“Estructura, fronteras y diferencias:
hacia un estudio de la estructura social chilena desde la convergencia entre
clase y género”
Osvaldo Blanco[1]
“La importancia del estructuralismo en
filosofía,
y para todo el pensamiento, se mide en
esto:
que desplaza las fronteras”.
GILLES DELEUZE
1.- Presentación
Uno de los problemas más complejos a la
hora de hablar del modelo económico y social chileno de los últimos 40 años es definir
las características de esta estructura social particular. Es decir, surgen a lo
menos la siguiente serie de preguntas: ¿puede ser descrita una estructura
social para Chile en este período?, ¿cuánto grado de “dinamismo” caracteriza a
esta estructura social o hay que pensarla en términos más bien “estáticos”?,
¿cómo definir los ejes de desigualdad a medida que más factores vamos sumando?
Más específicamente hablando, ¿cómo se conforma la estructura social a partir
del cruce de los clivajes de las clases sociales y el género? De forma más
específica: ¿existen diferencias significativas entre los grupos sociales
respecto del acceso y distribución de activos, en los proyectos de vida
(personal, familiar y laboral), así como en las representaciones sobre el
sistema social y político? Y, finalmente, ¿cómo estas posibles diferencias
pueden ser analizadas teóricamente a partir de los clivajes de las clases sociales
y la diferencia de géneros? El presente texto representa un primer esbozo
teórico para una investigación a ser desarrollada a largo plazo que permita
responder estas interrogantes.
Desde el régimen militar en adelante,
Chile abrazó el neoliberalismo como idea-fuerza de su estructura económica y
social y con ello dio forma a una particular estructura social. No obstante, en
el momento en que es escrito este texto ya nos encontramos en la segunda mitad
del gobierno de Sebastián Piñera. Vivimos en un período que ya cuenta con la
experiencia de los cuatro gobiernos de la Concertación de Partidos por la
Democracia y con la proyección de una futura elección presidencial en la que se
estará jugando o bien el continuismo o bien la ruptura con el modelo social,
político y económico que se ha venido fraguando en las últimas cuatro décadas.
De esta forma, la pregunta que surge es
respecto de la evolución histórica del modelo y, más específicamente, de la
estructura social chilena del período. Más específicamente, surge la
interrogante sobre cómo dar cuenta de una figura descriptiva del país en dicho
período de tiempo, así como también respecto de cómo dibujar su proyección a
mediano plazo en un cuadro que dé cuenta de sus transformaciones y estructuras
heredadas a nivel político, económico y cultural. En este sentido, habría que
hacer hincapié en que hablamos de las transformaciones y herencias del modelo o
estructura social, pero también de sus proyecciones históricas. Como este es un
proyecto de largo aliento, aquí presentamos los cimientos teóricos iniciales
para dar cuenta de ello.
Para poder hablar de la estructura social chilena de las últimas
décadas, conjugaremos los aportes de Michelle Lamont y Charles Tilly
–específicamente, sus ideas de fronteras simbólicas y categorías diferenciales–
con una perspectiva de género y una teoría general de estructura de clases. Pienso
que elaborar un andamiaje teórico con estas bases permite comenzar un análisis
del objeto de estudio que nos concierne. Nuestra principal hipótesis es que la
estructura social chilena desde 1990 a 2014 debe entenderse como un fenómeno
relacional expresado en las diferencias de clases, de géneros, así como también
en el entrecruce de ambos y su mutuo reforzamiento, proceso que establece
fronteras y separaciones entre grupos y facciones, así como variaciones
internas a estas delimitaciones.
En los siguientes acápites, comenzaré mi
exposición dando cuenta brevemente de las transformaciones e implantación del
modelo neoliberal. En este punto, intentaré caracterizar los antecedentes de este
proceso desde los ejes del género y el trabajo. Posteriormente, procederé a
definir teóricamente la noción de estructura y las fronteras internas intra e
inter categoriales desde el entrecruce de los clivajes de desigualdad de las
clases sociales y las diferencias de género. Por último, terminaré el artículo
con una propuesta de investigación y los desafíos u objetivos a trazar en el
marco de un programa de investigación de este tipo.
2.- El
actual modelo productivo y la importancia de una perspectiva de género
La combinación keynesiana de crecimiento
económico con un consumo masivo requería una población lo más plenamente
empleada posible y cada vez mejor pagada y protegida (Giraud, 2000; Del Búfalo,
2005). Precisamente, la globalización implicó el final de este modelo, trayendo
consigo una economía que ya no estará centrada en el desarrollo industrial,
sino que en los servicios y en el sector financiero, así como el fin del
protagonismo del Estado en materias de protección social y acceso a servicios
básicos. Se definieron con ello nuevos modos de acumulación de capital y de
control de la fuerza de trabajo para asegurar la tasa de ganancia y la
restitución de poder (Harvey, 2007).
Mientras la
estructura social anterior daba cuenta de identidades de clases muy nítidas
basadas en el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases
trabajadoras, el actual modelo se caracteriza por un consumo diferenciado sin
alzas salariales dirigidas a aumentar la demanda. A su vez, hay poca inflación,
con baja movilización clasista y con una identidad social muy heterogénea, la
cual ya no se establece necesariamente a partir del eje clasista. Esto último
implica que, actualmente, la capacidad de consumo dependa más del crédito que
de alza de salarios, cuestión que explicaría el hecho que los ciudadanos estén
afectos al endeudamiento. Vale decir, el
estilo de desarrollo vigente se caracteriza por una integración social
caracterizada por un consumo que, en la gran cantidad de las veces, está dado
por el endeudamiento. El consumo en base al endeudamiento (y no en base a
aumento de salarios) confirma y sustenta la actual hegemonía del capital
financiero.
La rígida incorporación de
la fuerza de trabajo en sistemas estructurados en las fábricas industriales del
modelo anterior –que en América Latina ha sido calificado como desarrollista y
de matriz industrialista– está siendo reemplazada por la incorporación de una
red que privilegia el manejo de sistemas integrados cada vez más flexibles y
globales basados en las nuevas técnicas informáticas y de comunicación. No obstante,
hay que recalcar los aspectos particulares de la realidad latinoamericana, pues
ésta no consiste simplemente en la replicación de los procesos productivos de
los países capitalistas avanzados.
