lunes, 11 de junio de 2012


“Estructura, fronteras y diferencias: hacia un estudio de la estructura social chilena desde la convergencia entre clase y género”
Osvaldo Blanco[1]

“La importancia del estructuralismo en filosofía,
y para todo el pensamiento, se mide en esto:
que desplaza las fronteras”.
GILLES DELEUZE

1.- Presentación

Uno de los problemas más complejos a la hora de hablar del modelo económico y social chileno de los últimos 40 años es definir las características de esta estructura social particular. Es decir, surgen a lo menos la siguiente serie de preguntas: ¿puede ser descrita una estructura social para Chile en este período?, ¿cuánto grado de “dinamismo” caracteriza a esta estructura social o hay que pensarla en términos más bien “estáticos”?, ¿cómo definir los ejes de desigualdad a medida que más factores vamos sumando? Más específicamente hablando, ¿cómo se conforma la estructura social a partir del cruce de los clivajes de las clases sociales y el género? De forma más específica: ¿existen diferencias significativas entre los grupos sociales respecto del acceso y distribución de activos, en los proyectos de vida (personal, familiar y laboral), así como en las representaciones sobre el sistema social y político? Y, finalmente, ¿cómo estas posibles diferencias pueden ser analizadas teóricamente a partir de los clivajes de las clases sociales y la diferencia de géneros? El presente texto representa un primer esbozo teórico para una investigación a ser desarrollada a largo plazo que permita responder estas interrogantes.
Desde el régimen militar en adelante, Chile abrazó el neoliberalismo como idea-fuerza de su estructura económica y social y con ello dio forma a una particular estructura social. No obstante, en el momento en que es escrito este texto ya nos encontramos en la segunda mitad del gobierno de Sebastián Piñera. Vivimos en un período que ya cuenta con la experiencia de los cuatro gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia y con la proyección de una futura elección presidencial en la que se estará jugando o bien el continuismo o bien la ruptura con el modelo social, político y económico que se ha venido fraguando en las últimas cuatro décadas.
De esta forma, la pregunta que surge es respecto de la evolución histórica del modelo y, más específicamente, de la estructura social chilena del período. Más específicamente, surge la interrogante sobre cómo dar cuenta de una figura descriptiva del país en dicho período de tiempo, así como también respecto de cómo dibujar su proyección a mediano plazo en un cuadro que dé cuenta de sus transformaciones y estructuras heredadas a nivel político, económico y cultural. En este sentido, habría que hacer hincapié en que hablamos de las transformaciones y herencias del modelo o estructura social, pero también de sus proyecciones históricas. Como este es un proyecto de largo aliento, aquí presentamos los cimientos teóricos iniciales para dar cuenta de ello.
Para poder hablar de la estructura social chilena de las últimas décadas, conjugaremos los aportes de Michelle Lamont y Charles Tilly –específicamente, sus ideas de fronteras simbólicas y categorías diferenciales– con una perspectiva de género y una teoría general de estructura de clases. Pienso que elaborar un andamiaje teórico con estas bases permite comenzar un análisis del objeto de estudio que nos concierne. Nuestra principal hipótesis es que la estructura social chilena desde 1990 a 2014 debe entenderse como un fenómeno relacional expresado en las diferencias de clases, de géneros, así como también en el entrecruce de ambos y su mutuo reforzamiento, proceso que establece fronteras y separaciones entre grupos y facciones, así como variaciones internas a estas delimitaciones.
En los siguientes acápites, comenzaré mi exposición dando cuenta brevemente de las transformaciones e implantación del modelo neoliberal. En este punto, intentaré caracterizar los antecedentes de este proceso desde los ejes del género y el trabajo. Posteriormente, procederé a definir teóricamente la noción de estructura y las fronteras internas intra e inter categoriales desde el entrecruce de los clivajes de desigualdad de las clases sociales y las diferencias de género. Por último, terminaré el artículo con una propuesta de investigación y los desafíos u objetivos a trazar en el marco de un programa de investigación de este tipo.

2.- El actual modelo productivo y la importancia de una perspectiva de género

La combinación keynesiana de crecimiento económico con un consumo masivo requería una población lo más plenamente empleada posible y cada vez mejor pagada y protegida (Giraud, 2000; Del Búfalo, 2005). Precisamente, la globalización implicó el final de este modelo, trayendo consigo una economía que ya no estará centrada en el desarrollo industrial, sino que en los servicios y en el sector financiero, así como el fin del protagonismo del Estado en materias de protección social y acceso a servicios básicos. Se definieron con ello nuevos modos de acumulación de capital y de control de la fuerza de trabajo para asegurar la tasa de ganancia y la restitución de poder (Harvey, 2007).
Mientras la estructura social anterior daba cuenta de identidades de clases muy nítidas basadas en el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases trabajadoras, el actual modelo se caracteriza por un consumo diferenciado sin alzas salariales dirigidas a aumentar la demanda. A su vez, hay poca inflación, con baja movilización clasista y con una identidad social muy heterogénea, la cual ya no se establece necesariamente a partir del eje clasista. Esto último implica que, actualmente, la capacidad de consumo dependa más del crédito que de alza de salarios, cuestión que explicaría el hecho que los ciudadanos estén afectos al endeudamiento. Vale decir, el estilo de desarrollo vigente se caracteriza por una integración social caracterizada por un consumo que, en la gran cantidad de las veces, está dado por el endeudamiento. El consumo en base al endeudamiento (y no en base a aumento de salarios) confirma y sustenta la actual hegemonía del capital financiero.
La rígida incorporación de la fuerza de trabajo en sistemas estructurados en las fábricas industriales del modelo anterior –que en América Latina ha sido calificado como desarrollista y de matriz industrialista– está siendo reemplazada por la incorporación de una red que privilegia el manejo de sistemas integrados cada vez más flexibles y globales basados en las nuevas técnicas informáticas y de comunicación. No obstante, hay que recalcar los aspectos particulares de la realidad latinoamericana, pues ésta no consiste simplemente en la replicación de los procesos productivos de los países capitalistas avanzados.
