sábado, 26 de abril de 2014

Radiografía básica del capitalismo financiero

Radiografía básica del capitalismo financiero
Por Osvaldo Blanco



Estado, capitalismo productivo y capitalismo especulativo

En el capitalismo premonopolista que se desarrolló con anterioridad al s. XX se distinguían tres procesos: a) el proceso productivo (capital productivo); b) el proceso de circulación (capital mercantil); c) el proceso de realización de la producción (capital interés o bancario). Marx dio cuenta cómo los dos últimos tipos obtenían beneficios de la plusvalía extraída de los trabajadores en el proceso productivo.

Ya hacia fines del s. XIX y comienzos del s. XX se desarrolla el capitalismo de tipo monopólico a nivel planetario, sistema donde el control de la oferta es ejercido por una sola empresa o un grupo reducido de grandes empresas transnacionales. Esto consolida dos hechos claves: 1) la aparición del capital financiero; 2) la desaparición de la competencia entre múltiples facciones de la burguesía como mecanismo regulador del mercado, comenzando a consolidarse una competencia a nivel mundial entre grandes oligopolios, lo que da forma a un sistema caracterizado por el control de la oferta por parte de uno o muy pocos vendedores. Este proceso de constitución del capital monopolista da como resultado la concentración y acumulación del capital, dando forma a oligopolios y monopolios cuya base financiera se consolida desde finales del s. XIX y principios del s. XX con la fusión del capital industrial y el capital bancario.

Este proceso que se fragua a lo largo del s. XX tiene un punto crítico en la década de los ´70. A partir de esta época se acrecienta la crisis inflacionaria dada por el aumento del precio del petróleo. La prioridad de la política económica ya no será mantener a un nivel bajo las tasas de desempleo, sino minimizar la tasa de inflación. Dicha crisis no tuvo características de una crisis de mercado, sino una crisis del gasto público, por tanto, existieron restricciones e intervenciones directas del Estado en infraestructuras, políticas de salarios, regulación del mercado y del trabajo.

¿Por qué se trata de una crisis que tuvo como efecto principal el gasto público? En primer lugar, la crisis del petróleo que se origina en esta década significó una restricción del proceso de industrialización en la medida en que significó el fin de la era del combustible y energía barata. Los países industriales optaron por limitar la compra a países productores de crudo,  debiendo recortarse la producción ante la merma del Estado. Ello significó el fin de la hegemonía del capitalismo industrial y del trabajo salariado como eje de cohesión social. Uno de sus hitos más fundamentales se da en 1971, momento en el cual el presidente de los EE.UU., Richard Nixon, suspende la convertibilidad del dólar en oro, generando que la mayoría de las monedas pasaran a flotación libre, dejando atrás la restricción de los cambios fijos.  

Producto de esto, comenzaron a generarse grandes masas de dineros o capitales ociosos (incluidos petrodólares) que no fueron invertidos productivamente, vale decir, no fueron invertidos en el capital productivo. Por tanto, el papel tradicional de las finanzas como agente interventor en el proceso de producción y del consumo (a partir de créditos, préstamos, etc.) va siendo desplazado por un nuevo papel: el del capitalismo financiero en tanto productor de beneficios sin participación del proceso productivo.

Este hecho socavó las bases del sistema keynesiano de “regulación” de la economía internacional, cuyo fin original había sido impedir que se repitiera la crisis financiera de 1929. En pocas palabras, una vez superado el acuerdo original de Bretton Woods, había mucho dinero y grandes posibilidades de movilizarlo a través de las fronteras. Uno de sus principales destinos fue América Latina y el Caribe, generando un descomunal crecimiento de la deuda externa privada y pública de los países de la región. De esta manera, el abandono del patrón-oro es crucial para el proceso de financiarización de la economía, pues libera a la economía internacional por fuera de las instancias internacionales de regulación. Junto a ello, aumentaron los préstamos internacionales a gobiernos (y empresarios), aumentando así la deuda pública.

Las consecuencias del paso de un régimen basado en el capital productivo a otro basado en el especulativo guardan relación con el hecho que la globalización se basa en la lógica de la desterritorialización de las economías y el desborde de los límites del Estado nación. Junto con la necesidad de atraer la masa monetaria volátil se condiciona la política económica de los Estados nacionales, erosionando así su soberanía. El capital especulativo busca cada vez mayor libertad de movimiento, lejos de las restricciones financieras impuestas por el Estado nación.