En
este sentido, el toyotismo en Chile y América Latina ha sido llevado a cabo por
pocas empresas. Esta versión débil post-fordista se da en medio de preeminencia
de métodos tayloristas-fordistas, en un contexto de abundante mano de obra,
baja capacitación y seguridad en el empleo, desindicalización, expansión
truncada de la industrialización y baja tecnologización, articulación de formas
capitalistas y no capitalistas de producción (prevalencia de una acumulación de
tipo “extensiva”[2]
y centrada en la producción de medios de consumo) y una inserción internacional
subordinada o dependiente (Aboites, Miotti y Quenán, 1998; De la Garza, 2005;
De la Garza y Neffa, 2010; Cornejo, 2011).
El cuadro de procesos que describimos resumidamente aquí es parte de un
gran consenso en diferentes autores. Sin embargo, hay un elemento faltante en
nuestra caracterización: el de la progresiva importancia del papel de la mujer
en las últimas décadas. Sin ir más lejos, un autor como Erik Hobsbawm
(1995) –intelectual no necesariamente adscrito al ámbito del feminismo o de los
enfoques de género– sostiene que la entrada masiva de las mujeres casadas en el
mercado de trabajo es uno de los elementos que explican la aparición y
preponderancia del movimiento feminista y los estudios de género. Ambos resultarían
inexplicables sin la extraordinaria importancia y cuestionamiento crítico del
papel de la mujer en la sociedad.
La flexibilidad y
precariedad laboral en el actual modelo neoliberal en América Latina implica
una progresiva adaptación de la fuerza de trabajo a los nuevos procesos de las
fuerzas productivas. Ello trae consigo la descentralización de los procesos
productivos, la expansión de los servicios e importantes cambios
socioculturales. Sin embargo, tal y como decíamos, todo este cuadro de
descripciones queda inacabado si no se mencionan las profundas transformaciones
en las relaciones de género asociados a la incorporación creciente de las
mujeres al mercado laboral.
Con todo, hay evidencias de
un importante aumento en la participación laboral femenina en América Latina,
aunque difiere mucho según los países y regiones, así como según escolaridad y
tramos de ingresos[3].
Por esto, la mayor inserción experimentada por las mujeres en el mundo del
trabajo ha sido acompañada por la persistencia de importantes desigualdades e
inequidades en el acceso al trabajo productivo (Yañez, 2004) y, específicamente
en lo que la OIT denomina como “trabajo decente” (Abramo y Valenzuela, 2006).
Además, se ha observado una persistencia en la diferencia de ingresos entre
hombres y mujeres en distintos segmentos ocupacionales (Gálvez, 2006). Dicho de
otro modo, este nuevo modelo también significa un aumento sostenido de las
mujeres en el mercado del trabajo, muchas veces a costa de precarizarlas, especialmente
en el sector de servicios y comercio (ibíd.; Wajcman, 2006).
Por otro lado, también se ha establecido que
el modelo del libre mercado no sólo ha transformado la estructura del empleo e incorporando
a la mujer a este ámbito, sino que también ha generado un profundo cambio en
las concepciones de la “familia tradicional”, la distinción de los roles
sexuales, así como en los derechos y responsabilidades en relación a la
prestación financiera del hogar por parte de las mujeres (Mora, 2006: 45). En
nuestro país, las transformaciones ocurridas han traído consigo importantes repercusiones
en las expectativas de vida de las mujeres (ibíd.). Dicho en otros términos, el
neoliberalismo se vuelve no sólo un sistema económico, sino que también instala
valores de autosuficiencia e individualismo que determinan la forma en que
muchas mujeres se definen a sí mismas y la forma en que la estructura social
chilena redefine el lugar social de la mujer. La identidad de género está
comenzando a delimitarse no sólo por la maternidad y la vida en el hogar, sino
que progresivamente comienza a articularse con imaginarios en torno a la
autonomía, la independencia económica respecto del hombre y el crecimiento
personal (ibíd.)[4].
Otra línea de investigaciones nos indica que
integrar una perspectiva de género con una perspectiva de clases sociales
implica, al menos, articular las dimensiones de la producción con la
reproducción. Es decir, las transformaciones que el capitalismo trae al
protagonismo de la mujer se evidencian en el ámbito productivo y reproductivo
de la vida social. Asumiendo esta multidimensionalidad, Collins et. al. (1993)
señalan que la estratificación de género traspasa todas las esferas
institucionales y los niveles del análisis sociológico, no obstante,
analíticamente se pueden distinguir bloques básicos de conexión que son los de
la producción, la reproducción genérica y la política sexual. En este sentido,
la desigualdad de género da cuenta de procesos ligados a lo menos a tres
bloques: 1) la reproducción de la división sexual del trabajo y los mecanismos
de segregación y control de las mujeres, de su sexualidad, su capacidad reproductiva
y su fuerza de trabajo[5]; 2) las diferentes formas
de producción de significados asociados a lo masculino y lo femenino, así como
la proliferación de ideologías con explícitos contenidos acerca de los roles
para cada sexo; 3) la forma en que la política y el Estado resultan decisivos
en el nivel de la normatividad jurídica discriminatoria contra la mujer y la
forma en que se interpela el modo en que la familia y sus miembros se vinculan
con el Estado (ibíd.: Ariza y De Olivera, 2000: 3).
En
clave sistémica, se puede señalar que las relaciones de género, además de
estructurar un subsistema, conforman uno de los niveles transversales que
actúan sobre todos y cada uno de los demás subsistemas (Broide y Todaro, 2005).
Por ejemplo, la organización del género en las relaciones sociales de
producción se articula con el bloque que remite a los ámbitos del trabajo
productivo y reproductivo. De esta forma, el antagonismo de género en el bloque
de la reproducción incluye las condiciones demográficas, el control social de
las tecnologías reproductivas y la organización de clase y género en la crianza
de los hijos (Collins et.al, op.cit)[6]. Los efectos de la
división sexual, tal y como señalan Collins et.al, traspasan los bloques,
teniendo implicancias transversales en la economía, política y cultura.