En este sentido, el toyotismo en Chile y América Latina ha sido llevado a cabo por pocas empresas. Esta versión débil post-fordista se da en medio de preeminencia de métodos tayloristas-fordistas, en un contexto de abundante mano de obra, baja capacitación y seguridad en el empleo, desindicalización, expansión truncada de la industrialización y baja tecnologización, articulación de formas capitalistas y no capitalistas de producción (prevalencia de una acumulación de tipo “extensiva”[2] y centrada en la producción de medios de consumo) y una inserción internacional subordinada o dependiente (Aboites, Miotti y Quenán, 1998; De la Garza, 2005; De la Garza y Neffa, 2010; Cornejo, 2011).
El cuadro de procesos que describimos resumidamente aquí es parte de un gran consenso en diferentes autores. Sin embargo, hay un elemento faltante en nuestra caracterización: el de la progresiva importancia del papel de la mujer en las últimas décadas. Sin ir más lejos, un autor como Erik Hobsbawm (1995) –intelectual no necesariamente adscrito al ámbito del feminismo o de los enfoques de género– sostiene que la entrada masiva de las mujeres casadas en el mercado de trabajo es uno de los elementos que explican la aparición y preponderancia del movimiento feminista y los estudios de género. Ambos resultarían inexplicables sin la extraordinaria importancia y cuestionamiento crítico del papel de la mujer en la sociedad.
La flexibilidad y precariedad laboral en el actual modelo neoliberal en América Latina implica una progresiva adaptación de la fuerza de trabajo a los nuevos procesos de las fuerzas productivas. Ello trae consigo la descentralización de los procesos productivos, la expansión de los servicios e importantes cambios socioculturales. Sin embargo, tal y como decíamos, todo este cuadro de descripciones queda inacabado si no se mencionan las profundas transformaciones en las relaciones de género asociados a la incorporación creciente de las mujeres al mercado laboral.
Con todo, hay evidencias de un importante aumento en la participación laboral femenina en América Latina, aunque difiere mucho según los países y regiones, así como según escolaridad y tramos de ingresos[3]. Por esto, la mayor inserción experimentada por las mujeres en el mundo del trabajo ha sido acompañada por la persistencia de importantes desigualdades e inequidades en el acceso al trabajo productivo (Yañez, 2004) y, específicamente en lo que la OIT denomina como “trabajo decente” (Abramo y Valenzuela, 2006). Además, se ha observado una persistencia en la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres en distintos segmentos ocupacionales (Gálvez, 2006). Dicho de otro modo, este nuevo modelo también significa un aumento sostenido de las mujeres en el mercado del trabajo, muchas veces a costa de precarizarlas, especialmente en el sector de servicios y comercio (ibíd.; Wajcman, 2006).
Por otro lado, también se ha establecido que el modelo del libre mercado no sólo ha transformado la estructura del empleo e incorporando a la mujer a este ámbito, sino que también ha generado un profundo cambio en las concepciones de la “familia tradicional”, la distinción de los roles sexuales, así como en los derechos y responsabilidades en relación a la prestación financiera del hogar por parte de las mujeres (Mora, 2006: 45). En nuestro país, las transformaciones ocurridas han traído consigo importantes repercusiones en las expectativas de vida de las mujeres (ibíd.). Dicho en otros términos, el neoliberalismo se vuelve no sólo un sistema económico, sino que también instala valores de autosuficiencia e individualismo que determinan la forma en que muchas mujeres se definen a sí mismas y la forma en que la estructura social chilena redefine el lugar social de la mujer. La identidad de género está comenzando a delimitarse no sólo por la maternidad y la vida en el hogar, sino que progresivamente comienza a articularse con imaginarios en torno a la autonomía, la independencia económica respecto del hombre y el crecimiento personal (ibíd.)[4].
Otra línea de investigaciones nos indica que integrar una perspectiva de género con una perspectiva de clases sociales implica, al menos, articular las dimensiones de la producción con la reproducción. Es decir, las transformaciones que el capitalismo trae al protagonismo de la mujer se evidencian en el ámbito productivo y reproductivo de la vida social. Asumiendo esta multidimensionalidad, Collins et. al. (1993) señalan que la estratificación de género traspasa todas las esferas institucionales y los niveles del análisis sociológico, no obstante, analíticamente se pueden distinguir bloques básicos de conexión que son los de la producción, la reproducción genérica y la política sexual. En este sentido, la desigualdad de género da cuenta de procesos ligados a lo menos a tres bloques: 1) la reproducción de la división sexual del trabajo y los mecanismos de segregación y control de las mujeres, de su sexualidad, su capacidad reproductiva y su fuerza de trabajo[5]; 2) las diferentes formas de producción de significados asociados a lo masculino y lo femenino, así como la proliferación de ideologías con explícitos contenidos acerca de los roles para cada sexo; 3) la forma en que la política y el Estado resultan decisivos en el nivel de la normatividad jurídica discriminatoria contra la mujer y la forma en que se interpela el modo en que la familia y sus miembros se vinculan con el Estado (ibíd.: Ariza y De Olivera, 2000: 3).
En clave sistémica, se puede señalar que las relaciones de género, además de estructurar un subsistema, conforman uno de los niveles transversales que actúan sobre todos y cada uno de los demás subsistemas (Broide y Todaro, 2005). Por ejemplo, la organización del género en las relaciones sociales de producción se articula con el bloque que remite a los ámbitos del trabajo productivo y reproductivo. De esta forma, el antagonismo de género en el bloque de la reproducción incluye las condiciones demográficas, el control social de las tecnologías reproductivas y la organización de clase y género en la crianza de los hijos (Collins et.al, op.cit)[6]. Los efectos de la división sexual, tal y como señalan Collins et.al, traspasan los bloques, teniendo implicancias transversales en la economía, política y cultura.