Este cambio de paradigma responde al hecho de que aquellos problemas que representaban caídas de la tasa de ganancia y trabas a la acumulación de capitales se pretendieron resolver con un cambio de las reglas de juego[1]. Durante décadas y pese a una caída en su tasa de ganancia, las ramas industriales, agropecuarias y de servicios y comercios –que son las ramas del capital de mayor impacto en el empleo– siguieron incorporando nueva tecnología a la industria y a los servicios, requiriendo grandes inversiones de capital. El capital financiero concedió los créditos para estas operaciones. Pero, lo más importante, es que tales inversiones no se convirtieron en costos para las empresas debido a que la tasa de ganancia se aseguró por la vía de forzar la ecuación entre trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente, es decir, se aumentó este último en detrimento de bajar lo mayormente posible al primero (la teoría del valor de Marx). Con ello, nuevamente, el proletariado se volvió el chivo expiatorio que debe pagar la factura de este proceso mediante la congelación de salarios, el deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la desprotección. Al mismo tiempo, la revolución técnica impulsó un crecimiento del sector servicios y un desplazamiento de parte de la industria a países periféricos de salarios mucho más bajos. Esta mundialización neoliberal establece un paso de economías nacionales a una economía mundial dominada por EE.UU, Europa, Japón y un grupo constituido por los denominados tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur), sumándoseles recientemente las descomunales economías de China e India[2].

Como decíamos, esta incorporación de tecnología en los procesos de producción aumentó la productividad, proceso que se vio relativamente estable durante los llamados treinta años gloriosos del capital (las tres décadas posteriores al final de la segunda guerra mundial hasta los ´70). No obstante, la década de los ´70 comienza a ser el derrumbe de esta pequeña isla de estabilidad y ganancias para el capital.

La cuestión que comenzó a surgir tuvo que ver con determinar la estrategia que permitiera retomar el ritmo de crecimiento. En esta senda, aparecieron dos alternativas, vale decir, dos posibles rumbos de acción: 1) incitar al consumo masivo con una política salarial expansiva, volviendo a retomar el modelo keynesiano, para así establecer una política salarial al estilo del estado benefactor asegurando el pleno empleo a partir de la búsqueda de mayor productividad y reconocimiento de precios internacionales equitativos a las materias primas y productos de los países pobres; 2) mantener y aumentar los márgenes de beneficios con bajas de salarios, incrementos de la jornada laboral y la intensidad del trabajo y mantención de los bajos precios de los productos provenientes de los países más pobres. La primera opción es viable en un sistema territorialmente delimitado: la economía nacional. En este contexto, la producción y el consumo desarrollado dentro de un determinado espacio territorial permite hacer de los trabajadores unos consumidores de los propios productos por ellos elaborados. Por el contrario,  el rumbo que se desarrolló fue otro, el de una economía mundial, donde la producción se destina a un mercado también mundial, por lo que no interesa el poder adquisitivo de la población que habita el mismo lugar de producción. Comenzó a predominar un ritmo lento de crecimiento económico, donde la producción crece de acuerdo al comportamiento del mercado mundial (En el caso chileno, los períodos donde nuestro país alcanza mayor crecimiento son explicados no por un crecimiento en la capacidad adquisitiva de la demanda interna, sino que por el aumento de las exportaciones).


Las distintas caras del capital financiero

Actualmente, las modalidades que puede adoptar el capital financiero se basan en diferentes métodos: a) Mediante la compra de acciones de empresas por parte de fondos de pensiones, compañías de seguros, fondos de inversión y organismo de inversión colectiva; b) Inversión por parte de las empresas de una fracción de sus beneficios en diferentes títulos y papeles financieros especulativos en vez de invertir en producción; c) Mediante la compra directa de empresas, las que, si son rentables, son conservadas o bien son “saneadas” a partir de medidas basadas en el despido de personal, la baja de salarios y eliminación de beneficios laborales. Luego, estas empresas son vendidas con altos márgenes de ganancia (Teitelbaum, 2008). Los fondos de inversión[3] compran las empresas mediante el sistema LBO (Leverage Buy-Out) o como se le denomina en español “operaciones con efecto de palanca”, consistentes en financiar 30% estas compras con capital propio y el 70% restante hacerlo con préstamos bancarios garantizados con el patrimonio de la empresa[4].