La perspectiva
de género implica entonces un aporte epistemológico decisivo para entender la
sociedad, pues no sólo se trata de aportar análisis que cubren las diferencias
de sexo en el seno de relaciones de producción, sino que también análisis que
den cuenta cómo las desigualdades de género son claves para la reproducción de
la fuerza de trabajo, así como la forma en que cultural y políticamente se estructuran
las diferencias sociales. De esta forma, el
análisis de las múltiples maneras de vinculación de clase y género, así
como la forma en que ambas se vinculan con otras formas de desigualdad, debiera
contribuir a una complejización de los
procesos que subyacen a la estructuración de la desigualdad social.
Para nosotros, el enfoque de género permite entender que
el capitalismo contemporáneo no sólo es un modo de producción, sino que ha
llegado a convertirse también en una diversidad de modos existencias. La
consolidación de un modelo de acumulación capitalista implica la apropiación
por parte del capital de distintos aspectos vitales del cuerpo, la
subjetividad, el intelecto y las diversas formas comunicativas. En suma,
dominio biopolítico[7].
En otras palabras, el capitalismo deviene
en dominio político sobre la vida al articularse en su dimensión tanto el
régimen de acumulación como los diferentes modos de existencia. El capital ya
no simplemente gobierna y apropia el valor de nuestras energías vitales, sino
que ha lograron producirlas y comercializarlas, entre ellas, a la propia
sexualidad (Fiedler, 2008). Se sirve de la sexualidad y los constructos de
género de la fuerza de trabajo y de los consumidores para insertarlos en los
procesos de producción y comercialización. La creciente feminización del
trabajo ha estado fuertemente vinculada a este proceso semiótico-afectivo
dentro de la economía post-industrial.
Para finalizar
este acápite, señalemos que las aproximaciones habitualmente agrupadas bajo la perspectiva de género tienen
como punto de partida común el reconocimiento de la subordinación social y
política de las mujeres (Scott, 1990; Godelier, 2005; Laufer et. al, 2006; Guzmán
y Bonan, op.cit). Existen diferentes corrientes y perspectivas que analizan disímiles
objetos de estudio, por lo que los análisis difieren según su visión en cuanto
a la naturaleza de esta subordinación y estrategias de cambio. Los géneros son una construcción
sociocultural que ordena a la sociedad en un sistema de relaciones, utilizando
como punto de partida las diferencias entre varones y mujeres mediante lo cual
se marcan espacios, jerarquías, valoraciones y prestigios diferentes entre
ambos (Broider y Todaro, op.cit). El
género es entonces un marco de perspectivas teóricas para analizar cómo los
sistemas de prácticas sociales, representaciones, símbolos, normas y valores en
torno a la diferencia y tendencia sexual, organizan y reproducen de forma
diferenciada las relaciones sociales en una determinada estructura social. Como
construcción social, el género deviene tanto una realidad objetiva como
subjetiva, un orden que se impone a los individuos, y que ellos a su vez
recrean continuamente con base en los significados que proporcionan el
lenguaje, la historia y la cultura (Scott, op.cit; Ariza y De Olivera, op.cit).
3.- El
entrecruce de clase social y género: Una cuestión de fronteras
Comencemos ahora la tarea de articular
esta perspectiva de género con la de estructura de clases para conformar un
primer esbozo teórico de su entrecruce en el seno de las estructuras sociales.
Para ello, señalemos que uno de los elementos característicos de una estructura
y, específicamente, una estructura social, es la propiedad de conformar un
conjunto dinámico de relaciones entre posiciones desiguales[8]. Definiremos el concepto
de estructura social como la manera particular en que se refuerzan clivajes de
diferenciación desigual entre clases, facciones y grupos sociales, todos ellos
determinados por fronteras simbólicas (Lamont, s/f) que operan como categorías
dicotómicas que separan un grupo de otro (Tilly, 1998), dando cuenta de formas
estructurales que, finalmente, encausan un orden social, político y económico a
lo largo del tiempo.
Una estructura social es un concepto de
un nivel de abstracción mayor al de estructura de clases. De hecho, estructura
social comprende a la estructura de clases, sobrepasándola en su generalización
al tomar otros clivajes de diferenciación, tales como el género, la raza, etc.[9]
Como fuese, cuando hablamos de estructura
social queremos alejarnos de enfoques influidos por la teoría de sistemas de
Parsons, los cuales no sólo no permiten
dar cuenta de la variabilidad histórica de las estructuras sociales
particulares, sino que también han servido de base para que autores como Davis
y Moore (1945) justifiquen funcionalmente la desigualdad social. Para ello, la
estratificación no sólo es natural a la sociedad, sino que es una necesidad
universal que ofrece ventajas al posicionar en lugares distintos a los
individuos más adecuados. Las posiciones sociales más ventajosas ofrecen
privilegios diferenciados que sirven para motivar a los sujetos a desplegar sus
capacidades individuales que les permitirán ocupar tales posiciones. Esto
significa que los mayores sueldos y beneficios deben estar destinados a los
individuos de mayor mérito. La mayor competitividad por alcanzar los mejores
puestos de trabajo aseguraría que a ciertas ocupaciones de importancia social
llegarán los más capacitados.
Esta visión no sólo naturaliza las diferentes
condiciones de partida, sino que posee una característica que es más difícil de
aprehender. Nos referimos al hecho que las condiciones de partida de la carrera
meritocrática del enfoque estructural funcionalista de Davis y Moore simplemente
no son iguales, por tanto, no son naturales. En otras palabras, las condiciones
de partida no son iguales porque detrás están operando desigualdades dadas de
hecho, establecidas a partir de la existencia de fronteras simbólicas (Lamont,
op.cit) que sirven para establecer diferenciaciones categoriales (Tilly,
op.cit). Tales fronteras simbólicas y diferenciaciones categoriales cierran
fronteras, es decir, dan posibilidades de acceso a recursos a unos y no a
otros. Desde este punto de vista, naturalizar la desigualdad implica olvidar el
análisis de las fronteras de cierre que estructuran un determinado orden
social. En otras palabras, en el afán por justificar las diferencias
estructurales no debemos olvidar que la tarea es, precisamente, explicar porqué
éstas existen y cómo operan.