La perspectiva de género implica entonces un aporte epistemológico decisivo para entender la sociedad, pues no sólo se trata de aportar análisis que cubren las diferencias de sexo en el seno de relaciones de producción, sino que también análisis que den cuenta cómo las desigualdades de género son claves para la reproducción de la fuerza de trabajo, así como la forma en que cultural y políticamente se estructuran las diferencias sociales. De esta forma, el  análisis de las múltiples maneras de vinculación de clase y género, así como la forma en que ambas se vinculan con otras formas de desigualdad, debiera contribuir a una complejización de  los procesos que subyacen a la estructuración de la desigualdad social.
Para nosotros, el enfoque de género permite entender que el capitalismo contemporáneo no sólo es un modo de producción, sino que ha llegado a convertirse también en una diversidad de modos existencias. La consolidación de un modelo de acumulación capitalista implica la apropiación por parte del capital de distintos aspectos vitales del cuerpo, la subjetividad, el intelecto y las diversas formas comunicativas. En suma, dominio biopolítico[7].
En otras palabras, el capitalismo deviene en dominio político sobre la vida al articularse en su dimensión tanto el régimen de acumulación como los diferentes modos de existencia. El capital ya no simplemente gobierna y apropia el valor de nuestras energías vitales, sino que ha lograron producirlas y comercializarlas, entre ellas, a la propia sexualidad (Fiedler, 2008). Se sirve de la sexualidad y los constructos de género de la fuerza de trabajo y de los consumidores para insertarlos en los procesos de producción y comercialización. La creciente feminización del trabajo ha estado fuertemente vinculada a este proceso semiótico-afectivo dentro de la economía post-industrial.
Para finalizar este acápite, señalemos que las aproximaciones habitualmente agrupadas bajo la perspectiva de género tienen como punto de partida común el reconocimiento de la subordinación social y política de las mujeres (Scott, 1990; Godelier, 2005; Laufer et. al, 2006; Guzmán y Bonan, op.cit). Existen diferentes corrientes y perspectivas que analizan disímiles objetos de estudio, por lo que los análisis difieren según su visión en cuanto a la naturaleza de esta subordinación y estrategias de cambio. Los géneros son una construcción sociocultural que ordena a la sociedad en un sistema de relaciones, utilizando como punto de partida las diferencias entre varones y mujeres mediante lo cual se marcan espacios, jerarquías, valoraciones y prestigios diferentes entre ambos (Broider y Todaro, op.cit).  El género es entonces un marco de perspectivas teóricas para analizar cómo los sistemas de prácticas sociales, representaciones, símbolos, normas y valores en torno a la diferencia y tendencia sexual, organizan y reproducen de forma diferenciada las relaciones sociales en una determinada estructura social. Como construcción social, el género deviene tanto una realidad objetiva como subjetiva, un orden que se impone a los individuos, y que ellos a su vez recrean continuamente con base en los significados que proporcionan el lenguaje, la historia y la cultura (Scott, op.cit; Ariza y De Olivera, op.cit).

3.- El entrecruce de clase social y género: Una cuestión de fronteras

Comencemos ahora la tarea de articular esta perspectiva de género con la de estructura de clases para conformar un primer esbozo teórico de su entrecruce en el seno de las estructuras sociales. Para ello, señalemos que uno de los elementos característicos de una estructura y, específicamente, una estructura social, es la propiedad de conformar un conjunto dinámico de relaciones entre posiciones desiguales[8]. Definiremos el concepto de estructura social como la manera particular en que se refuerzan clivajes de diferenciación desigual entre clases, facciones y grupos sociales, todos ellos determinados por fronteras simbólicas (Lamont, s/f) que operan como categorías dicotómicas que separan un grupo de otro (Tilly, 1998), dando cuenta de formas estructurales que, finalmente, encausan un orden social, político y económico a lo largo del tiempo.
Una estructura social es un concepto de un nivel de abstracción mayor al de estructura de clases. De hecho, estructura social comprende a la estructura de clases, sobrepasándola en su generalización al tomar otros clivajes de diferenciación, tales como el género, la raza, etc.[9]
Como fuese, cuando hablamos de estructura social queremos alejarnos de enfoques influidos por la teoría de sistemas de Parsons, los cuales  no sólo no permiten dar cuenta de la variabilidad histórica de las estructuras sociales particulares, sino que también han servido de base para que autores como Davis y Moore (1945) justifiquen funcionalmente la desigualdad social. Para ello, la estratificación no sólo es natural a la sociedad, sino que es una necesidad universal que ofrece ventajas al posicionar en lugares distintos a los individuos más adecuados. Las posiciones sociales más ventajosas ofrecen privilegios diferenciados que sirven para motivar a los sujetos a desplegar sus capacidades individuales que les permitirán ocupar tales posiciones. Esto significa que los mayores sueldos y beneficios deben estar destinados a los individuos de mayor mérito. La mayor competitividad por alcanzar los mejores puestos de trabajo aseguraría que a ciertas ocupaciones de importancia social llegarán los más capacitados.
Esta visión no sólo naturaliza las diferentes condiciones de partida, sino que posee una característica que es más difícil de aprehender. Nos referimos al hecho que las condiciones de partida de la carrera meritocrática del enfoque estructural funcionalista de Davis y Moore simplemente no son iguales, por tanto, no son naturales. En otras palabras, las condiciones de partida no son iguales porque detrás están operando desigualdades dadas de hecho, establecidas a partir de la existencia de fronteras simbólicas (Lamont, op.cit) que sirven para establecer diferenciaciones categoriales (Tilly, op.cit). Tales fronteras simbólicas y diferenciaciones categoriales cierran fronteras, es decir, dan posibilidades de acceso a recursos a unos y no a otros. Desde este punto de vista, naturalizar la desigualdad implica olvidar el análisis de las fronteras de cierre que estructuran un determinado orden social. En otras palabras, en el afán por justificar las diferencias estructurales no debemos olvidar que la tarea es, precisamente, explicar porqué éstas existen y cómo operan.