Los grupos financieros intervienen en las políticas empresariales a fin de elevar la renta de sus operaciones, generalmente imponiendo estrategias de muy corto plazo tendientes a satisfacer la necesidad de rentas inmediatas, por lo que generalmente se trata de estrategias de reducción del personal y degradación de las condiciones de trabajo y salarios, así como la intensificación de la producción e incrementos de la jornada laboral.

Además, al buscar rentar de forma elevada en un corto plazo influyen en una repartición inequitativa de los beneficios en menoscabo de los beneficios del capital productivo. De esta forma, el capital financiero transnacional mantiene una alta tasa de beneficio a pesar del crecimiento lento y hasta estancado del capital productivo (esto lo veremos más adelante con el gráfico 1).

Ante la tesis de algunos economistas respecto de que el dinero y los diferentes productos financieros crean valor, la respuesta de una importante parte de economistas críticos es que, definitivamente, no es así. Más bien, los diversos instrumentos financieros “representan” valor (algo similar a la función del dinero, el cual no crea valor, sino que es el símbolo usado para el intercambio entre equivalentes de valor)[5].

La única fuente de creación de valor –tal y como lo señalaba Marx en el s. XIX–  es la fuerza de trabajo, por lo que el capital financiero más bien se apropia del valor creado por el “trabajo vivo” en el seno de la economía real. Los diferentes productos financieros se reproducen mediante distintas operaciones especulativas ya mencionadas, por tanto, la principal consecuencia de ello es la automatización e inflación de productos financieros que son las denominadas burbujas financieras.

Además de las acciones y obligaciones[6] hay distintos instrumentos financieros. Se trata de papeles cuyo valor depende o deriva de un “activo subyacente”[7] y se colocan con fines especulativos en el mercado financiero. Los activos subyacentes pueden ser bienes (materias primas), activos financieros o bien una canasta de éstos. Cuando estos activos financieros son en bienes, específicamente materias primas, las consecuencias son importantes puesto que los precios de las materias primas y/o de los alimentos no dependerán de la oferta y demanda, sino de la cotización de esos papeles especulativos. Por tanto, las materias primas o alimentos entran en el juego de beneficio de los especuladores y no de los consumidores de esos bienes. Es el ejemplo del biocombustible (Teitelbaum, op.cit), donde los especuladores “anticipan” el precio de los productos agrícolas, por lo que el papel financiero que los representa se cotiza más alto, lo que repercute en el precio real pagado por el consumidor.


El régimen de acumulación financiera. La vuelta del problema de la deuda pública

El gran dilema del actual régimen de acumulación neoliberal es que con una fuerza cada vez más notoria acrecienta el abismo existente entre el capital productivo (es decir, el capital explotador de la fuerza de trabajo y, por tanto, creador de la plusvalía) y lo que Marx denominaba como capital ficticio que no crea valor, ni plusvalía. Estamos en una fuerte guerra entre capital productivo y financiero, donde el segundo está arrasando con el primero.

Gráfico 1
Valor bursátil de las acciones cotizadas mundialmente y producción mundial en millardos de dólares. Ahorro mundial, inversión y depósitos a plazo fijo -en porcentaje de PIB mundial.





Fuente: OCDE cit. por Chesnais, 2010

El Gráfico 1 muestra la relación entre el valor bursátil de las acciones cotizadas mundialmente y la producción mundial da una idea de la dimensión de este crecimiento endógeno bursátil y la amplitud de su distanciamiento del PNB mundial tomado como indicador de la producción de valor y plusvalor.

Gráfico 2
Comparación entre los activos financieros en el mundo y el PIB mundial.



Fuente: McKinsey cit. por Palacio et.al, 2008: 116.

El avance del capital financiero y, específicamente, de los activos financieros en el mundo (inversiones en este tipo de bienes) ha sido tan significativo que los activos financieros en el mundo representan varias veces el PIB mundial. De 1980 a 2006 se observa que las inversiones realizadas en títulos de valores, títulos de deuda privada, títulos de deuda gubernamental y depósitos bancarios rebasan en mucho a la economía real (Gráfico 2).

Tenemos entonces que la financiarización de la economía se hace a costa del capital industrial directamente ligado a la producción de plusvalía y a la generación de empleo. Se trata de un problema que, en el fondo, tiene que ver con la rapidez de valorización de la lógica financiera. En un muy corto plazo, la asunción de altísimos niveles de riesgo favorece tanto la obtención de altos beneficios, como también las debacles más espectaculares.