Las fronteras simbólicas establecen
diferenciaciones categoriales e imposibilitan la metáfora de las condiciones
igualitarias de partida que sirven para justificar los modelos funcionalistas
de la desigualdad social. Una sociedad donde operan cierres estructurales –por
tanto, no necesariamente percibidos conscientemente por los sujetos–
difícilmente podrá ser una sociedad meritocrática que justifica la desigualdad
de su estructura social a partir de que los individuos más aptos alcanzan las
posiciones más ventajosas. Justamente, el naturalizar las desigualdades sin
caracterizar los procesos de cierre de fronteras no permite entender los
procesos de conformación de la estructura, así como tampoco permite indagar
quiénes reciben qué y mediante qué mecanismos de acaparamiento.
La justificación de la desigualdad como
algo necesario, natural y dado supone que estas condiciones de partida son iguales,
cuando precisamente no lo son y cuando, precisamente, debieran ser estos
procesos de constante reactualización de las diferenciaciones el punto de
partida del análisis. En este sentido, la teoría de Lamont y Tilly desmantelan
las pretensiones basadas en los supuestos de las iguales condiciones de partida,
pues demuestran que estas igualdades en las condiciones de partida nunca existen.
Partimos de lugares diversos, pues hay una serie de clivajes fronterizos que
separan unos grupos de otros. De esta manera, las fronteras simbólicas que
operan como diferencias categoriales dan forma a cierres sociales que
diferencian grupos entre sí, consolidando, reproduciendo y transformando la
desigualdad estructural.
En suma, consideramos la existencia de
estructuras, siempre movibles y variables, dadas por líneas de separación o
fronteras simbólicas que constituyen instituciones en su más amplio sentido,
las que permiten dirigir el orden y el desorden, lo normal y lo anormal, lo
funcional y lo disfuncional. La estructura social se funda en diversas
relaciones de grupos, en un constante proceso de antagonismo del afuera y el
adentro, de lo intra e inter grupal. En otras palabras, una estructura social
establece grandes agregaciones diferenciales, pero también individualizaciones
específicas.
Lo importante aquí es entender que hablar
de una estructura social implica hablar de formas establecidas a través de líneas
de demarcación simbólicas[10]. Es una hipótesis central
en este aspecto el hecho que las clases sociales y los límites sexuales son categorías
diferenciales que operan como fronteras simbólicas estableciendo diferencias
entre “nosotros” y los “otros”. Es ya conocido que las teorías feministas y de
género señalan cómo el etiquetamiento de lo femenino y lo masculino determinan
performativamente comportamientos y actitudes heteronormados (Buttler, 2001).
Estas clasificaciones de hombre y mujer (pero también blanco-negro, trabajador
manual-trabajador no manual, ciudadano-extranjero, etc.) son emulados en
diferentes contextos tanto para marginar a otros grupos y bloquear su acceso a
los recursos, como para establecer los procesos organizacionales (Tilly,
op.cit).
Estos conceptos no son algo novedoso en
sociología; basta con analizar brevemente el aporte de Bourdieu en las
diferenciaciones de género y clase social para darnos cuenta de su operación. Para
este autor, al igual que para Charles Tilly, el juego de opuestos, generalmente
dicotómicos, es clave para hacer la distinción y los procesos de enclasamiento.
La heterogeneidad de preferencias y comportamientos están determinadas en torno
oposiciones tales como impuro-puro, distinguido-vulgar, alta-baja.
Precisamente, en “La dominación
Masculina”, Bourdieu vislumbra que
la dominación de hombres sobre mujeres se hace en base a la oposición de una
serie de pares categoriales –para usar un término prestado de Tilly– los que
son eminentemente simbólicos y tienen la capacidad de conformar relaciones
sociales a través de su incorporación como habitus
que se materializarán en prácticas ineludibles e inconsciente efectos
clasificatorios (Bourdieu, 1999).
Con ello queremos decir que Bourdieu
reconoce que es en el orden de lo simbólico e imaginario donde se funda la
diferencia sexual que conforma la estructura social[11]. Este orden simbólico no
es natural, sino plenamente arbitrario (aunque mítico y naturalizado), siendo
el origen de la dominación masculina que se inscribe sobre y en torno a lo
biológico. Este orden simbólico es el que instituye la "violencia
simbólica" y naturaliza la subordinación femenina.
La institución de las categorías de
percepción es impuesta desde la violencia simbólica. En este sentido, Bourdieu
y Godelier nos permiten entender que, en primer lugar, no existen sociedades
que no comporten dimensiones simbólicas materializadas en prácticas sociales.
En segundo lugar, las relaciones oposicionales en el seno de las sociedades
–por ejemplo, las oposiciones entre géneros y entre clases– son sacadas a la
luz en todos los lugares donde lo simbólico puede encarnarse: el lenguaje, el
mito, los discursos, etc. Esto refuerza la idea ya expresada por Deleuze
respecto de que una estructura –y, en el caso nuestro, una estructura social–
tiene al componente simbólico como la razón del movimiento y relaciones entre
las partes, singularidades, posiciones y grupos[12]. Lo simbólico –el
lenguaje– permite a los individuos dar sentido a la realidad vivida desde su
posición en la estructura.
Sin lo simbólico, la realidad social
carece de sentido para los sujetos. En otros términos, los sujetos movilizan
relaciones y prácticas de dominación estructuralmente establecidas a partir del
sentido que les otorga el plano de lo simbólico. Esto mismo quiere expresar
Bourdieu cuando señala que la clase social es un concepto en el que se pierde
la referencia de la oposición subjetivista/objetivista, toda vez que es un
concepto que entrecruza las “posiciones sociales” que derivan de relaciones encarnadas por disposiciones
(hábitus) en tanto tomas de posición o elecciones que los agentes
sociales llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica (Bourdieu, 2000).
