elecciones y además han transformado la política. Ted Porter alude a la forma cómo las cifras económicas son elaboradas y utilizadas por parte de los gobiernos bajo sus propios intereses. “Pensemos en la clasificación de la gente según criterios de raza, etnia, ocupación, riqueza, religión. En los Estados Unidos la categoría de ‘hispánico’ une inmigrantes de México con gente cuyos antecesores vinieron de España, Brasil, Argentina o Bolivia. Esta categoría fue el triunfo de una idea política no bien recibida por toda la gente a la que intenta describir. Pero ahora podemos conocer (de los votos e informes que asumen la validez de esa categoría) cómo votan los hispánicos, qué comen, cómo visten, cuando se casan y cómo mueren” (ídem).
[8] En efecto, la estadística es consciente de los errores de sus estimaciones, explicaciones, predicciones y regresiones. Convencionalmente se dice, por ejemplo, que se trabaja con un 95% de confianza. Este nivel de confianza, aparte del hecho obvio de no ser certeza absoluta, es la confianza de una estimación hecha a partir de una fotografía en un momento específico de tiempo, único e irrepetible (evento de un experimento aleatorio). Otro ejemplo: en las diversas familias de análisis basados en la descomposición de la varianza (los distintos tipos de Anova, los modelos factoriales, etc.), se habla que hay una variación total que es la suma de la variación explicada e inexplicada, es decir, de lo explicado por el o los factores más una cuota de error. La mejor solución en estos casos es reducir el error, aunque eliminarlo por completo es sencillamente imposible pues implica decir que el fenómeno que se cuantifica se explica íntegramente a partir de las variables o factores incorporados en el modelo, reduciendo la complejidad multivariada de los fenómenos que la estadística intenta cuantificar.
[9] Se puede contrargumentar esto diciendo que los estudios longitudinales (de cohortes, de panel, de tendencia) toman al tiempo como factor explicativo en el cambio de la propensión de los datos. Sin embargo, para nosotros se trata más bien de una superposición fotográfica, perdiéndose de vista los sucesos que ocurren “entre medio”.
[10] Pensadores tan disímiles como Gramsci o Braudel siguen una distinción entre lo que denominaremos “tiempo largo” y “tiempo corto” (o coyuntura), esto es, la diferenciación del tiempo social a partir de su dilatación o bien su condensación. Por “tiempo largo” se entiende aquél tiempo donde las estructuras tienden a prevalecer sobre los sujetos, fijando un cierto espacio de acción social fuertemente estable, una realidad que el tiempo tarda enormemente en desgastar y trasplantar. Muy distinto es el caso en los momentos de “tiempo corto”, caracterizados por su alta densificación temporal o “coyunturas”, entendidas como los tiempos sociales de alto grado de revuelta y desobediencia social, acompañada de una posibilidad concreta para la aparición de los sujetos. Esta distinción entre “tiempo largo” y “tiempo corto” resulta fundamental para nosotros pues situamos a la estadística como un instrumento biopolítico del lado del “tiempo largo”. El acontecer del “tiempo corto” es para la estadística fuente de error, vale decir, el tiempo coyuntural es un real-imposible.
[11] “Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal” (Baudrillard, op.cit: 5).
[12] Cf. nota 4.
[13] Tal y como señala Deleuze: “Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (…) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal” (Deleuze, op.cit: 120).
[14] Confiérase el análisis de la familia edípica que hacen Deleuze y Guattari para las sociedades capitalistas (op.cit: 270-278). La familia es puesta “fuera” del campo social, pues esta operación permite que el campo social se pueda “aplicar” a la familia. Es decir, las personas son, antes que nada, personas sociales, personas derivadas de las metáforas abstractas del capitalismo. Padre, madre e hijo, se convierten en el simulacro de las imágenes del capital (“El señor Capital, La señora Tierra y su hijo, el Trabajador”).
[15] Foucault, 2007a.
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