Ello repercute en el modo de funcionamiento económico general, no sólo el que se circunscribe a los mercados financieros. Este nuevo escenario afecta tanto la realidad en la que se desenvuelven las empresas “no financieras”, como la de los Estados y de las familias trabajadoras (Medialdea, 2010). En efecto, las empresas del sector “no financiero” son advertidas de los extraordinarios y rápidos beneficios que se pueden alcanzar en el terreno financiero, destinando partes crecientes de sus recursos al ámbito financiero en perjuicio de su actividad productiva habitual (ibíd.: 121).

Este proceso de financiarización de las estrategias empresariales se puede observar en el Gráfico 3, el cual muestra la desconexión entre la tasa de rentabilidad y la de acumulación (indicador del ritmo de inversión empresarial). Mientras las empresas obtienen más beneficios que nunca (ascenso de la tasa de rentabilidad), esos mayores beneficios no redundan en una mayor actividad inversora (la tasa de acumulación permanece estancada). Este “desvío” de recursos empresariales al negocio financiero tiene consecuencias de gran importancia, ya que unas condiciones adversas para el desarrollo de la actividad productiva afectan negativamente sobre la cantidad y calidad de empleo generado en el sector privado (ibíd.).

Gráfico 3
Desconexión tasa de beneficio y de acumulación (EEUU + UE + Japón).






Fuente: Medialdea, op.cit: 121.

El régimen de acumulación neoliberal favorece la financiarización de la economía entendida como un proceso caracterizado por la centralización y acumulación específica del capital ficticio, vale decir, el “capital a interés” analizado por Marx. Tal y como lo señala el economista francés François Chesnais: “Esta forma ‘de acumulación’ debe diferenciarse de la acumulación propiamente dicha (de capital constante y capital variable), sobre la cual tiene sin embargo un fuerte impacto. Aquí la acumulación es de títulos financieros, de acciones, de bonos del tesoro y de títulos de la deuda pública, de obligaciones empresariales, acreencias [créditos] bancarias, que tienen el carácter de derechos a percibir flujos de ingreso, pretensiones referidas a la apropiación de valor y plusvalor presentes y futuros (lo que en inglés se conoce como ‘claims on future production’). Iniciada hacia mediados de los años ´60, con una marcada aceleración a partir de 1980, esta acumulación financiera sólo tuvo algunos momentos de disminución. El choque del crack bursátil de octubre 1987 se borró en algunas semanas. Durante la crisis asiática de 97-98, y sobre todo del crack del Nasdaq en 2001, las políticas monetarias y las políticas ‘sociales’ (es preciso que cada norteamericano pueda ser propietario de su casa), permitieron el inmediato relanzamiento de la acumulación financiera mediante el crédito hipotecario” (ibíd.).

El actual sistema propaga el crédito y el dinero al margen de cualquier criterio objetivo (como antes lo era el patrón oro bajo el sistema de Bretton Woods), creando una descomunal espiral de instrumentos financieros y de especulación. Con ello, gigantescas burbujas financieras cuyos precios no corresponden con el valor real de la riqueza mundial producida.

De hecho, es tan colosal el poder del capital financiero que no cabe duda que éste controla la deuda pública, como es el caso de la crisis de EE.UU. y de Grecia. Hoy en torno a la situación griega se debate, entre otras cosas, sobre las condiciones políticas que llevaron al país europeo a la caótica situación actual. El tratado de Maastricht ratificado en 1993 por los países miembros de la Comunidad Europea establece que el Banco Central Europeo (BCE) no tiene derecho a prestar dinero a los estados, pero sí a la banca privada. Esta última sí puede prestar el dinero recibido del BCE a los estados, aunque obviamente con suculentos intereses. Ese fue el caso de la deuda de Grecia. Por ello que algunos economistas señalan que, en la práctica, el BCE promueve la devaluación moneda nacional, generando con ello pobreza y desempleo, vale decir, un escenario ideal donde la población es asistida por políticas públicas que engrosan el gasto fiscal de un estado en sí mismo muy débil y que, consiguientemente, necesita recurrir a la “ayuda” de los bancos privados europeos, principalmente franceses y alemanes (Cornejo, op.cit: 134-140).