A su vez, Bourdieu señala que las clases
sociales conforman una estructura de grupos que se relacionan acercándose y
distanciándose, asemejándose y distinguiéndose entre sí[13]. Estas relaciones de
lucha se dan dentro de un campo de fuerzas o espacio social donde se distribuye desigualmente el capital económico
y simbólico (Bourdieu, 1989). En este sentido, la lucha de clases se extiende a
la esfera del gusto y estilo de vida a partir de procesos de clasificación
simbólica que permiten la reproducción de los privilegios clasistas. Los grupos
dominantes ejercen violencia simbólica al definir su propia cultura y prácticas
sociales como superiores, imponiendo no sólo su visión particular como
universal y legítima, sino que ocultando las relaciones de poder que les
aseguran estar en posiciones de dominio (ibíd.).
De todo lo hasta aquí dicho,
podemos señalar que una de las consecuencias teóricas y metodológicas que
derivan de nuestra utilización de los clivajes de la clase social y el género
es que ambas perspectivas son eminentemente de carácter relacional, agregando a
ello el hecho de que se trata de un análisis basado en una concepción
multidimensional de la desigualdad. En efecto, como ha sido ya ampliamente
señalado, ello implica ir más allá del estudio de las mujeres y de la
incorporación del sexo como variable en los análisis. Requiere la utilización
de un concepto relacional que englobe las desigualdades económicas,
socioculturales y de poder, entre hombres y mujeres, por un lado, y entre las
propias mujeres y los propios hombres, por otro (Ariza y Oliveira, op.cit). Además,
la convergencia de las perspectivas de género y clase social nos permite
articular dimensiones estructurales y simbólicas tanto a nivel micro como marco
estructural. Además, tal y como también ha sido recalcado por muchas
investigaciones, la perspectiva de género no se reduce a una concepción de
simple diferencia sexual como atributo personal, sino más bien permite
problematizar la forma en que la desigualdad social para por todos estos
elementos que cruzan las prácticas y significados sociales a nivel macro-micro,
objetivo-individual, material-simbólico.
En otras
palabras, podemos señalar que estas diferenciaciones de género se cruzan con
otras fronteras, entre ellas, las fronteras de clase social. En los términos de
Tilly, la división sexual es emulada en diferentes contextos sociales, entre
ellos el de las relaciones sociales de producción que se dan entre las clases
sociales[14].
En este sentido, son las diferencias categoriales las que establecen la
existencia de grupos que reconocen a sus miembros y a sus no miembros y que,
además, establecen procesos de relación social a partir de estas diferencias y
reconocimientos que están dados por la conjugación y mutuo reforzamiento de
fronteras simbólicas de distinta naturaleza. De ahí que nosotros podamos decir
que los términos de “clase”, género, etnia, etc., más que diferenciaciones
provenientes de dominios o esferas particulares de la sociedad (por ejemplo,
las clases son provenientes de la esfera económica, la etnia y el género de la
cultura, etc.), son formas de clasificación social que se cruzan y refuerzan
unas con otras.
Por tanto, el punto no es la separación
de los clivajes fronterizos, sino la interrelación de éstos[15]. Se trataría de analizar
globalmente cómo, por ejemplo, la estructura de clases sociales se
interrelaciona con el género, la edad, la religión, la etnia, la raza, etc.,
permitiendo una interpretación del entrecruce de estos factores y determinando
cómo constituyen dimensiones no excluyentes que permiten un análisis más
complejo que el brindado por cada uno de ellos por separado.
En este sentido, el refuerzo mutuo de las
fronteras simbólicas del género y la clase social –por nombrar las que nos
interesan aquí– nos permite entender que tales fronteras son lo suficientemente
flexibles. De hecho, uno de los puntos más interesantes del enfoque de Tilly es
que las diferencias categoriales cruzan las “organizaciones”[16]
(proceso que, como señalamos, el autor denomina “emulación”). Dicha emulación
da cuenta de dos posibilidades: 1) que las diferencias categoriales se crean en
el interior de una determinada organización y reproducen las relaciones
desiguales entre los miembros de los grupos; 2) que en el contexto de una
determinada organización una determinada diferencia categorial es traída de un
contexto exterior y aplicada para la reproducción de las funciones y relaciones
intra organizacionales (Tilly, op.cit). Respecto de esto último, el caso de la
desigualdad categorial hombre-mujer es quizás el ejemplo más común de un par
categorial que se reproduce al interior de organizaciones concretas, sirviendo
como línea divisoria socialmente reconocida y repitiéndose en diversas
situaciones (ibíd.).
Es decir, toda organización incorpora en
algún momento distinciones categoriales originadas en organizaciones adyacentes
(emulación). Con ello, las desigualdades por clase, raza, etnia, religión,
sexo, etc., se entrecruzan e intercambian en diferentes contextos sociales.
Cuando muchas organizaciones adoptan las distinciones categoriales provenientes
desde afuera, alcanzan más difusión y mayor grado de determinación en la vida
social. Las categorías pareadas y desiguales dan forma a relaciones sociales
asimétricas, teniendo como principal efecto la exclusión de recursos controlados
por una parte o grupo social. Además, se trata de formas de diferenciación
ampliamente accesibles y fácilmente replicables en todo contexto, actuando a “menor
costo” y, por lo mismo, ganando en fortaleza y legitimidad en la reproducción
del orden y cierre social de los contextos sociales. De esta forma, muchos
grupos –incluso grupos explotados- con el tiempo adquieren intereses en esas
distinciones y soluciones.
4.- Desafíos
de investigación
El
reciente esbozo teórico sólo es un intento por mostrar que la pertinencia de un
enfoque de clase social adquiere mayor importancia cuando se intenta articular
este concepto con el enfoque de género. Cuando los enfoques de clase social y
género se articulan en un mismo marco de análisis podemos hablar, con cierto
grado de propiedad, de la presencia de una estructura social.