Las fronteras simbólicas establecen diferenciaciones categoriales e imposibilitan la metáfora de las condiciones igualitarias de partida que sirven para justificar los modelos funcionalistas de la desigualdad social. Una sociedad donde operan cierres estructurales –por tanto, no necesariamente percibidos conscientemente por los sujetos– difícilmente podrá ser una sociedad meritocrática que justifica la desigualdad de su estructura social a partir de que los individuos más aptos alcanzan las posiciones más ventajosas. Justamente, el naturalizar las desigualdades sin caracterizar los procesos de cierre de fronteras no permite entender los procesos de conformación de la estructura, así como tampoco permite indagar quiénes reciben qué y mediante qué mecanismos de acaparamiento.
La justificación de la desigualdad como algo necesario, natural y dado supone que estas condiciones de partida son iguales, cuando precisamente no lo son y cuando, precisamente, debieran ser estos procesos de constante reactualización de las diferenciaciones el punto de partida del análisis. En este sentido, la teoría de Lamont y Tilly desmantelan las pretensiones basadas en los supuestos de las iguales condiciones de partida, pues demuestran que estas igualdades en las condiciones de partida nunca existen. Partimos de lugares diversos, pues hay una serie de clivajes fronterizos que separan unos grupos de otros. De esta manera, las fronteras simbólicas que operan como diferencias categoriales dan forma a cierres sociales que diferencian grupos entre sí, consolidando, reproduciendo y transformando la desigualdad estructural.
En suma, consideramos la existencia de estructuras, siempre movibles y variables, dadas por líneas de separación o fronteras simbólicas que constituyen instituciones en su más amplio sentido, las que permiten dirigir el orden y el desorden, lo normal y lo anormal, lo funcional y lo disfuncional. La estructura social se funda en diversas relaciones de grupos, en un constante proceso de antagonismo del afuera y el adentro, de lo intra e inter grupal. En otras palabras, una estructura social establece grandes agregaciones diferenciales, pero también individualizaciones específicas.
Lo importante aquí es entender que hablar de una estructura social implica hablar de formas establecidas a través de líneas de demarcación simbólicas[10]. Es una hipótesis central en este aspecto el hecho que las clases sociales y los límites sexuales son categorías diferenciales que operan como fronteras simbólicas estableciendo diferencias entre “nosotros” y los “otros”. Es ya conocido que las teorías feministas y de género señalan cómo el etiquetamiento de lo femenino y lo masculino determinan performativamente comportamientos y actitudes heteronormados (Buttler, 2001). Estas clasificaciones de hombre y mujer (pero también blanco-negro, trabajador manual-trabajador no manual, ciudadano-extranjero, etc.) son emulados en diferentes contextos tanto para marginar a otros grupos y bloquear su acceso a los recursos, como para establecer los procesos organizacionales (Tilly, op.cit).
Estos conceptos no son algo novedoso en sociología; basta con analizar brevemente el aporte de Bourdieu en las diferenciaciones de género y clase social para darnos cuenta de su operación. Para este autor, al igual que para Charles Tilly, el juego de opuestos, generalmente dicotómicos, es clave para hacer la distinción y los procesos de enclasamiento. La heterogeneidad de preferencias y comportamientos están determinadas en torno oposiciones tales como impuro-puro, distinguido-vulgar, alta-baja. Precisamente, en “La dominación Masculina”, Bourdieu  vislumbra que la dominación de hombres sobre mujeres se hace en base a la oposición de una serie de pares categoriales –para usar un término prestado de Tilly– los que son eminentemente simbólicos y tienen la capacidad de conformar relaciones sociales a través de su incorporación como habitus que se materializarán en prácticas ineludibles e inconsciente efectos clasificatorios (Bourdieu, 1999). 
Con ello queremos decir que Bourdieu reconoce que es en el orden de lo simbólico e imaginario donde se funda la diferencia sexual que conforma la estructura social[11]. Este orden simbólico no es natural, sino plenamente arbitrario (aunque mítico y naturalizado), siendo el origen de la dominación masculina que se inscribe sobre y en torno a lo biológico. Este orden simbólico es el que instituye la "violencia simbólica" y naturaliza la subordinación femenina.
La institución de las categorías de percepción es impuesta desde la violencia simbólica. En este sentido, Bourdieu y Godelier nos permiten entender que, en primer lugar, no existen sociedades que no comporten dimensiones simbólicas materializadas en prácticas sociales. En segundo lugar, las relaciones oposicionales en el seno de las sociedades –por ejemplo, las oposiciones entre géneros y entre clases– son sacadas a la luz en todos los lugares donde lo simbólico puede encarnarse: el lenguaje, el mito, los discursos, etc. Esto refuerza la idea ya expresada por Deleuze respecto de que una estructura –y, en el caso nuestro, una estructura social– tiene al componente simbólico como la razón del movimiento y relaciones entre las partes, singularidades, posiciones y grupos[12]. Lo simbólico –el lenguaje– permite a los individuos dar sentido a la realidad vivida desde su posición en la estructura.
Sin lo simbólico, la realidad social carece de sentido para los sujetos. En otros términos, los sujetos movilizan relaciones y prácticas de dominación estructuralmente establecidas a partir del sentido que les otorga el plano de lo simbólico. Esto mismo quiere expresar Bourdieu cuando señala que la clase social es un concepto en el que se pierde la referencia de la oposición subjetivista/objetivista, toda vez que es un concepto que entrecruza las “posiciones sociales” que derivan de relaciones encarnadas por disposiciones (hábitus) en tanto tomas de posición o elecciones que los agentes sociales llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica (Bourdieu, 2000).