En el caso de EE.UU., se calcula que la crisis ha costado a la clase trabajadora norteamericana la escandalosa suma de US$ 9,2 trillones de dinero público, utilizados en rescates y de los cuales US$ 4,79 trillones fueron directo a las corporaciones de Wall Street. Los rescates en masa de las corporaciones financieras dejaron a las instituciones públicas al borde de la quiebra (como es el caso de Grecia), pues ellos han generado un gran aumento de la deuda pública del Federal Reserve (Banco Central) y del gobierno. Para conseguir dinero para rescatar a los bancos, el gobierno norteamericano necesitó “prestarse” dinero de algún lugar, así como también recortar gastos para poder devolver a los bancos el dinero que prestó. Se señala que el salvataje norteamericano a bancos de ese país significó la mayor transferencia de riqueza de la historia de una institución pública para empresas privadas. Los efectos secundarios del rescate abrieron la puerta a una crisis de la deuda y, por ende, a nuevos recortes de servicios públicos que el Estado no puede asumir. La Ley de Control del Presupuesto del 2011, implementada el 2 de agosto del 2011, además del inmediato aumento del límite de la deuda por más de US$ 400 millones y, potencialmente, más de US$ 1,4 trillones para evitar la quiebra, tenía un componente de fuerte reducción del déficit, ordenando reducir los gastos públicos y servicios sociales. Las nuevas medidas de austeridad de la administración de Obama consisten en US$ 4 billones de recortes para el año 2011, en áreas tales como la construcción y reparación de edificios federales, la prevención de la SIDA, tuberculosis y otras enfermedades, la Agencia de Protección Ambiental para proyectos de agua limpia y potable; programas del Ministerio de Trabajo, ayuda alimentaria a las madres de bajos recursos y sus hijos, así como también en centros comunitarios de salud. En otras palabras, los recortes que sirven para pagar el salvataje a bancos y entidades financieras repercuten directamente en las políticas de bienestar social norteamericano.

En suma, el neoliberalismo significó la crisis de la industrialización y el final de la era del consumo de masas y del Estado benefactor para una gran cantidad de países. Para reimpulsar el crecimiento económico, las políticas de shock neoliberales permitieron aumentar las tasas de explotación (por tanto, de creación de plusvalía) ya no por la vía keynesiana del pleno empleo e incorporación al consumo de masas, sino que por la precarización, flexibilidad y otras medidas que permiten el aumento de la explotación, así como con la disminución del gasto fiscal. Todo esto conforma una reorganización de la división del trabajo a nivel mundial, un proceso de reactualización de la situación de economías dependientes como la chilena. En síntesis, el “salario” (dado por el capital industrial en un modelo keynesiano tipo) fue reemplazado por el “endeudamiento” con el capital financiero como principal forma de las clases explotadas de acceder al consumo de bienes y servicios transados en el mercado. La crítica al endeudamiento es la crítica a la viga maestra del actual modelo de acumulación hegemonizado por el capital financiero.

Por ello, toda discusión sobre la crisis exige retomar la comprensión del capitalismo no sólo como un sistema desigual basado en la propiedad privada y la apropiación masiva de trabajo no pagado. Es necesario colocar la lucha de clases en el corazón del análisis, pues el capitalismo, aparte de ser un sistema económico, es también un sistema de dominación social. Tal y como lo hemos expresado en otra columna de reciente publicación, el actual régimen hegemónico financiero implica que al interior de las clases burguesas dominantes hay una lucha horizontal entre distintas facciones de éstas (Blanco, 2011). A su vez, todo el sistema capitalista da forma a una arquitectura de burguesías oligárquicas locales y de clases  burocrático-capitalistas que mantienen relaciones de subordinación jerarquizadas a nivel mundial.




Santiago, 9 de Diciembre de 2010.



Bibliografía citada

Arceo, E. (2005) “El impacto de la globalización en la periferia y las nuevas y viejas formas de la dependencia en América Latina”, en Cuadernos del CENDES,  Nº 62, Año 22, Caracas, pp. 25-61.

Blanco, O. (2011): “Los vaivenes de la burguesía y la crisis del Chilean Way”, publicado en el diario electrónico El Irreverente, 15 de Noviembre de 2011.

Cornejo, M. (2011): La acumulación de capital en Chile. Crisis y desarrollo: Últimos 40 años, Ed. Octubre, Santiago de Chile.

Chesnais, F. (2010): Crisis de sobreacumulación mundial, crisis de civilización, Herramienta Web, No. 5.

___________ (2011): La vulnerabilidad del sistema financiero, la ilegitimidad de las deudas públicas y el combate político internacionalista por su anulación, Herramienta Web, No. 9.