Para
terminar este artículo, queremos señalar que no sólo existen diferencias entre
clases sociales, cuestión que yo mismo he venido trabajando en los últimos años
(Blanco, op.cit), sino que debemos avanzar en la articulación de estas diferencias
clasistas con análisis interpretativos y de género. De tal modo, un primer gran
objetivo que creemos importante para estructurar esta suerte de programa de
investigación tiene que ver con el análisis de la estructura de clases chilena,
incorporando el sexo y la edad del jefe(a) de hogar, para el período 1990-2014,
determinando si existen diferencias significativas respecto de la distribución
de activos, los proyectos de vida (personales, familiares y laborales) y las
representaciones sobre el sistema social y político[17].
Para
responder a este objetivo hemos dispuesto tres dimensiones de análisis.
Primero, seguir con el planteamiento de medición de la estructura de clases en
Chile que he venido realizando (ibíd.), pero ahora para el período 1990-2013 (con
datos de la encuesta Casen en sus distintos años). Esta estructura de clases
estaría construida tomando como criterios centrales los clivajes teóricos de la
propiedad de medios productivos, la organización (gestión) de la producción, la
calificación de la fuerza de trabajo y el poder burocrático[18].
Segundo,
desarrollar un análisis para el periodo de tiempo señalado que establezca si existen
diferencias significativas entre las clases -estructuralmente hablando, así
como también incorporando las dimensiones del sexo y la edad– respecto de la
distribución de ingresos, situación de pobreza, educación, tipo de contrato,
extensión de la jornada, el consumo de bienes, el endeudamiento, el sistema
previsional, el acceso a vivienda y al sistema de salud. Por último, en tercer
lugar, proponemos describir procesos subjetivos, identitarios e ideológicos de
los distintos grupos a partir de las dimensiones de: a) los proyectos
personales y familiares, b) las estrategias y expectativas de consumo y acceso
a bienes y servicios, c) el proyecto laboral, y d) las representaciones del
modelo político y social (Estado y sistema de partidos) del período 1990-2013. En
estas dimensiones de análisis la dimensión de género es clave tanto como
elemento comparativo así como también como elemento interpretativo teórico.
Ello es especialmente cierto en el tercer objetivo recién expuesto.
En suma,
señalemos que en el presente artículo hemos definido a la estructura como
fundamentalmente construida a partir de lo simbólico, más específicamente, a
partir de fronteras simbólicas (Lamont) o categorías diferenciales (Tilly). Es
el orden de lo simbólico lo que da a la estructura social la cualidad de
variabilidad en tanto aquello que moviliza a los sujetos en sus prácticas,
ritos y relaciones. Lo simbólico es a la vez la trama y las formas de la
estructura social.
Por otra
parte, creemos también que los avances en las investigaciones sobre clase y
género en Chile aún dejan interrogantes para nuestra sociedad que son muy
importantes de responder. Nos referimos, por lo pronto, a una primera gran
sospecha. Se trata de la hipótesis que señala que la imbricación entre género y
clase como criterios de diferenciación abriga la potencialidad de agudizar o
disminuir la desventaja relativa de algunas mujeres frente a los varones, así
como frente a otras mujeres. Es decir, el traslape de la clase social y el
género permite sospechar que no sólo existen diferencias significativas entre
los sexos, sino también entre personas del mismo sexo. Será un desafío para
nuestra investigación el proporcionar evidencia empírica que nos permita
vislumbrar cómo el entrecruce de estos clivajes de desigualdad permiten
describir la estructura social chilena de las últimas décadas, así como
proyectar su variabilidad y particularidad histórica.
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NOTAS
[1]
Sociólogo por la Universidad Arcis. Magíster en Ciencias Sociales, Mención en
Sociología de la Modernización, por la Universidad de Chile. Becario CONICYT
(2012-2015), Doctorado en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Email: oblanco4@gmail.com
[2] Desde la perspectiva de
la escuela regulacionista francesa se señala que la dinámica económica se
encuentra en los regímenes de acumulación “extensiva” cuando se basa en la
integración de la población campesina a la economía capitalista, ya sea como
asalariados u otras formas de ingreso. Cada vez los hombres y mujeres, en tanto
fuerza de trabajo, generan más trabajo que reactiva la economía. En cambio,
la acumulación “intensiva” se basa en el
progreso de la productividad a partir de una intensificación de la producción.
Mano de obra mejor calificada produce más, trabajadores descansados son más
productivos, mejores máquinas alivian y aceleran el trabajo (Novy, s/f).
[3]
Según datos del INE, el incremento en la participación laboral femenina es
significativo: en 1986 alcanzaba cifras de un 28,7%, en 1995 ya se elevaba al
34,4% (INE 2007 cit. por Aguiar, 2007). En el 2007, la tasa de participación
femenina en Chile fue de 38,5%, mientras que un 43% fueron inactivas o
dedicadas a los quehaceres del hogar. Además, la tasa de participación laboral de las mujeres difiere mucho más
que en el caso de los hombres, según el perfil del grupo específico del que se
trate: es bastante más baja entre las que tienen menos años de estudio y
menores ingresos y aumenta en la medida en que mejoran esos dos factores
(Abramo y Valenzuela, 2006). De la misma forma que se reconoce la importancia
del aporte de los ingresos laborales de las mujeres de más bajos ingresos para
la superación de la situación de la pobreza de sus hogares, también se ha
establecido que sus tasas de participación laboral son significativamente
inferiores a las de los grupos de ingresos medios y altos (ibíd.). Por otra
parte, la tasa de participación laboral femenina es aún baja con
relación a los porcentajes en otras zonas del mundo: para el 2007, en América
Latina alcanzaba al 46%, mientras que en los países de la OCDE era del 56%
(INE, cit. por Aguiar, op.cit).