A su vez, Bourdieu señala que las clases sociales conforman una estructura de grupos que se relacionan acercándose y distanciándose, asemejándose y distinguiéndose entre sí[13]. Estas relaciones de lucha se dan dentro de un campo de fuerzas o espacio social donde se  distribuye desigualmente el capital económico y simbólico (Bourdieu, 1989). En este sentido, la lucha de clases se extiende a la esfera del gusto y estilo de vida a partir de procesos de clasificación simbólica que permiten la reproducción de los privilegios clasistas. Los grupos dominantes ejercen violencia simbólica al definir su propia cultura y prácticas sociales como superiores, imponiendo no sólo su visión particular como universal y legítima, sino que ocultando las relaciones de poder que les aseguran estar en posiciones de dominio (ibíd.).
De todo lo hasta aquí dicho, podemos señalar que una de las consecuencias teóricas y metodológicas que derivan de nuestra utilización de los clivajes de la clase social y el género es que ambas perspectivas son eminentemente de carácter relacional, agregando a ello el hecho de que se trata de un análisis basado en una concepción multidimensional de la desigualdad. En efecto, como ha sido ya ampliamente señalado, ello implica ir más allá del estudio de las mujeres y de la incorporación del sexo como variable en los análisis. Requiere la utilización de un concepto relacional que englobe las desigualdades económicas, socioculturales y de poder, entre hombres y mujeres, por un lado, y entre las propias mujeres y los propios hombres, por otro (Ariza y Oliveira, op.cit). Además, la convergencia de las perspectivas de género y clase social nos permite articular dimensiones estructurales y simbólicas tanto a nivel micro como marco estructural. Además, tal y como también ha sido recalcado por muchas investigaciones, la perspectiva de género no se reduce a una concepción de simple diferencia sexual como atributo personal, sino más bien permite problematizar la forma en que la desigualdad social para por todos estos elementos que cruzan las prácticas y significados sociales a nivel macro-micro, objetivo-individual, material-simbólico.
En otras palabras, podemos señalar que estas diferenciaciones de género se cruzan con otras fronteras, entre ellas, las fronteras de clase social. En los términos de Tilly, la división sexual es emulada en diferentes contextos sociales, entre ellos el de las relaciones sociales de producción que se dan entre las clases sociales[14]. En este sentido, son las diferencias categoriales las que establecen la existencia de grupos que reconocen a sus miembros y a sus no miembros y que, además, establecen procesos de relación social a partir de estas diferencias y reconocimientos que están dados por la conjugación y mutuo reforzamiento de fronteras simbólicas de distinta naturaleza. De ahí que nosotros podamos decir que los términos de “clase”, género, etnia, etc., más que diferenciaciones provenientes de dominios o esferas particulares de la sociedad (por ejemplo, las clases son provenientes de la esfera económica, la etnia y el género de la cultura, etc.), son formas de clasificación social que se cruzan y refuerzan unas con otras.
Por tanto, el punto no es la separación de los clivajes fronterizos, sino la interrelación de éstos[15]. Se trataría de analizar globalmente cómo, por ejemplo, la estructura de clases sociales se interrelaciona con el género, la edad, la religión, la etnia, la raza, etc., permitiendo una interpretación del entrecruce de estos factores y determinando cómo constituyen dimensiones no excluyentes que permiten un análisis más complejo que el brindado por cada uno de ellos por separado.
En este sentido, el refuerzo mutuo de las fronteras simbólicas del género y la clase social –por nombrar las que nos interesan aquí– nos permite entender que tales fronteras son lo suficientemente flexibles. De hecho, uno de los puntos más interesantes del enfoque de Tilly es que las diferencias categoriales cruzan las “organizaciones”[16] (proceso que, como señalamos, el autor denomina “emulación”). Dicha emulación da cuenta de dos posibilidades: 1) que las diferencias categoriales se crean en el interior de una determinada organización y reproducen las relaciones desiguales entre los miembros de los grupos; 2) que en el contexto de una determinada organización una determinada diferencia categorial es traída de un contexto exterior y aplicada para la reproducción de las funciones y relaciones intra organizacionales (Tilly, op.cit). Respecto de esto último, el caso de la desigualdad categorial hombre-mujer es quizás el ejemplo más común de un par categorial que se reproduce al interior de organizaciones concretas, sirviendo como línea divisoria socialmente reconocida y repitiéndose en diversas situaciones (ibíd.).
Es decir, toda organización incorpora en algún momento distinciones categoriales originadas en organizaciones adyacentes (emulación). Con ello, las desigualdades por clase, raza, etnia, religión, sexo, etc., se entrecruzan e intercambian en diferentes contextos sociales. Cuando muchas organizaciones adoptan las distinciones categoriales provenientes desde afuera, alcanzan más difusión y mayor grado de determinación en la vida social. Las categorías pareadas y desiguales dan forma a relaciones sociales asimétricas, teniendo como principal efecto la exclusión de recursos controlados por una parte o grupo social. Además, se trata de formas de diferenciación ampliamente accesibles y fácilmente replicables en todo contexto, actuando a “menor costo” y, por lo mismo, ganando en fortaleza y legitimidad en la reproducción del orden y cierre social de los contextos sociales. De esta forma, muchos grupos –incluso grupos explotados- con el tiempo adquieren intereses en esas distinciones y soluciones.

4.- Desafíos de investigación

El reciente esbozo teórico sólo es un intento por mostrar que la pertinencia de un enfoque de clase social adquiere mayor importancia cuando se intenta articular este concepto con el enfoque de género. Cuando los enfoques de clase social y género se articulan en un mismo marco de análisis podemos hablar, con cierto grado de propiedad, de la presencia de una estructura social.