Kornbliht, J. (2006): “China es la única base del capitalismo mundial”, entrevista a François Chesnais, El Aromo, No 3.

Medialdea, B. (2010): “La economía crítica frente a la crisis”, Revista de Economía Crítica, nº9, Universidad Complutense, Madrid, pp. 120-130.

Palacio, V., M. Lara y H. Mora (2008): Elementos para entender la crisis mundial actual, Eumed.

Stiglitz, J. (2003): Microeconomía, Ariel, Barcelona.

Teitelbaum, A. (2008): La crisis del sistema capitalista, Argenpress.






[1] Según Enrique Arceo, la globalización significa para América Latina la entrada a una fase de internacionalización del mercado interno y una sujeción de su dinámica al patrón tecnológico y de consumo del centro. Es decir, la actual globalización se produce en el marco de una extranjerización creciente de la economía, pero también de un quiebre del proceso de sustitución de importaciones y del desarme o pérdida de peso relativo de los casilleros de contenido tecnológico más complejo. Esto significa que el motor no es ya la incorporación de nuevas actividades tendientes a completar la estructura industrial trunca y que tiende a profundizarse la separación entre la estructura del consumo y la de la producción. La expansión se asienta básicamente en el crecimiento de exportaciones basadas en los recursos naturales o en la maquila, según las regiones, en la producción de los bienes y servicios ligados al consumo de los sectores de altos ingresos y en la difusión en los sectores populares –pese a la disminución o el estancamiento de sus ingresos– de las pautas de consumo del centro (Arceo, 2005: 32).
[2] En una entrevista realizada en el 2006, François Chesnais señaló que “China ofrece al capitalismo mundial su último gran mercado y le ofrece esta base social de un proletariado muy numeroso, bien formado tecnológicamente y extraordinariamente disciplinado y sumiso. Sumisión que se apoya  en la existencia de un gran ejército industrial de reserva como colchón. De cierta manera, podemos decir que el futuro de la lucha de clases mundial hoy está condicionado por los ritmos y las formas de lucha de la resistencia del proletariado chino a la explotación y a la capacidad que pueda mostrar para organizarse y combatir a la burocracia del Estado” (Kornbliht, 2006).
[3] Los fondos de inversión reúnen el dinero de muchos inversores en un conjunto individual de fondos, pudiendo comprar un alto número de activos (Stiglitz, 2003: 239). Este patrimonio generado por personas es administrado por una sociedad anónima, con lo cual se realizan inversiones en títulos del gobierno, depósitos, fondos mutuos, hipotecas, bonos, acciones, bienes raíces, etc. La característica de estos fondos es que las cuotas no pueden ser devueltas antes de liquidar el fondo (Cornejo, 2011: 391).
[4] Según Chesnais, “en el transcurso de las dos últimas décadas, los bancos concibieron medios que aparentemente le permitían lograrlo. Las ‘innovaciones financieras’ dieron origen a una red muy densa de transacciones interbancarias. Y fue a partir de estas ‘innovaciones’ que los bancos pudieron poner en marcha el llamado ‘efecto de apalancamiento’, es decir, una relación de préstamos de capitales propios y depósitos disponibles cuya altura (incluso más de 30%) los coloca permanentemente en situación de gran fragilidad. Ellos lo saben, pero cuentan con los gobiernos para que les aseguren en cualquier circunstancia y a cualquier costo social un cinturón de seguridad y, en los casos extremos, la socialización de sus pérdidas” (Chesnais, 2010).
[5] Según Teitelbaum: “Todos esos productos financieros circulan, en los hechos, como moneda, de manera que el papel de la moneda de representar los valores creados en el proceso de producción se ha distorsionado totalmente, pues la relación entre los valores reales creados en el proceso productivo y los ficticios que circulan en el mercado financiero es del orden de entre 10 a 1 y 20 a 1, según diferentes estimaciones” (Teitelbaum, op.cit).
[6] Títulos de crédito contra la empresa que deviene en interés, es decir, son compromisos de pago de una deuda representada por pagarés, letras de cambio, bonos o debentures.
[7] Valores de documentos de propiedad de la empresa que representan obligaciones de pago de terceros para con ella y constituyen inversiones ajenas al giro normal de la empresa. Por ejemplo, acciones, bonos y otros títulos (Cornejo, op.cit: 369).

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