[4] Aquí hay una línea
argumentativa similar a la tesis de Bolstanski y Chiapello sobre el espíritu
del capitalismo en tanto proceso donde el sistema de producción y acumulación
que se nutre de las ideologías y valoraciones de las personas (Bolstanski y
Chiapello, 2002). Conjuntamente con los cambios productivos, el sistema
capitalista se legitima y perdura a partir de cambios en la producción de la
subjetividad. Es decir, el capitalismo no sólo genera profundos cambios en los
procesos o modos productivos, sino también involucra modos de existencia e
ideológicos. En relación con esto, Claudia Mora indica que el sistema
neoliberal chileno delinea una redefinición subjetiva de la mujer o, lo que es
lo mismo, existe una redefinición de las condiciones del mercado laboral y sus
actores (específicamente, las mujeres), lo cual ha sido acompañado por una
redefinición de una serie de valores culturales (ibíd.). El término de
ciudadanía es puesto en escena bajo el matiz del individualismo de mercado,
generando importantes transformaciones en las relaciones e identidades de
género.
[5] Véase Todaro (2006) para un acabado análisis sobre los cambios
en el trabajo remunerado en la América Latina globalizada. Para esta autora,
los cambios en las relaciones de género han afectado la organización del
trabajo en sus dos componentes: trabajo remunerado y trabajo reproductivo y de
cuidado no remunerado.
[6] En esta dimensión del
trabajo doméstico no pagado, en América Latina se han llevado a cabo
investigaciones descriptivas donde el género ha sido utilizado para estudiar
temas tales como la violencia doméstica, de la salud de la mujer, de la
sexualidad, de la reproducción, pero así también de la participación económica
y política de las mujeres (Guzmán y Bonan, 2007: 2).
[7] De esta forma, en lo que
respecta al discurso de la sexualidad, Foucault nos mostrará una proliferación
discursiva (Foucault, 2002). Los últimos tres siglos son testigos de cómo el
poder constituye una explosión discursiva en torno y a propósito del sexo.
Foucault propone que la scientia sexualis
sería un dispositivo de elementos discursivos y no discursivos que se
entretejen formando una red poder/saber. El discurso de la sexualidad, vale
decir, la sexualidad humana puesta como objeto de saber, es producto del poder.
Esto tiene directa relación con que el concepto de poder que Foucault tiene en
mente es eminentemente productivo: produce verdad y produce a los sujetos que
viven dicha verdad. Tal y como lo expresa el propio Foucault: “Lo que hace que
el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como
potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer,
forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red
productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una
instancia negativa que tiene por función reprimir” (Foucault, 2000: 137). La
teoría de la sexualidad de Foucault es un catalizador para el desarrollo de la
perspectiva de género.
[8]
Para una recapitulación del concepto de Estructura Social en sociología, véase
Nadel (1966) y Feito Alonso (1995).
[9] En un trabajo anterior
hemos desarrollado en extenso cinco características que consideramos
importantes para entender lo que es una “estructura de clases” (Blanco, 2011:
3-11). Señalemos brevemente estos cinco puntos: 1) Son objetivas, por tanto, no
conscientemente percibidas por los individuos concretos. La validez científica
del concepto de estructura de clases no depende de la autoimagen o conciencia
clasista; 2) Remiten a aspectos topológicos
y relacionales, características que
diferencian a dicho enfoque de las perspectivas
gradacionales. A mi juicio, se trata de rescatar los aportes de Marx
(2001) y Weber (2008), vale decir, hablamos aquí de relaciones de explotación dadas dentro de un marco de dominación (relaciones de poder);
3) La posición de clase se transmite a lo largo de varias generaciones. Una
estructura de clases remite a desigualdades y distancias entre posiciones que
son más menos perdurables en el tiempo; 4) En una estructura de clases, las
posiciones relacionales que se transmiten a lo largo de las generaciones están
determinadas por dos criterios: i)
propiedad de medios de producción; ii)
distintos grados de calificación y,
en ciertas ocasiones, de poder de organización
(Wright, 1994); 5) En una estructura de clases existen personas “sobrantes”,
vale decir, la estructura de clases capitalista no alcanza a cubrir la
totalidad de la población. En otros términos: siempre habrá un “excedente
absoluto de población”, un exceso de personas en relación con los espacios o
posiciones dentro de la estructura de clases (ibíd.).
[10]
Por ejemplo, la propia idea de “sociedad chilena” es una abstracción hecha a
partir de conjugar el adentro con el afuera, esto es, a partir de establecer
una serie de significantes que, supuestamente, definen “lo chileno” y lo
diferencian de otras construcciones. Aquí yacería lo que en este artículo
denominamos “frontera simbólica” (Lamont) o “diferenciación categorial”
(Tilly). En este sentido, lejos de ser un entorno distinto al “adentro”, lo
“no-social” actúa como elemento interno que, sin embargo, permite a la sociedad
establecer una diferencia con dicho elemento en su propia interioridad.
[11]
Esto también es expuesto por Maurice Godelier, quien señala que la diferencia
sexual en sociedades primitivas (su estudio sobre los Baruya en Nueva Guinea)
está dada por el orden simbólico político-religioso. Son los mitos religiosos
los que fundamentan la serie de ritos y prácticas sociales de estas sociedades
tribales en los que se estructuran y socializan las diferencias sexuales
(Godelier, op.cit).
[12]
Escribe Deleuze: “Para Lacan, como para otros estructuralistas, lo simbólico
como elemento de la estructura es el principio de una génesis: la estructura se
encarna en las realidades y las imágenes de acuerdo con series determinables;
es más, constituye tales series al encarnarse en ellas, pero no deriva de
ellas, pues es más profundo, es el subsuelo de todas las tierras de la realidad
y de todos los cielos de la imaginación. Y, por tanto, son las catástrofes
propias del orden simbólico estructural las que dan cuenta de los problemas
aparentes de lo real y lo imaginario: sea el caso de El hombre de los lobos en
la interpretación de Lacan: por haber quedado sin simbolizar (“forclusión”) el
tema de la castración, resurge en lo real bajo la forma alucinatoria de un dedo
cortado” (Deleuze, 1983: 303). De forma más clara, Godelier aboga por el
descubrir, para cada sociedad, la configuración particular de las relaciones
hombres – mujeres existentes en la sociedad. Para poder hacerlo, es necesario
tomar todos los ámbitos de la práctica social y aislar las relaciones
sustanciales que hacen de una sociedad un todo (Godelier, op.cit).