Para terminar este artículo, queremos señalar que no sólo existen diferencias entre clases sociales, cuestión que yo mismo he venido trabajando en los últimos años (Blanco, op.cit), sino que debemos avanzar en la articulación de estas diferencias clasistas con análisis interpretativos y de género. De tal modo, un primer gran objetivo que creemos importante para estructurar esta suerte de programa de investigación tiene que ver con el análisis de la estructura de clases chilena, incorporando el sexo y la edad del jefe(a) de hogar, para el período 1990-2014, determinando si existen diferencias significativas respecto de la distribución de activos, los proyectos de vida (personales, familiares y laborales) y las representaciones sobre el sistema social y político[17].
Para responder a este objetivo hemos dispuesto tres dimensiones de análisis. Primero, seguir con el planteamiento de medición de la estructura de clases en Chile que he venido realizando (ibíd.), pero ahora para el período 1990-2013 (con datos de la encuesta Casen en sus distintos años). Esta estructura de clases estaría construida tomando como criterios centrales los clivajes teóricos de la propiedad de medios productivos, la organización (gestión) de la producción, la calificación de la fuerza de trabajo y el poder burocrático[18].
Segundo, desarrollar un análisis para el periodo de tiempo señalado que establezca si existen diferencias significativas entre las clases -estructuralmente hablando, así como también incorporando las dimensiones del sexo y la edad– respecto de la distribución de ingresos, situación de pobreza, educación, tipo de contrato, extensión de la jornada, el consumo de bienes, el endeudamiento, el sistema previsional, el acceso a vivienda y al sistema de salud. Por último, en tercer lugar, proponemos describir procesos subjetivos, identitarios e ideológicos de los distintos grupos a partir de las dimensiones de: a) los proyectos personales y familiares, b) las estrategias y expectativas de consumo y acceso a bienes y servicios, c) el proyecto laboral, y d) las representaciones del modelo político y social (Estado y sistema de partidos) del período 1990-2013. En estas dimensiones de análisis la dimensión de género es clave tanto como elemento comparativo así como también como elemento interpretativo teórico. Ello es especialmente cierto en el tercer objetivo recién expuesto.
En suma, señalemos que en el presente artículo hemos definido a la estructura como fundamentalmente construida a partir de lo simbólico, más específicamente, a partir de fronteras simbólicas (Lamont) o categorías diferenciales (Tilly). Es el orden de lo simbólico lo que da a la estructura social la cualidad de variabilidad en tanto aquello que moviliza a los sujetos en sus prácticas, ritos y relaciones. Lo simbólico es a la vez la trama y las formas de la estructura social.
Por otra parte, creemos también que los avances en las investigaciones sobre clase y género en Chile aún dejan interrogantes para nuestra sociedad que son muy importantes de responder. Nos referimos, por lo pronto, a una primera gran sospecha. Se trata de la hipótesis que señala que la imbricación entre género y clase como criterios de diferenciación abriga la potencialidad de agudizar o disminuir la desventaja relativa de algunas mujeres frente a los varones, así como frente a otras mujeres. Es decir, el traslape de la clase social y el género permite sospechar que no sólo existen diferencias significativas entre los sexos, sino también entre personas del mismo sexo. Será un desafío para nuestra investigación el proporcionar evidencia empírica que nos permita vislumbrar cómo el entrecruce de estos clivajes de desigualdad permiten describir la estructura social chilena de las últimas décadas, así como proyectar su variabilidad y particularidad histórica.

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NOTAS

[1] Sociólogo por la Universidad Arcis. Magíster en Ciencias Sociales, Mención en Sociología de la Modernización, por la Universidad de Chile. Becario CONICYT (2012-2015), Doctorado en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Email: oblanco4@gmail.com
[2] Desde la perspectiva de la escuela regulacionista francesa se señala que la dinámica económica se encuentra en los regímenes de acumulación “extensiva” cuando se basa en la integración de la población campesina a la economía capitalista, ya sea como asalariados u otras formas de ingreso. Cada vez los hombres y mujeres, en tanto fuerza de trabajo, generan más trabajo que reactiva la economía. En cambio, la  acumulación “intensiva” se basa en el progreso de la productividad a partir de una intensificación de la producción. Mano de obra mejor calificada produce más, trabajadores descansados son más productivos, mejores máquinas alivian y aceleran el trabajo (Novy, s/f).
[3] Según datos del INE, el incremento en la participación laboral femenina es significativo: en 1986 alcanzaba cifras de un 28,7%, en 1995 ya se elevaba al 34,4% (INE 2007 cit. por Aguiar, 2007). En el 2007, la tasa de participación femenina en Chile fue de 38,5%, mientras que un 43% fueron inactivas o dedicadas a los quehaceres del hogar. Además, la tasa de participación laboral de las mujeres difiere mucho más que en el caso de los hombres, según el perfil del grupo específico del que se trate: es bastante más baja entre las que tienen menos años de estudio y menores ingresos y aumenta en la medida en que mejoran esos dos factores (Abramo y Valenzuela, 2006). De la misma forma que se reconoce la importancia del aporte de los ingresos laborales de las mujeres de más bajos ingresos para la superación de la situación de la pobreza de sus hogares, también se ha establecido que sus tasas de participación laboral son significativamente inferiores a las de los grupos de ingresos medios y altos (ibíd.). Por otra parte, la tasa de participación laboral femenina es aún baja con relación a los porcentajes en otras zonas del mundo: para el 2007, en América Latina alcanzaba al 46%, mientras que en los países de la OCDE era del 56% (INE, cit. por Aguiar, op.cit).