Precisamente, esta realidad sustancial es la “estructura” que tiene como
subsuelo naturalizado pero, por lo mismo, abismalmente profundo, al orden de lo
simbólico.
[13] Este autor definió el término “distinción” como “una
cualidad determinada, casi siempre considerada como innata (se habla de
“distinción natural”), del porte y de los modales, de hecho no es más que
diferencia, desviación, rasgo distintivo, en pocas palabras, propiedad
relacional que tan sólo existe en y a través de la relación con otras
propiedades” (Bourdieu,
2007: 16). Se deben apreciar las
cercanías y diferencias entre los grupos sociales: “esta idea de diferencia,
desviación, fundamenta la noción misma de espacio, conjunto de posiciones distintas y coexistentes,
externas unas a otras, definidas en relación unas de otras, por su exterioridad
mutua y por relaciones proximidad, de vecindad o de alejamiento y asimismo por
relaciones de orden, como por encima, por debajo y entre” (ibíd.).
[14]
Tilly va a definir 4 mecanismos que permiten explicar cuáles son las formas
sociales tradicionales de la institucionalización de las diferenciaciones
categoriales. Los 4 mecanismos son: a) Explotación; 2) Acaparamiento de oportunidades; 3) Emulación;
4) Adaptación. Mientras la explotación y el acaparamiento de oportunidades
causan desigualdad y se basan en el proceso de reproducción de las categorías
pareadas, la emulación y la adaptación son mecanismos de reforzamiento de la
eficiencia de las diferenciaciones categoriales. Por explotación, Tilly
entiende la disposición de recursos para extraer utilidades por medio del
esfuerzo de otros, excluyéndolos del
valor agregado por ese esfuerzo. En segundo lugar, el acaparamiento de
oportunidades es el mecanismo mediante el cual algunos sujetos o grupos ganan
acceso a un recurso valioso monopolizándolo y haciendo que esto constituya una
organización que sigue operando en función de este monopolio. La emulación es
aquél proceso de copia de modelos organizacionales, estableciéndose una especie
de trasplante de relaciones sociales de un ámbito a otro. Por último, la
adaptación es la elaboración de rutinas sobre la base de estructuras
categorialmente desiguales. Para Tilly, la explotación y el acaparamiento de
oportunidades son dos mecanismos de instalación de la desigualdad categorial.
Por su parte, la emulación y la adaptación son mecanismos de generalización de
determinados contextos de desigualdad. Vemos entonces que el enfoque de Tilly
concibe a la desigualdad institucionalizada como un proceso donde las
diferencias categoriales (o, que es lo mismo, la diferencia entre grupos en el
seno de una organización social) generan estos 4 mecanismos en el proceso de su
propia reproducción. La realidad social es la forma en que se desarrollan los
mecanismos de explotación, acaparamiento, emulación y adaptación para el
mantenimiento de un orden estructurado sobre la base de la desigualdad entre
diferentes categorías o grupos sociales. Ante la pregunta ¿Cómo y porqué se
produce la institucionalización de los pares categoriales?, Tilly argumenta
que, en cada realidad organizacional particular, los grupos sociales
establecidos a partir de diferencias categoriales desarrollan de distinta
manera los 4 mecanismos de mantenimiento e institucionalización de la desigualdad.
En otros términos, si bien existe una diversidad de contextos y procesos de
institucionalización de la desigualdad en diferentes organizaciones, podemos
encontrar que estos 4 mecanismos se encuentran presentes en distinta medida e
intensidad.
[15] Para la filósofa
feminista Nancy Fraser, la coyuntura en el debate político contemporáneo tiende
a una separación radical, pero equívoca, entre reivindicaciones de
redistribución y reivindicaciones de reconocimiento (2003). Es así como el
análisis político suele presentar estas dos alternativas como una antítesis,
por lo que, en ese sentido, la tarea teórica que se propone la autora será
articularlas en un marco teórico político común. Una perspectiva de
reconocimiento serían aquellas reivindicaciones políticas donde los procesos de
constitución de sujetos están dados por procesos identitarios con matices
culturalistas. De este modo, reivindicaciones sexuales, étnicas, religiosas y
de tipos similares son consideradas como parte de un espectro político
destinado a la obtención de reconocimiento de una determinada subjetividad
particular. Desde esta perspectiva, las luchas por reconocimiento estarían
buscando consolidar procesos de subjetivación política de grupos a partir del
reconocimiento del estatus o derecho a la diferencia. Por su parte, las luchas
por la reivindicación o luchas distributivas remiten a aquél espectro clásico
de las luchas políticas motivadas por la redistribución de las desigualdades
económicas. La categoría de clase social sería la noción más característica de
este tipo de lucha (ibíd.).
[16]
Entendiendo por ello la forma en que los problemas organizacionales se
reproducen en el tiempo, donde la noción de “organización” será entendida como
un conjunto de relaciones sociales determinadas por diferencias categoriales.
En palabras de Tilly, “aunque la palabra organización puede evocar empresas,
gobiernos, escuelas y estructuras formales y jerárquicas similares, pretendo
que el análisis abarque todo tipo de conjuntos bien circunscriptos de
relaciones sociales en las que los ocupantes de por lo menos una posición
tengan derecho a comprometer recursos colectivos en actividades que atraviesan
las fronteras” (ibíd.: 23). Tilly centra su estudio en estas organizaciones,
específicamente poniendo atención a los procesos en que las diferencias
categoriales las reproducen y perpetúan en el tiempo.
[17]
Este es el objetivo de investigación de tesis de doctorado con el que fui
aceptado como becario CONICYT, Folio 21120613.
[18]
Tal y como lo señalé anteriormente, un marco teórico sobre “estructura de
clases” que toma estos elementos lo he desarrollado en mi ponencia al VI
Congreso Chileno de Sociología (Blanco, 2011). En ese lugar también muestro
avances y resultados de investigación.
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