[4] Aquí hay una línea argumentativa similar a la tesis de Bolstanski y Chiapello sobre el espíritu del capitalismo en tanto proceso donde el sistema de producción y acumulación que se nutre de las ideologías y valoraciones de las personas (Bolstanski y Chiapello, 2002). Conjuntamente con los cambios productivos, el sistema capitalista se legitima y perdura a partir de cambios en la producción de la subjetividad. Es decir, el capitalismo no sólo genera profundos cambios en los procesos o modos productivos, sino también involucra modos de existencia e ideológicos. En relación con esto, Claudia Mora indica que el sistema neoliberal chileno delinea una redefinición subjetiva de la mujer o, lo que es lo mismo, existe una redefinición de las condiciones del mercado laboral y sus actores (específicamente, las mujeres), lo cual ha sido acompañado por una redefinición de una serie de valores culturales (ibíd.). El término de ciudadanía es puesto en escena bajo el matiz del individualismo de mercado, generando importantes transformaciones en las relaciones e identidades de género.
[5] Véase Todaro (2006) para un acabado análisis sobre los cambios en el trabajo remunerado en la América Latina globalizada. Para esta autora, los cambios en las relaciones de género han afectado la organización del trabajo en sus dos componentes: trabajo remunerado y trabajo reproductivo y de cuidado no remunerado.
[6] En esta dimensión del trabajo doméstico no pagado, en América Latina se han llevado a cabo investigaciones descriptivas donde el género ha sido utilizado para estudiar temas tales como la violencia doméstica, de la salud de la mujer, de la sexualidad, de la reproducción, pero así también de la participación económica y política de las mujeres (Guzmán y Bonan, 2007: 2).
[7] De esta forma, en lo que respecta al discurso de la sexualidad, Foucault nos mostrará una proliferación discursiva (Foucault, 2002). Los últimos tres siglos son testigos de cómo el poder constituye una explosión discursiva en torno y a propósito del sexo. Foucault propone que la scientia sexualis sería un dispositivo de elementos discursivos y no discursivos que se entretejen formando una red poder/saber. El discurso de la sexualidad, vale decir, la sexualidad humana puesta como objeto de saber, es producto del poder. Esto tiene directa relación con que el concepto de poder que Foucault tiene en mente es eminentemente productivo: produce verdad y produce a los sujetos que viven dicha verdad. Tal y como lo expresa el propio Foucault: “Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir” (Foucault, 2000: 137). La teoría de la sexualidad de Foucault es un catalizador para el desarrollo de la perspectiva de género.
[8] Para una recapitulación del concepto de Estructura Social en sociología, véase Nadel (1966) y Feito Alonso (1995).
[9] En un trabajo anterior hemos desarrollado en extenso cinco características que consideramos importantes para entender lo que es una “estructura de clases” (Blanco, 2011: 3-11). Señalemos brevemente estos cinco puntos: 1) Son objetivas, por tanto, no conscientemente percibidas por los individuos concretos. La validez científica del concepto de estructura de clases no depende de la autoimagen o conciencia clasista; 2) Remiten a aspectos topológicos y relacionales, características que diferencian a dicho enfoque de las perspectivas  gradacionales. A mi juicio, se trata de rescatar los aportes de Marx (2001) y Weber (2008), vale decir, hablamos aquí de  relaciones de explotación dadas dentro de un marco de dominación (relaciones de poder); 3) La posición de clase se transmite a lo largo de varias generaciones. Una estructura de clases remite a desigualdades y distancias entre posiciones que son más menos perdurables en el tiempo; 4) En una estructura de clases, las posiciones relacionales que se transmiten a lo largo de las generaciones están determinadas por dos criterios: i) propiedad de medios de producción; ii) distintos grados de calificación y, en ciertas ocasiones, de poder de organización (Wright, 1994); 5) En una estructura de clases existen personas “sobrantes”, vale decir, la estructura de clases capitalista no alcanza a cubrir la totalidad de la población. En otros términos: siempre habrá un “excedente absoluto de población”, un exceso de personas en relación con los espacios o posiciones dentro de la estructura de clases (ibíd.).
[10] Por ejemplo, la propia idea de “sociedad chilena” es una abstracción hecha a partir de conjugar el adentro con el afuera, esto es, a partir de establecer una serie de significantes que, supuestamente, definen “lo chileno” y lo diferencian de otras construcciones. Aquí yacería lo que en este artículo denominamos “frontera simbólica” (Lamont) o “diferenciación categorial” (Tilly). En este sentido, lejos de ser un entorno distinto al “adentro”, lo “no-social” actúa como elemento interno que, sin embargo, permite a la sociedad establecer una diferencia con dicho elemento en su propia interioridad.
[11] Esto también es expuesto por Maurice Godelier, quien señala que la diferencia sexual en sociedades primitivas (su estudio sobre los Baruya en Nueva Guinea) está dada por el orden simbólico político-religioso. Son los mitos religiosos los que fundamentan la serie de ritos y prácticas sociales de estas sociedades tribales en los que se estructuran y socializan las diferencias sexuales (Godelier, op.cit). 
[12] Escribe Deleuze: “Para Lacan, como para otros estructuralistas, lo simbólico como elemento de la estructura es el principio de una génesis: la estructura se encarna en las realidades y las imágenes de acuerdo con series determinables; es más, constituye tales series al encarnarse en ellas, pero no deriva de ellas, pues es más profundo, es el subsuelo de todas las tierras de la realidad y de todos los cielos de la imaginación. Y, por tanto, son las catástrofes propias del orden simbólico estructural las que dan cuenta de los problemas aparentes de lo real y lo imaginario: sea el caso de El hombre de los lobos en la interpretación de Lacan: por haber quedado sin simbolizar (“forclusión”) el tema de la castración, resurge en lo real bajo la forma alucinatoria de un dedo cortado” (Deleuze, 1983: 303). De forma más clara, Godelier aboga por el descubrir, para cada sociedad, la configuración particular de las relaciones hombres – mujeres existentes en la sociedad. Para poder hacerlo, es necesario tomar todos los ámbitos de la práctica social y aislar las relaciones sustanciales que hacen de una sociedad un todo (Godelier, op.cit). Precisamente, esta realidad sustancial es la “estructura” que tiene como subsuelo naturalizado pero, por lo mismo, abismalmente profundo, al orden de lo simbólico.
[13] Este autor definió el término “distinción” como “una cualidad determinada, casi siempre considerada como innata (se habla de “distinción natural”), del porte y de los modales, de hecho no es más que diferencia, desviación, rasgo distintivo, en pocas palabras, propiedad relacional que tan sólo existe en y a través de la relación con otras propiedades” (Bourdieu, 2007: 16). Se deben apreciar las cercanías y diferencias entre los grupos sociales: “esta idea de diferencia, desviación, fundamenta la noción misma de espacio, conjunto de posiciones distintas y coexistentes, externas unas a otras, definidas en relación unas de otras, por su exterioridad mutua y por relaciones proximidad, de vecindad o de alejamiento y asimismo por relaciones de orden, como por encima, por debajo y entre” (ibíd.).
[14] Tilly va a definir 4 mecanismos que permiten explicar cuáles son las formas sociales tradicionales de la institucionalización de las diferenciaciones categoriales. Los 4 mecanismos son: a) Explotación; 2)  Acaparamiento de oportunidades; 3) Emulación; 4) Adaptación. Mientras la explotación y el acaparamiento de oportunidades causan desigualdad y se basan en el proceso de reproducción de las categorías pareadas, la emulación y la adaptación son mecanismos de reforzamiento de la eficiencia de las diferenciaciones categoriales. Por explotación, Tilly entiende la disposición de recursos para extraer utilidades por medio del esfuerzo de otros, excluyéndolos  del valor agregado por ese esfuerzo. En segundo lugar, el acaparamiento de oportunidades es el mecanismo mediante el cual algunos sujetos o grupos ganan acceso a un recurso valioso monopolizándolo y haciendo que esto constituya una organización que sigue operando en función de este monopolio. La emulación es aquél proceso de copia de modelos organizacionales, estableciéndose una especie de trasplante de relaciones sociales de un ámbito a otro. Por último, la adaptación es la elaboración de rutinas sobre la base de estructuras categorialmente desiguales. Para Tilly, la explotación y el acaparamiento de oportunidades son dos mecanismos de instalación de la desigualdad categorial. Por su parte, la emulación y la adaptación son mecanismos de generalización de determinados contextos de desigualdad. Vemos entonces que el enfoque de Tilly concibe a la desigualdad institucionalizada como un proceso donde las diferencias categoriales (o, que es lo mismo, la diferencia entre grupos en el seno de una organización social) generan estos 4 mecanismos en el proceso de su propia reproducción. La realidad social es la forma en que se desarrollan los mecanismos de explotación, acaparamiento, emulación y adaptación para el mantenimiento de un orden estructurado sobre la base de la desigualdad entre diferentes categorías o grupos sociales. Ante la pregunta ¿Cómo y porqué se produce la institucionalización de los pares categoriales?, Tilly argumenta que, en cada realidad organizacional particular, los grupos sociales establecidos a partir de diferencias categoriales desarrollan de distinta manera los 4 mecanismos de mantenimiento e institucionalización de la desigualdad. En otros términos, si bien existe una diversidad de contextos y procesos de institucionalización de la desigualdad en diferentes organizaciones, podemos encontrar que estos 4 mecanismos se encuentran presentes en distinta medida e intensidad.
[15] Para la filósofa feminista Nancy Fraser, la coyuntura en el debate político contemporáneo tiende a una separación radical, pero equívoca, entre reivindicaciones de redistribución y reivindicaciones de reconocimiento (2003). Es así como el análisis político suele presentar estas dos alternativas como una antítesis, por lo que, en ese sentido, la tarea teórica que se propone la autora será articularlas en un marco teórico político común. Una perspectiva de reconocimiento serían aquellas reivindicaciones políticas donde los procesos de constitución de sujetos están dados por procesos identitarios con matices culturalistas. De este modo, reivindicaciones sexuales, étnicas, religiosas y de tipos similares son consideradas como parte de un espectro político destinado a la obtención de reconocimiento de una determinada subjetividad particular. Desde esta perspectiva, las luchas por reconocimiento estarían buscando consolidar procesos de subjetivación política de grupos a partir del reconocimiento del estatus o derecho a la diferencia. Por su parte, las luchas por la reivindicación o luchas distributivas remiten a aquél espectro clásico de las luchas políticas motivadas por la redistribución de las desigualdades económicas. La categoría de clase social sería la noción más característica de este tipo de lucha (ibíd.).
[16] Entendiendo por ello la forma en que los problemas organizacionales se reproducen en el tiempo, donde la noción de “organización” será entendida como un conjunto de relaciones sociales determinadas por diferencias categoriales. En palabras de Tilly, “aunque la palabra organización puede evocar empresas, gobiernos, escuelas y estructuras formales y jerárquicas similares, pretendo que el análisis abarque todo tipo de conjuntos bien circunscriptos de relaciones sociales en las que los ocupantes de por lo menos una posición tengan derecho a comprometer recursos colectivos en actividades que atraviesan las fronteras” (ibíd.: 23). Tilly centra su estudio en estas organizaciones, específicamente poniendo atención a los procesos en que las diferencias categoriales las reproducen y perpetúan en el tiempo.
[17] Este es el objetivo de investigación de tesis de doctorado con el que fui aceptado como becario CONICYT, Folio 21120613.
[18] Tal y como lo señalé anteriormente, un marco teórico sobre “estructura de clases” que toma estos elementos lo he desarrollado en mi ponencia al VI Congreso Chileno de Sociología (Blanco, 2011). En ese lugar también muestro avances y resultados de investigación.

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